VII Época - 15

ERDADES COMO PUÑOS … PARA QUE GOLPEEN CON FUERZA ¡Y CON ELLO SE DUELAN LOS QUE USAN DE LA MENTIRA COMO ARMA!

Dicen los expertos en tecnologías del engaño y la narcosis social, que basta con repetir una mentira cien veces desde algún artefacto mediático para convertirla en verdad, al menos, en verdad convincente, compartida por la ‘mayoría’ y, en consecuencia, útil para el control social por el poderoso de turno. Pues hace ya mucho tiempo que, al igual que sucedía bajo los imperios de la superstición y religión sacerdotales, “la verdad” ya no se valora por el contenido o la adecuación de aquello expresa, sino por la ignorancia de quien la asume como tal y la malicia de quien la pregona.

Uno de los ejemplos más terroríficos (considérese esta expresión en su literalidad) de esta situación, lo ilustra el uso actual de los términos ‘violencia’ y “terrorismo”, en el contexto de las ‘guerras actuales’, en particular, respecto del genocidio que Israel y sus cómplices vienen ejecutando desde hace decenios sobre el pueblo palestino. Al verdugo ostentoso, se le califica de víctima, mientras que a la víctima, en criminal y asesino sin más causa que su propia maldad.

Pretender disfrazar como una “guerra justa” un mero proyecto colonial, excusándolo en la resistencia y violencia insurgente del pueblo palestino frente a su despojo y genocidio, resulta, además de insultante para la inteligencia humana, abominable. Edulcorar -¡cuando no legitimar o amparar!- la barbarie homicida inherente a todo proyecto colonial, apelando a un presunto “derecho a defenderse” del invasor del que carece el pueblo invadido, es repugnante.

Baste para demostrar esta cruel falacia con referenciar, algunas de esas verdades irrefutables a las que aludíamos en el título:

Primero: La violencia terrorífica de Israel, es la violencia inherente a todo proyecto colonial de un país ajeno. Todo proceso histórico de colonización, sin excepciones, requirió a las potencias coloniales el uso de una violencia atroz sobre las poblaciones ‘indígenas’. No pueden borrarse sin más de la memoria histórica -aunque la hez mediática actual lo intente con toda su miserable fuerza- las atrocidades cometidas en ese holocausto planetario que representó el colonialismo, de Marruecos a Indonesia, de Australia a Madagascar o el Congo, de Etiopía a Sudáfrica, de Vietnam a Sudán … Como ahora mismo, no puede borrarse la crueldad exhibida por Israel contra el pueblo palestino y, por extensión, contra la humanidad entera.

Segundo: La lucha de los pueblos originarios contra el colonialismo y por la independencia de sus respectivos países, también sin excepciones, se libró en medio de dramáticas violencias, tanto a manos de los insurgentes que luchaban contra la ignominia colonial, como de las metrópolis occidentales, que no querían renunciar al saqueo, el robo y la explotación inmisericorde de las poblaciones nativas. Ni siquiera el extraordinario ejemplo de lucha anticolonial no-violenta emprendida por el movimiento de Gandhi en la India (tras fracasar en Sudáfrica), pudo lograr por si mismo y en soledad la Independencia de India, en cuyo éxito intervinieron con no menor intensidad y eficacia otras organizaciones insurgentes que usaban la violencia política. En este sentido, la violencia e intifadas insurgente del pueblo palestino obedece a esa misma ley inexorable, conforme frente al poder insufrible no cabe otra oposición real que el enfrentamiento con lo que se tenga a mano.

Tercero: Durante las luchas emancipatorias contra el colonialismo, también sin excepción, las metrópolis coloniales y sus ejércitos acusaron sistemáticamente a los grupos y poblaciones insurgentes que se le oponían, de “bandidos”, “salvajes”, “fanáticos”, “canalla violenta” “terroristas” … mientras reservaban para si mismos, los antónimos necesarios de “civilizados”, “ilustrados”, “progresistas” “militares disciplinados”. “Terroristas” fueron los luchadores antirracistas contra el apartheid sudafricano, los antifascistas etíopes, los guerrilleros antifranquistas españoles, los insurgentes vietnamitas, los libertadores de Argelia, Congo, India … los palestinos (estos siguen siendo ‘terroristas’, pues todavía no han logrado sacudirse de encima el colonialismo judío).

Cuarto: Lo cierto es que, en la filosofía y retórica de los poderosos, la violencia utilizada resulta a la postre justificada -por horrenda que sea- por la victoria y denostada por la derrota. Así, la victoria de los aliados en la II Guerra Mundial, borró de un plumazo, toda responsabilidad en el horror de Hiroshima o Nagasaki.

Esa es la esperanza que ahora tiene Israel y sus cómplices, pues calibran que tienen a su alcance la colonización definitiva y victoriosa de Palestina y la deportación masiva de millones de personas.

Contra esa filosofía y esa retórica, contra ese cinismo histórico que encubre la ignominiosa y violenta historia del poder en las sociedades humanas, existió hasta no hace mucho un movimiento social y político transformador que consideraba necesaria y legítima -tanto histórica como moralmente- la insumisión e insurgencia violenta de las poblaciones contra el poder colonial que les había caído encima, considerando este apoyo como un elemento fundamental de su ideario internacional de emancipación y libertad. Ahora ese movimiento social y política, apenas existe ya.

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