VII Época - 21

GUERRA, CAPITALISMO Y AUTORITARISMO

Mientras el capitalismo y el autoritarismo imperen, las guerras y la inhumanidad estarán presentes, pues ambas instituciones llevan en su naturaleza tanto la rivalidad y competencia interna y externa como el no declinar voluntaria y pacíficamente el poder que ejercen, sino imponerlo.

La periodista colaboradora del diario El País, Mar Padilla, encabezaba un artículo (El País 02.01.2024) con la pregunta “¿Es inevitable la guerra para el ser humano?”, y añadía, “¿De verdad la guerra es condición necesaria entre humanos?”. Termina el artículo, con la reproducción de un párrafo del “Manifiesto de Sevilla contra la Violencia”, redactado en 1986 por un grupo de ‘expertos’ internacionales reunidos por la Unesco, que dice “la biología no condena a la humanidad a la guerra, y que la humanidad puede liberarse de la esclavitud del pesimismo biológico y capacitarse con confianza para emprender las tareas transformadoras”.

Tanto Mar Padilla como el Manifiesto de Sevilla se refieren al “pesimismo biológico” como aquella falsa doctrina que proclama que el enfrentamiento bélico está impreso en los genes de la especie humana y que, por lo tanto, las guerras seguirán mientras el ser humano viva y su especie perdure con esa maldición en sus entrañas. Por tanto, bastaría con el reconocimiento sincero de la falsedad de esta doctrina para que en el horizonte pueda dibujarse un mundo sin “guerras” hacia el que poder avanzar.

Sin embargo, ¿Es todo así de simple, para el logro de un mundo sin enfrentamientos armados? ¿No hay engaño, en esta simpleza?

A mi entender, el Manifiesto de Sevilla desenfoca completamente la verdadera naturaleza del problema planteado en relación a la presunta vigencia y práctica intermitente de la guerra a lo largo de prácticamente toda la historia de la humanidad y, sobre todo, sobre cual pueda ser el camino que pueda emprenderse para destruir tan brutal institución.

Pues una cuestión es analizar cuales puedan ser y hasta qué punto son irrefrenables las ‘bases biológicas’ de una determinada conducta, individual o de grupo (por ejemplo, la violencia, la sexualidad, el lenguaje, el apoyo mutuo, la pertenencia, la competencia agresiva, etc) y otra completamente distinta, analizar el surgimiento y evolución histórica de una determinada institución social, como lo puedan ser, el “poder”, la “propiedad”, la “familia”, “el patriarcado”, la “ley” … o la “guerra”, con el ánimo de ponerles fin. Pues, sean cuales sean los fundamentos biológicos a los que se pudiera atribuirse cierta responsabilidad en el origen de esas instituciones (en el caso de la guerra, una presunta ‘agresividad dolosa’ innata, genéticamente transmitida de padres/madres a hijos) e incluso en su papel de agentes útiles para su desarrollo y pervivencia históricas, lo cierto es que, en ningún caso, puede atribuirse a la biología humana más que un papel secundario en ellas, tanto en su pervivencia como en su posible declive y final.

Si afirmamos, como señala el Manifiesto de Sevilla, que no es la biología aquello que condena a los seres humanos a la guerra, también debemos concluir, a la contra del Manifiesto, que no bastará en modo alguno, en ‘liberarse del pesimismo biológico … para (poder) emprender las tareas transformadoras”, que eviten la guerra. Pues, aquellos que las organizan -tengan por nombre propio el que tengan, Netanyahu, Biden, Hassán II, Putin, Macron … Aznar-Rajoy-Sánchez- no declararán guerra ni masacre alguna porque sufran ellos o sus ciudadanos personalmente el impulso psicológico irrefrenable de asesinar a la población enemiga. Todos estos personajes -ellos o la soldadesca que les obedezca- son meros títeres, al servicio del acto criminal de la guerra que les es necesario a las instituciones e intereses que representan, encarnan y sirven. Por un lado, el despliegue e imposición universal del modo de producción capitalista (fundamentado en la propiedad privada y la rivalidad competencial interna) y, a la par, el régimen político autoritario (sea democrático-representativo, dictatorial o bajo cualquier otra fórmula imperativa de la jerarquía).

Sin abolir esas dos instituciones -capitalismo y organización jerárquica planetariamente hegemónicas- que están en la base de la injusticia y la opresión social actuales, no podrá ponerse fin a las guerras ni a las masacres ni a los horrores como los que ahora mismo se están exhibiendo, con total impudicia y abyecta maldad, ante una colectividad humana cada vez más envilecida, devenida impotente. Más aún, la propia rebeldía que podría alzarse contra la guerra y su atrocidad, exigirá el uso de la violencia insurgente para vencerla, pues ni los detentadores del poder político e institucional ni los dueños del dinero y poseedores de los medios de producción, entregarán su fuerza sin resistirse. Todo lo contrario, matarán y asesinarán sin cuento ni cuenta, pues esa si es su naturaleza, pues, usando de metáfora, eso sí lo llevan ellas en sus genes.

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