VII Época - 24

ABOCAR A LA HUMANIDAD AL SUICIDIO

“La sed estaba en la tierra, y para la sed el agua. Hicieron del agua sed y de la sed gota falsa”

“La historia de un arroyo, incluso de aquél que nace y se pierde en el musgo, es la historia del infinito.” Con esta frase da comienzo el bellísimo libro “Historia de un arroyo”, publicado por el famoso geógrafo y pensador anarquista, Elisée Reclus, hace ahora 175 años.

En los aciagos tiempos de este siglo XXI, la nefasta gestión del agua llevada a cabo en todas partes por las autoridades y poderes fácticos no es más que otro deplorable eslabón que añadir al cúmulo de acciones que preanuncian, para más pronto que tarde, un desastre planetario de colosales dimensiones e imprevistas consecuencias. Pérdida de la biodiversidad, cambio climático, destrucción del ecosistema terrestre, contaminación generalizada de atmósfera, aguas y suelos, fragmentación de la biosfera, agotamiento de los recursos, ruptura del ciclo natural del agua, quiebra del infinito bien de la naturaleza … así crece y crece el listado de la agresión.

Incompetencia abyecta de la clase política actual

Estos son y serán, cada vez más agravados, los hechos que se producirán en los próximos años, si las sociedades locales continúan soportando y sometiéndose al régimen capitalista que las rige y sobre las que dicta los límites a la acción de la clase política.

A la mezquindad de este régimen -ahora mismo sumido en la más abyecta depravación moral y humana, librando EE UU, G-8, Foro de Davos, la Unión Europea e Israel y demás conchabados, un genocidio atroz ante los ojos atónitos de la ciudadanía del mundo, que justificaría todo acto de magnicidio- hay que añadir su radical e histórica incompetencia e ineficacia para resolver cualquier problema de enjundia, con un mínimo sentido de la justicia y la solidaridad humana.

El coro de cornejas atolondradas en que se ha convertido el circo político-electoral, graznando a todas horas con un ruido ensordecedor que apenas deja entrever lo que en realidad sucede y por qué sucede, a saber, la falta de agua en amplias zonas, incluso urbanas, ante las que las administraciones públicas responden con meras declaraciones de emergencia (seguramente, imprescindibles en el aquí y ahora inmediatos), pero que, por supuesto, una vez se superen dejarán las cosas como están y hasta la próxima, cada vez más cercana.

Sequías meteorológicas’ y ‘Sequías hidrológicas’

La actual demografía universal y reducida presencia de las sociedades agrarias en todo el mundo en favor de las industriales, comerciales y de servicios propios de este siglo, imponen reconocer la distinción esencial entre las llamadas ‘sequías meteorológicas’ (las que se producen cuando hay una escasez continuada de precipitaciones) de las ‘sequías hidrológicas’ (es decir, cuando se produce una escasez de agua, definida como una menor disponibilidad de aguas superficiales y subterráneas que impide cubrir las demandas de agua de una población, incluso las más urgentes).

Las ‘sequías meteorológicas’ no debieran ser en este siglo un problema irresoluble (lo fueron en el pasado, con daños tremendos de hambruna, desolación y migraciones masivas) y mucho menos, coger a las autoridades españolas desprevenidas, pues se trata de un fenómeno climático habitual en este país, aunque su extensión, duración e intensidad presenten diferencias geográficas ostensibles. La política hidráulica de España y de las Comunidades Autónomas que la integran han de contar con este hecho periódico y adoptar las medidas más oportunas cuando se acentúe su carácter extremo, sin que quepa excusa alguna para desatender esta obligación.

La gran sequía en España del siglo XX duró dos años, de 1944 a 1946. Los ríos más caudalosos, como el Ebro, perdieron prácticamente la totalidad de su caudal. Durante esta gran sequía el conjunto de los embalses llegó a bajar hasta el 14%. Entre 1991 y 1995, la gran sequía de 4 años dejó los embalses al 15%, y las reservas de los acuíferos subterráneos de las dos mesetas ibéricas descendieron significativamente. En diciembre de 2009 terminaba una gran sequía que duró cuatro años. Una consecuencia de ese período fue que se secaron completamente Las Tablas de Daimiel, un humedal de casi 2.000 Ha que sufrió un grave incendio de la turba del subsuelo, ocasionando importantes daños ecológicos.

La organización de las ‘sequías hidrológicas’

Por el contrario, las ‘sequías hidrólogicas’ no son el resultado de la mera confluencia de episodios climáticos (disminución de la pluviosidad, incremento de la evaporación del agua por las altas temperaturas ambientales, etc) sino el reflejo de una ruptura nodal del equilibrio natural del ciclo del agua en ese territorio, provocado por decisiones políticas, administrativas y económicas, en favor de intereses privados y desdén de los colectivos y sociales.

A ocultar este simple hecho -recogido en todos los manuales de política hidráulica- se dirige la propaganda política y mediática de nuestros gobernantes actuales, devenida en un mero ruido y cacareo, que trata de disimular las verdaderas razones que les motivan a organizar de hecho las ‘sequías hidrológicas’, tras decidir que su región ha de gastar en superficie cada vez más agua de la que cae y llega naturalmente al territorio, tratando de obtenerla por cualquier medio, aún a costa de los gravísimos perjuicios que ello puede acarrear (reducción de la capa freática, trasvases siempre onerosos, agotamiento de pozos y manantiales, merma del flujo acuático, etc.).

Intervención de intereses económicos (y políticos)

en el ciclo natural del agua

Los ríos españoles recogen al año unos 106.000 Hm³ de agua, si bien presentan grandes diferencias de caudal entre unas estaciones y otras, lo que hace muy difícil su aprovechamiento, sin recurrir a los embalses, siendo España en este aspecto, uno de los países que han invertido y construido mayor número embalses del mundo, hasta un total de 1225 grandes represas.

Las precipitaciones de agua sobre la tierra, sean en forma de lluvia o nieve, en parte se infiltra en el suelo, formando los almacenamientos de agua subterránea, y otra parte fluye por la superficie reuniéndose en ríos, lagos o pantanos hasta que desemboca en el mar o se evapora. En circunstancias ‘normales’ los acuíferos se van recargando de forma natural con la precipitación que se infiltra en el suelo y en las rocas.

Este ciclo natural del agua es el que quedó tocado de muerte, por el desarrollo del capitalismo financiero y especulativo en este ámbito y la gestión del agua llevada a cabo por las organizaciones autoritarias estatales respectivas, en el siglo XX y que, ahora, en el XXI, amenaza con la muerte definitiva del ecosistema terrestre, al menos tal y como ahora lo conocemos.

Tres líneas abominables de la política hidráulica

1.- La transformación de grandes superficies agrícolas antiguas de secano en fincas de regadío forzado. El agua necesaria se obtiene, bien de la capa freática (cada vez más debilitada, sin posibilidad de recuperación) bien de los trasvases de agua de un rio a otro, como el Tajo-Segura, siguiendo la ‘lógica’ (el delirio delictivo) empresarial de crear una ‘huerta’ de alto rendimiento económico sobre un antiguo secarral, sacándole el agua a un rio que, a menudo y en grandes tramos, no alcanza un caudal suficiente para mantener la vida y condiciones saneadas de sus orillas

Para calibrar la importancia de este desatino, baste con señalar que más de las tres cuartas partes del agua consumida en España (más del 80%) se emplea para el regadío. Alrededor del 14% es consumida por las ciudades y pueblos (servicios municipales y hogares) y un 6% por la industria. Son los regadíos intensivos los principales responsables del colapso hídrico al que se encaminan muchos ecosistemas, como sucede con la conversión al regadío de los cultivos que históricamente han sido de secano, como los olivares, viñedos y almendros. El crecimiento tiene tal magnitud que el principal regadío por superficie en la actualidad es el olivar, con 875.000 hectáreas; el viñedo no llega a esa cifra, pero ya se están regando casi 400.000 hectáreas, mientras que existen 150.000 hectáreas de campos de almendros en riego. Cifras a las que hay que añadir el regadío ‘ilegal’ (tolerado, por un procedimiento u otro) estimado entre un 5 y un 10% más de superficie. De hecho, los pozos ‘ilegales’ pueden llegar a captar anualmente en España del orden de 4.000 hectómetros cúbicos anuales, el equivalente a lo que consumen más de 40 millones de habitantes.

2.- La imposición del monocultivo agrario y forestal intensivo en grandes áreas que, a su vez, exigen el uso generalizado y abusivo de productos químicos, que acaban siempre contaminando pozos, manantiales, ríos y estuarios y, finalmente el mar. La contaminación generada por la agroindustria, limita de modo drástico la disponibilidad del agua, porque la convierte en tóxica. Es así cuando el uso de grandes cantidades de plaguicidas llega a los ríos, como es el caso del herbicida glifosato, detectado en cantidades inaceptables en prácticamente todas las cuencas hidrográficas ─Tajo, Miño-Sil, Cantábrico Occidental y Oriental, Duero, Guadiana, Cuencas Internas Andaluzas, Júcar y Segura─.

Para calibrar la importancia de este fenómeno baste con señalar el caso de Cataluña, donde una parte muy importante de los acuíferos subterráneos, más del 50%, están contaminados, principalmente por nitratos con origen en los fertilizantes de uso agrícola y purines de la ganadería industrial, lo cual, de entrada, los hace no aptos para el consumo.

3.- La introducción de la agricultura y ganadería intensiva e industrial ideados en los círculos del capitalismo financiero occidental más agresivo, impone a sus propias empresas locales unos criterios de rentabilidad ‘económica’ (que no social, ni de justicia, ni de bienestar, ni de salud pública) sólo logrables con un consumo cada vez más voraz de todo tipo de insumos y recursos y una sobre-explotación de todos los recursos, entre ellos los acuáticos.

La movilización necesaria

Solo la creación de fuertes movimientos sociales y la acción sostenida contra las políticas ‘verdes’ y las prácticas de sobre-explotación promovidas por el capitalismo agrario, lograrán situar el conflicto social en el punto al que nunca debió renunciar: la pre-figuración consciente de una sociedad distinta, en la que no rijan los principios del beneficio privado, logrado con la usurpación de los bienes públicos y fatal ruina de la naturaleza entera.

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