VII Época - 28

RECUPERAR EL ANARCOSINDICALISMO

El título del artículo no es baladí. El profundo deterioro que está sufriendo la organización hay que revertirlo cuanto antes. Y no es una cuestión de ahora o que venga del último Congreso, sino que es una situación que se viene gestando desde hace ya demasiados años, aunque se ha acelerado o se ha hecho más evidente en los últimos tiempos.

¿A qué le llamo recuperar el anarcosindicalismo? Para mí, recuperar el anarcosindicalismo consiste en que la organización responda a lo que la afiliación, en definitiva la clase obrera, quiera que sea su organización. Es decir, que sus decisiones, desde la más cotidiana hasta la más trascendental y extraordinaria responda a la voluntad expresa o implícita de su afiliación. La realidad manifiesta es que unas élites se han apropiado de la organización: pequeños grupos de militantes se han hecho con el poder de los secretariados y de los comités de los sindicatos, de las territoriales, de los sectores y de la propia CGT y lo ejercen sin ningún tipo de escrúpulo. Elegidos por asambleas absolutamente minúsculas en la mayoría de los casos, o por plenos o congresos cuyas asambleas previas han sido ridículas en cuanto a participación, estos grupos hacen y deshacen a su antojo, deciden huelgas, definen estrategias o pactos con otras organizaciones, y otras cuestiones no menos importantes. Tampoco es una menudencia cuando acuerdan desfederaciones o inhabilitaciones, todo ello amparados por un cargo que detentan por nombramiento en cualquier comicio que invocan para justificar sus decisiones; eso sí, sin rendir nunca cuenta de sus actos.

Por supuesto que no en todos los lados es así, pero se trata de una realidad lamentablemente generalizada. Estos grupos, cada uno de ellos consolidado en su borriqueta particular, hacen y deshacen a su antojo, aprovechando la cada vez mayor desidia orgánica de la mayoría. Por supuesto, estas bandas pergeñan alianzas no escritas con otros grupos con la finalidad de perpetuarse en el poder y de anular a aquellos otros que consideren sus enemigos o enemigos de sus intereses, que no de la CGT. Así, una de las consecuencias de este nefasto comportamiento es la del reparto de cuotas de poder en los entes de ámbito superior, siempre de fácil asalto en cuanto la militancia baje la guardia: yo te apoyo en determinadas cuestiones a cambio de que me sostengas en mi posición de poder y todos contentos. Nos apalancamos los dos y que sople el viento.

Ante esta situación, que en muchos ámbitos ya es de podredumbre orgánica, debemos reaccionar. No podemos seguir consintiendo que estos hatajos de aprovechados continúen parasitando a la CGT y creo que solo fomentando la participación en la confederación podremos crear, con el tiempo, el número suficiente de anticuerpos para hacer frente, de forma automática y eficaz, a los ataques que el anarcosindicalismo está sufriendo.

La primera de las evidencias de que no fomentamos la participación es la de que se hacen pocas asambleas. En el mejor de los casos -y no siempre, sin que nadie tome cartas en el asunto-, solo aquellas que vienen obligadas por los Estatutos: para acudir a plenos o congresos, para la elección de cargos o para expulsar a alguien. En definitiva, no se convoca a la afiliación para cuestiones importantes, aunque no sea obligatorio hacerlo por estatutos: para convocar una huelga, por ejemplo. El contraste de opiniones es fundamental para el aprendizaje mutuo y común; dejar estas decisiones en manos del comité del sindicato no solo es totalmente aberrante, sino que pone a los sindicatos en la situación absurda de tener que explicar a la afiliación una decisión que debería haber tomado ella misma.

Otra de las evidencias es la del carácter cerrado de las reuniones de los comités. No en todos los lugares es así, pero en gran parte de la organización no se permite asistir a nadie que no pertenezca a los comités a sus reuniones. La consecuencia es que encuentros a las que debería asistir todo el comité, se realizan reducidos a la mínima expresión por la inasistencia de miembros cuya presencia debería ser obligada y, sin embargo, se impide la afluencia de compañeros y compañeras que, teniendo interés en participar, no tienen la bendición que otorga un cargo o la representación de algún ente. ¿Cómo esperamos que se formen en la vida orgánica si se les impide estar en reuniones que, en principio, deberían ser de interés general?

La tercera de las evidencias en el recorte de la participación es la de la suplantación de los comités por parte de los secretariados permanentes. Podemos entender que hay entes en los que los secretariados están centralizados en una localidad (territoriales, sectoriales, la confederación), y que deben reunirse de vez en cuando para llevar adelante la labor que se les ha encomendado -fundamentalmente calentar el banco, por así decirlo, mientras no se reúne el comité correspondiente, cada cual de una localidad diferente-. Pero esta justificación no existe cuando hablamos de un sindicato o de un comité local, entes en la que las distancias no impiden que las reuniones sean del comité respectivo y que no sean suplantados por el secretariado permanente y, a mayores, a puerta cerrada. Esta nefasta costumbre está cada vez más extendida en nuestra organización y solo puede traer consecuencias negativas, como la conformación de élites dirigentes tan ajenas a nuestro ideario.

Finalmente, tenemos el sempiterno problema de la formación. Continuamos haciendo cursillos de nóminas o de legislación laboral, mientras no le decimos a la nueva afiliación ¿qué somos? y ¿cómo nos organizamos? Mantener el necesario equilibrio formativo entre los conocimientos prácticos de la actividad sindical cotidiana y la formación ideológica es imprescindible para crear los anticuerpos antiautoritarios de los que hablábamos al principio.

Debemos recuperar el anarcosindicalismo, realizar todas las asambleas que sean precisas, declarar abiertas las reuniones de los comités y reducir al mínimo las reuniones de los secretariados para que la participación y el aprendizaje sean permanentes y fructíferas. Si a ello le añadimos planes de formación que incluyan la perspectiva ideológica, habremos dado un gran paso para desterrar las banderías y las prácticas autoritarias que hoy ya son demasiado comunes en la CGT. Pongámonos a ello.

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