VII Época - 30

LA DESNATURALIZACIÓN DE LOS SECRETARIADOS PERMANENTES EN LA CGT

El Congreso Constituyente de la CGT -inmediatamente llamada CNT a causa de los impedimentos gubernamentales para que la nueva organización obrera se llamase como había decidido en un principio- tuvo lugar en Barcelona entre los días 30 de octubre y 01 de noviembre de 1910. Tras importantísimos acuerdos -algunos trascendentales para el movimiento obrero- se acordó que el primer secretario general fuese José Negre, tipógrafo y prestigioso sindicalista que era, en el momento de su elección, secretario general de Solidaridad Obrera, el anarcosindicato de ámbito catalán fundado en 1907. Simultáneamente, se designó Barcelona como sede y se aprobó que allí estaría ubicado el Secretariado Permanente de la central sindical.

¿Qué sentido tenía la propia existencia de un secretariado permanente? Era imprescindible, en una organización federal como se definía la CNT, la existencia de un organismo que realizase el trabajo cotidiano de mínimo funcionamiento orgánico: la tesorería, la propaganda, etc., no podían estar diseminados por la geografía española por simple planteamiento racional. Mientras el Comité Nacional -que se conformaba por los representantes directos de cada una de las regionales de la confederación- era la plasmación de una organización federal y, por lo tanto, ningún ente podía inmiscuirse en la elección de sus secretarios respectivos, el Secretariado Permanente era un órgano auxiliar de aquel y se ocupaba de mantener la cohesión orgánica y de que todo funcionase correctamente entre reunión y reunión del Comité Nacional. Precisamente por eso era “permanente”: porque “permanecía” en una sede determinada y no se dispersaba por las distintas localidades de la confederación. De hecho, la permanencia no venía determinada por la inamovilidad en el cargo de cada uno de sus componentes, sino al contrario: la federación local encargada de ser sede nombraba a los miembros del secretariado permanente y los sustituía cuando era necesario, sin necesidad de pedir permiso a los entes adheridos.

De lo anterior también podemos deducir la relativa importancia que tenía el secretariado para la CNT, ya que solo se elegía en congreso al Secretario General, mientras que el secretariado se dejaba para que la localidad sede nombrase a quienes considerase oportuno. La historia de la CNT está llena de militantes desconocidos y abnegados que pusieron su esfuerzo al servicio de la organización en cargos de los distintos secretariados, mientras que los militantes más preclaros y destacados nunca fueron elegidos en congresos, sino que su labor lo fue en otros ámbitos de la vida orgánica.

Un malhadado día, ya en los años 90, se razonó que ¿por qué iba a elegir una localidad a los miembros del SP y no toda la organización, siendo esto último mucho más democrático y abierto? Modificamos los estatutos, nuestra clásica forma de funcionar y sucedió lo que ya conocíamos de otras organizaciones y que implantamos inconscientemente en la nuestra: la presentación de candidaturas. Así, se elegiría a los mejores -nos dijeron-, pero no fue eso precisamente lo que sucedió, sino lo siguiente: cada candidatura comenzó a tener un signo ideológico o, al menos, un sentido de representación de un tipo de organización concreta, que se oponía a lo representado por el resto de las candidaturas. Esto implantó la ley del número en nuestras filas y comenzó a ser importante quién era el tesorero y quién distribuía los paquetes de propaganda. Y, lo que es peor, al ser elegida la candidatura por un Congreso, los electos empezaron a suponer que su elección suponía un aval para desarrollar, no lo que la organización acordaba y decidía ser, sino la organización que ellos representaban como “ganadores” de la pugna electoral. Si a esto le unimos el equívoco concepto de “equipo”, es decir, de aquellos que reman en una dirección determinada dirigidos por el “gran timonel”, tenemos la tormenta perfecta: un grupo disciplinado que se cree con poder para imponerse a la organización a la que debería limitarse a gestionar en algunos aspectos.

A lo anterior ha de unirse una circunstancia que también ha venido desnaturalizando el propio concepto de secretariado “permanente”. Está siendo ya habitual el nombramiento, para los secretariados permanentes, de compañeras y compañeros de distintas localidades. Eso pasa con los últimos secretariados del Comité Confederal, con sindicatos federales o con federaciones sectoriales. No voy a meter en el saco territoriales, porque su ámbito geográfico, al ser más reducido, podrían justificar o explicar la existencia de secretariados con miembros de la procedencia más variopinta, pero en los entes de ámbito general si el secretario de finanzas es de Málaga, el de sindical es de Tarragona, o el de acción social es de Oviedo. Esto está pasando, por ejemplo, en los nuevos secretariados de la FETYC y del SFF, y, a tenor de las candidaturas presentadas, pasará también en la FESAN. Por mucho que nos empecinemos, estos no son secretariados permanentes, salvo que entendamos que su aspiración es la de permanencer en el cargo cuanto más tiempo mejor. Como no creo que sea eso, diré que no son permanentes porque no permanecen en la localidad designada sede. Está claro que, como son de fuera de Madrid, por ejemplo, necesitarán más horas sindicales para realizar su labor, cuestión que ha venido siendo fuente de conflictos al tener que sustraer dichas horas de la sección sindical respectiva. Especialmente, la “no permanencia” dificulta la realización de reuniones para, por ejemplo, atender a cuestiones urgentes u obliga a la realización de videoconferencias, sistema cuyas carencias todos conocemos. Ni que decir tiene que cuestiones realmente graves y urgentes (un golpe de Estado, por ejemplo), no podría ser afrontado inmediatamente por un SP desperdigado por el territorio.

¿Supone esto una defensa entonces de la desaparición de los secretariados permanentes? Más bien al contrario, es una reivindicación de su figura sin distorsiones. Solo se evidencian las debilidades de nuestro sistema actual para que, al menos, al elaborar candidaturas -las malditas y nefastas candidaturas- no lo hagamos con criterios de reparto de arándanos sobre una tarta, sino con criterios de eficacia y de idoneidad para la organización, también la geográfica. Convertir los secretariados permanentes actuales en lo más parecido a secretariados permanentes vinculados orgánicamente a la sede del comité respectivo es una tarea a la que deberíamos prestar más atención.

Es evidente que la evolución -desnaturalización- de los secretariados permanentes han supuesto un retroceso del libertarismo de nuestra organización a favor de planteamientos autoritarios. Tenemos en la actualidad ejemplos clarísimos que refuerzan este deterioro: un Secretariado Permanente que se considera superior jerárquico del Comité Confederal o un Secretario General que toma decisiones sin someterlas a fiscalización por la organización. Revertir esta desnaturalización es urgente y cada uno de nosotros deberíamos reflexionar sobre el futuro que le espera a esta organización si no somos capaces de afrontar este grave problema.

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