VII Época - 32

LA INAPLAZABLE URGENCIA DE UN CONGRESO EXTRAORDINARIO

O actuamos o la CGT anarcosindicalista que hemos conocido dejará de serlo

Está pasando la CGT por la crisis más profunda desde su constitución, con el nombre de CNT, allá por 1910. La multiplicidad de conflictos de apariencia menor, pero que tienen la misma raíz, así como el gran cataclismo que han generado las insensatas inhabilitaciones y la desfederación de un sindicato sin ningún respeto a la naturaleza federal de la organización, la ha llevado al borde del abismo y a la ruina moral casi absoluta, con una CGT incendiada y consumida por enfrentamientos internos y luchas de banderías.

Ante esta situación, a la militancia no nos queda más remedio que actuar con la celeridad que los tiempos exigen y encontrar las soluciones que demandan. Para ello, considero que hay que devolver a los sindicatos el protagonismo que nunca debieron perder, protagonismo ahora sustituido por el de los reinos de taifas en que se han convertido los entes secundarios de la organización -territoriales y sectoriales-, lanzados a una constante lucha y defendiendo sus posiciones con una estrategia digna de mejores fines que los de no perder su cuota de poder particular.

Este protagonismo de los sindicatos tiene que venir -y no puede ser de otra manera- a través de la celebración de un Congreso Extraordinario, en el que los entes primarios federados en la CGT hagan oír su voz y resuelvan el futuro orgánico de la mejor forma posible.

¿Quién tiene que convocar el Congreso Extraordinario?

El Reglamento de congresos indica que se convocará “siempre que lo soliciten formalmente un número de Sindicatos que representen al menos 1/3 de la suma de los votos de todos los sindicatos pertenecientes a la Confederación.” Pero no nos equivoquemos: este mecanismo es un procedimiento garantista que asegura la celebración de un Congreso Extraordinario cuando así lo acuerde un determinado porcentaje de la organización, pero esto no impide que se pueda convocar igualmente por el Secretario General tras acuerdo de Pleno o Plenaria, como el resto de los Congresos Ordinarios. De hecho, tenemos los antecedentes, no muy lejanos, de la convocatoria del IV Congreso Extraordinario en Bilbao en 2009, del V Congreso Extraordinario en Toledo en 2012, del VI Congreso Extraordinario, celebrado en Iruña en 2016, o el VII Congreso Extraordinario de la CGT, celebrado en Mérida en 2019, que se convocaron todos ellos sin haber sido solicitado por el tercio mencionado.

En definitiva, el Congreso Extraordinario de la CGT puede convocarse como los Congresos Ordinarios y también por la promoción de los sindicatos que sumen, al menos, 1/3 de los votos. Es importante reseñar que este último mecanismo no se ha utilizado nunca y tengo para mi capote que, en caso de intentarse esta vía, comenzarán los expertos en el barro estatutario a encontrar defectos en la convocatoria con el fin de atrasarla o anularla, cuestión que no haría sino complicar la situación conflictiva de la confederación.

¿Sobre qué cuestiones debieran hablar los sindicatos en este Congreso?

La situación que atravesamos no puede reducirse a un simple enfrentamiento sobre si algún sindicato debe o no pertenecer a la confederación. Esta cuestión solo oculta el problema real que tenemos: hay discrepancias serias sobre qué es la CGT y hacia dónde debe dirigirse. Por eso, hay dos cuestiones urgentísimas que los sindicatos deben dirimir sin más dilación.

La primera de ellas, el debate sobre todo el proceso de inhabilitaciones y de desfederación iniciado por una confederación territorial y amparado por el Secretariado Permanente. El Congreso Extraordinario debería pronunciarse claramente sobre la pertinencia o no de estas decisiones, valorándolo con toda profundidad ni cortapisas. Ni que decir tiene que todos los afectados -incluido el sindicato desfederado- no podrían ser vetados en la participación con pleno derecho en el comicio.

La segunda debe ser de trascendental calado: la de pronunciarnos, en un documento declarativo, sobre qué tipo de organización tenemos y queremos. Así, se abordaría su carácter federalista desde la autonomía sindical; su concepto de acción directa no solo para la toma de decisiones interna, sino también en cuanto a la relación con el poder y la sociedad; el alcance de su declaración como organización anticapitalista y antimilitarista; y la finalidad que queremos conseguir, es decir, precisar en qué consiste esa sociedad libertaria que indican nuestros Estatutos. Es decir, lo que en congresos antiguos se definía como “Principios, tácticas y finalidades”.

Deberíamos dejar fuera cuestiones como la elección de nuevo Secretariado Permanente, ya que solo puede significar una nueva fuente de conflictos y la desviación del debate de lo realmente importante hacia lo más nauseabundo de los últimos tiempos -la pugna electoralista-. También debería quedar fuera la modificación de Estatutos ya que esto último habría que dejarlo reposar para un Congreso Ordinario, cuando hayamos tenido tiempo para madurar, a la luz de la experiencia reciente, qué hay que afinar en nuestras normas actuales.

¿Cuándo se debe convocar?

La urgencia de su necesidad es incuestionable, así que el Congreso debe ser convocado en los plazos mínimos que permitan los Estatutos. El próximo Congreso Ordinario es dentro de dos años y la organización no resistirá esta situación actual hasta entonces. La forma más rápida es que las Confederaciones Territoriales propongan su convocatoria en un punto del Orden del Día de una Plenaria. Intentar convencer a las territoriales refractarias a todo esto será una labor a la que habrá que dedicar el esfuerzo necesario.

En caso de que esta opción fuera rechazada, queda el camino de la consecución del tercio marcado por los Estatutos. Para ello, habría que configurar una Comisión Promotora del VIII Congreso Confederal Extraordinario, compuesta por sindicatos, que tendría como función, tras el necesario debate y acuerdo, el fijar los puntos a tratar en el Congreso, promoverlo y conseguir los apoyos necesarios. No podemos confiar en que, espontáneamente, los sindicatos comiencen a realizar asambleas y, descoordinadamente, soliciten la celebración del congreso, cada uno con un Orden del Día diferente y en fechas separadas por meses entre sí. Este proceso debe ser conocido y abierto, y la Comisión deberá encargarse de elaborar los modelos de solicitud necesarios, recopilar los apoyos, valorar estadísticamente los mismos y presentar al Secretariado Permanente la petición con todas las solicitudes efectuadas por los sindicatos.

¿Y una vez convocado?

Una vez convocado, el Congreso debe llevar a cabo sus tareas con la mayor serenidad posible, por lo que hay que recuperar para la organización un mínimo ambiente de normalidad. Es imprescindible que se dejen de lado todo tipo de nuevas inhabilitaciones y expulsiones, ya que esto no haría más que complicar el desarrollo del Congreso. También debería ser posible no presentar nuevas demandas judiciales, que tampoco ayudan a la realización de un comicio equilibrado y exitoso.

No podemos esperar. El futuro de la CGT anarcosindicalista, con incidencia real en el mundo del trabajo, pende de un hilo y solo sus sindicatos pueden salvarla de que el hilo se parta irremediablemente. Pongámonos ya manos a la obra y consigamos convocar el Congreso Extraordinario de recuperación de la CGT. Si no lo conseguimos, habremos dilapidado el legado que miles de militantes nos han traspasado desde hace más de 114 años. Y lo que es yo, no estoy dispuesto a pasar esa vergonzosa derrota sin pelear.

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