A PROPÓSITO DEL 10 ANIVERSARIO DEL 15M

La magnificación (y, por tanto, control) mediático de la ocupación el 15 de mayo de 2011 de la Puerta del Sol madrileña por unos pocos cientos de personas, enseguida extendida a decenas o cientos de plazas de otras ciudades repartidas por todo el país, vuelve ahora a reproducirse con motivo del 10 aniversario de aquellos hechos, si bien con objetivos diferentes.

Fuimos muchas las personas que en aquellos meses de mayo y junio de 2011 en distintas provincias -por ejemplo, en el espacio abierto en la Alameda de Pontevedra- recibimos con sorpresa y esperanza aquella magnífica ocupación de Madrid. Apreciábamos en aquella asamblea permanente abierta, cada día más numerosa y participativa, lo que parecía el inicio de un espacio de crítica, libertad y buen sentido transformador de la deplorable institucionalidad que veníamos sufriendo desde tiempo atrás.

Era entonces un tiempo (final de las legislaturas del PSOE de Zapatero) en el que, como ahora, campaban a sus anchas unos hechos tan vergonzosos como impunes: La brutal injusticia del reparto de la carga de la crisis económica (un verdadero fraude en si misma) cayendo una vez sobre las espaldas de los mismos; la gangrena del paro y la precariedad; la amenaza de exclusión en todo lo que importaba; la obscena corrupción política e institucional y, sobre todo, la plena consciencia de que el tinglado político democrático (partidos, parlamento, electoralismo representativo, etc) ni simbolizaba ni podía representar otra cosa que una engañifa generalizada: ¡No nos representan! -se gritaba y argumentaba airadamente en las plazas- ¡Nuestros sueños no caben en vuestras urnas! ¡Los políticos mean sobre nosotros, los medios dicen que llueve y nosotros nos vamos de esta mierda! …

Sin embargo, todo aquél empuje liberador empezó pronto a quebrarse. Pronto, demasiado pronto. Las primeras señales de lo que estaba a punto de ocurrir, se manifestaron en los editoriales y escenarios de los grupos mediáticos interesados y, enseguida, en el seno mismo de la acampada improvisada. Al “No nos representan” se acoplaron otros estribillos menos sinceros y más inquietantes, entre ellos, la insistencia en el carácter ‘democrático’ que debería señorear todo el movimiento. ¡Le llaman democracia, pero no lo es!, ¡Democracia real, ya!

Pronto, muy pronto, demasiado pronto -aupados una vez más, por las distintas facciones y coros mediáticos implicados- hegemonizaron el debate en las asambleas las tesis de que ¡había que canalizar políticamente aquél entusiasmo, volcarlo en nuevas figuras, personajes y tinglados que, ¡estos sí!, llevarían a cabo la conquista -vía electoral- del poder de las instituciones (parlamento y gobierno) y, una vez allí, por el poder mismo de las instituciones de gobierno que usufructuarían, doblegarían a los otros poderes (la casta, la banca, el capital, los de arriba), incorporarían los derechos sociales a la constitución, redistribuirían la riqueza del país y configurarían, este vez sí, una ‘democracia verdadera”, que, por supuesto, no se definía y que, en cualquier caso, no dejaría de ser ‘representativa’.

Decayeron por todas partes las asambleas y, con ellas, la democracia directa quedó arrinconada ante la renovada cantinela electoral. Si bien a los pocos meses del 15M, el 20 de noviembre de 2011, ganó las elecciones políticas por abrumadora mayoría el Partido Popular de Mariano Rajoy, fueron armándose los nuevos partidos, en concreto Podemos (que se consideraba el abanderado del 15M, que en realidad había finiquitado) y Ciudadanos (aupándolo a la ’arena nacional’ desde su enclave primigenio en Cataluña).

Han pasado diez años desde aquél espléndido momento que pareció simbolizar el 15M, como meteoro fugaz en el cielo negro de la pesadumbre cotidiana. Nunca la cosecha fue tan magra, para una esperanza tan hinchada. Vuelven los grupos mediáticos a entonar, unos, el Réquiem definitivo por una ‘ilusión perdida’, otros, la esperanza interesada de que todo haya servido para que una `nueva’ izquierda se consolide como fuerza de gobierno, con el objetivo apenas disimulado de que nada cambie en lo sustantivo, edulcorándolo con lo adjetivo.

Dicho de otro modo: En lo sustantivo, ampliar intensificar y exaltar el poderío de la siniestra simbiosis entre los Estados nacionales y organismos supranacionales estatalizados con las Corporaciones industriales y financieras más poderosas, dispuestos ambos en llevar a cabo, mano a mano, en comunidad indisoluble de intereses y contubernio perfecto, la desquiciada gobernanza mundial ante el desastre que se avecina. En lo adjetivo, tintar de apariencia feliz (‘feminista’, ‘progresista’, ‘ecologista’, ‘diversa’, ‘reformista’, ‘democrático’ etc) el calamitoso orden vigente de guerra, explotación laboral y reafirmación de la desigualdad en todos los órdenes, dolor universal de tres mil millones de personas, destrucción de la naturaleza y la biosfera e inhabitabilidad pandémica de las colectividades humanas.

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