ALEJANDRO EL GRANDE

Título original: O Megalexandros

Año: 1980

Duración: 200 min.

País: Grecia

Dirección: Theodoros Angelopoulos

Guion: Theodoros Angelopoulos, Petros Markaris

Música: Chris Hallaris

Fotografía: Giorgos Arvanitis

Reparto: Omero Antonutti, Eva Kotamanidou, Mihalis Giannatos, Grigoris Evangelatos, Miranda Kounelaki, Laura De Marchi, Toula Stathopoulou, Thanos Grammenos, Elpidoforos Gotsis, Haris Pisimisis, Giorgos Kovaios, Haralabos Timotheou, Stratos Pahis, Giorgos Bartis, H. Stamatelos

En cineasta griego Theo Angelopoulos (1935-2012) desarrolló una interesante carrera que destacó por la notable apreciación de la crítica a nivel internacional, con múltiples premios en los festivales más importantes del mundo. Su estilo se caracterizaba por narraciones pausadas y ambiguas con tomas largas y escenas complejas de cuidadosa composición. También hacía un uso magistral de los tiempos muertos, los planos-secuencia y las alteraciones cronológicas. En la década de 1970 realizó una serie de películas políticas sobre la Grecia moderna y su consagración definitiva como director llegó con Alejandro el Grande (1980), una de sus primeras obras maestras, premiada en el Festival de Venecia.

A finales del siglo XIX, en la misma época que la Comuna de París, un bandido griego que se cree Alejandro Magno, anacrónicamente ataviado con casco y capa, secuestra a un grupo de aristócratas ingleses los lleva a un pueblo de montaña. Exige como rescate que los ricos terratenientes locales entreguen sus propiedades a los campesinos e intenta establecer una comuna agraria con la ayuda de un grupo de anarquistas italianos. La constante adoración de los habitantes transforma al héroe socialista en un dictador estalinista, corrompido por su poder político, lo que afecta a la vida de la comuna. Los anarquistas, en desacuerdo con el rumbo que están tomando los acontecimientos, tratan de abandonar la aldea, pero son asesinados por el ejército apostado en los alrededores. Alejandro ordena matar a los rehenes y finalmente los propios aldeanos acaban con el dictador, convirtiéndole en un mito.

La película tiene una duración de más de tres horas, pero nunca tenemos la sensación de que sobra algo. El ritmo pausado de la trama no se emplea como un medio, sino como un fin en si mismo, obligando al espectador a reflexionar, y la naturaleza contemplativa de los planos muestra una concepción de la imagen cinematográfica de gran calado filosófico, casi poesía en movimiento.

Resulta fascinante la composición pictórica de la puesta en escena, con una espectacular coreografía de movimientos de cámara y dilatadas panorámicas que crean una atmósfera especial en la que se mezcla el realismo y las referencias mitológicas con una naturalidad que no chirría en ningún momento. Estamos ante película que gana enteros con cada visualización, al ir desentrañando sus múltiples capas de significado que reflejan pasado y presente con una lucidez asombrosa.

Es bastante chocante que una película de esta categoría permanezca casi olvidada, más si tenemos en cuenta la influencia que su autor ha tenido en el cine europeo, sin que existan demasiados estudios críticos serios sobre ella. Sin lugar a dudas, se trata de una obra maestra que merece ser recordada y apreciada en su justa medida.

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