VII Época - 35

TECHO Y COMIDA

Año: 2015

Duración: 90 min.

País: España

Dirección: Juan Miguel del Castillo

Guion: Juan Miguel del Castillo

Reparto: Natalia de Molina, Jaime Lopez, Mariana Cordero, Gaspar Campuzano

Música: Miguel Carabante, Daniel Quiñones

Fotografía: Manuel Montero, Rodrigo Rezende

Una joven rebusca en el contenido de un contenedor de basura, rasgando las bolsas de basura en busca de comida rescatable. A su lado, un vagabundo con la misma misión se pone a cantar un desgarrador lamento flamenco que resuena entre los contenedores y se pierde en la noche. Es un raro momento de poesía en un retrato brutal y poco sentimental de la pobreza en el sur de España en plena crisis económica. Este relato de la subsistencia de Rocío (Natalia de Molina), madre soltera es empático pero realista, situándose cerca del cine de conciencia social de directores como Ken Loach.

El escenario es la ciudad andaluza de Jerez de la Frontera, 2012. Rocío, madre de Adrián (Jaime López), de ocho años, lleva tres años y medio en paro. No recibe ninguna prestación y subsiste con los veinte euros que gana de vez en cuando por repartir folletos. Hace ocho meses que no paga el alquiler y su casero la amenaza con el desahucio.

Le tiemblan las rodillas mientras explica su situación a un funcionario de la seguridad social. En este momento, como en la mayoría de sus encuentros con personas con poder, del Castillo mantiene la cámara fija en el rostro demacrado de Rocío. El funcionario anónimo le explica sin rodeos que Rocío tiene derecho a una ayuda económica, pero que podría tardar entre seis meses y un año en recibirla.

La película explora el modo en que una pequeña molestia para alguien económicamente solvente puede tener graves consecuencias para alguien cuya realidad económica es más precaria. Cuando a Rocío se le acaba la bombona de gas, cuando le cortan el agua o el bote de champú económico que trata de estirar durante meses se vacía, se enfrenta a una decisión imposible. Si los sustituye, no tendrá dinero para alimentar a su hijo. Ella misma rara vez come más que un yogur caducado o un mendrugo de pan.

Hay un naturalismo discreto en las interpretaciones que aporta credibilidad a esta tormenta perfecta de desgracias, reflejada por una fotografía de estilo documental. La atormentada interpretación de la protagonista es dolorosamente expresiva. Sus emociones están a flor de piel, siempre presentes en unos ojos enormes y hambrientos que parecen agrandarse a medida que avanza la película. No es de extrañar que su trabajo fuese premiado merecidamente con un Goya.

El director concede dignidad a su personaje central a pesar de sus penurias. Rocío nunca pide ayuda a sus vecinos y se mortifica cuando sospecha que se ha descubierto la gravedad de su situación. En Techo y comida se sienten las consecuencias de los recortes, como los de sanidad, y de leyes como la del desahucio exprés. Se cuidan los detalles para conseguir un medido efecto melodramático. Son frecuentes los primeros planos de la protagonista y el espectador vive y siente a través de ella lo que está sucediendo. Frente a la frialdad de las cifras y estadísticas, películas como esta son necesarias para agitar conciencias y mostrar en toda su crudeza la perversión de un sistema capitalista implacable en el que se rescatan bancos mientras se permite que millones de personas vivan en un círculo vicioso de miseria y desesperación.

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