ANTONIO DOMÍNGUEZ REY
(1945, Rianxo, A Coruña)
Crepitaron los árboles incendiados, el miedo abona la sangre seca de los vencidos, el frío asoló las ciudades y aldeas de aquella tierra, sobre las que tan alta Victoria, ensalzó a los suyos hasta la Gloria.
GLORIA VICTIS
Igual que los sarmientos iba el hombre,
juntando tierra y aire en la callada
ofrenda de sus obras. Puso en alto
las vides de los días más hermosos,
bendijo el agua, el fuego y las cosechas.
Llegaron los de cruda faz, la espada
y el yelmo. Estéril su pupila ardiente.
Vicarios del desorden cuando el orden
carcome la médula de las normas
sangrantes. Nuncios de la voz omnívora,
el grito de las venas aunque encallen
las proas silenciosas de los pueblos.
Sin ellos iba el mundo, sin vencidas
cabezas suplicantes, con la antorcha
desnuda de las frentes, con el brillo
feraz de las miradas que nos siembran.
Y ya la norma impide al pie su libre
enjambre, roto el natural impulso
del paso que no pisa ya vencido.
El miedo abona sangre seca y callan
sus bustos irascibles los rumores
esclavos de las lenguas sin relieve.
Ningún mortal irrumpe clamoroso
en parques y jardines exigiendo
la paz rendida a sus estatuas mudas.
Ninguno bebe el dulce vino manso
que mana de las carnes entreabiertas.
Encontramos este poema en “Lúrido Ocelo” de Antonio Domínguez Rey (Editorial, Molinos de Agua, Madrid)