VII Época - 53

ANTONIO DOMÍNGUEZ REY

(1945, Rianxo, A Coruña)

Crepitaron los árboles incendiados, el miedo abona la sangre seca de los vencidos, el frío asoló las ciudades y aldeas de aquella tierra, sobre las que tan alta Victoria, ensalzó a los suyos hasta la Gloria.

GLORIA VICTIS

Igual que los sarmientos iba el hombre, 
juntando tierra y aire en la callada 
ofrenda de sus obras. Puso en alto 
las vides de los días más hermosos, 
bendijo el agua, el fuego y las cosechas.
Llegaron los de cruda faz, la espada 
y el yelmo. Estéril su pupila ardiente.
Vicarios del desorden cuando el orden 
carcome la médula de las normas 
sangrantes. Nuncios de la voz omnívora, 
el grito de las venas aunque encallen 
las proas silenciosas de los pueblos.
Sin ellos iba el mundo, sin vencidas 
cabezas suplicantes, con la antorcha 
desnuda de las frentes, con el brillo 
feraz de las miradas que nos siembran.
Y ya la norma impide al pie su libre 
enjambre, roto el natural impulso 
del paso que no pisa ya vencido.
El miedo abona sangre seca y callan 
sus bustos irascibles los rumores 
esclavos de las lenguas sin relieve.
Ningún mortal irrumpe clamoroso 
en parques y jardines exigiendo 
la paz rendida a sus estatuas mudas.
Ninguno bebe el dulce vino manso 
que mana de las carnes entreabiertas.

Encontramos este poema en “Lúrido Ocelo” de Antonio Domínguez Rey (Editorial, Molinos de Agua, Madrid)

 

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