Editorial

270 millones de personas en todo el mundo están condenadas al hambre severa y la muerte prematura, como consecuencia de la crisis económica y social que seguirá a las políticas adoptadas por los gobiernos para mitigar o afrontar la Covid-19. Son el doble de los 135 millones que, según los registros de 2019 anteriores a la epidemia, ya venía sufriendo hambre extrema y mortífera o con graves secuelas.

Según la Agencia de la ONU para la Alimentación y Agricultura (FAO) esta tremenda lista -cada uno un nombre, cada nombre una vida- habrá de sumarse a la de 821 millones de hambrientos (casi el 14% de la población mundial), ahora mismo víctimas del hambre severa y la desnutrición, con su catálogo de enfermedades, trastornos y calamidades, abusos y violencia social y política asociados.

La ONU, en el marco de un Informe “Impacto de la covid-19 sobre la seguridad alimentaria y la nutrición”, presentado en la sede oficial del organismo en New York por el secretario general, Antonio Guterres, este 9 de junio, ha alertado de los efectos de la gestión política y económica de la pandemia decidida por los distintos gobiernos. Según el Informe, estamos ya ante la inminencia de una emergencia alimentaria, en la que aproximadamente 300 millones de personas “no podrán satisfacer sus necesidades básicas de supervivencia” y “sufrirán una amenaza grave y cierta para su vida y salud”.

Así pues, en esta circunstancia, decenas de millones de esas personas amenazadas, morirán en los próximos meses de miseria, hambre y abandono. Se disparará la mortalidad infantil y reducirá aún más la esperanza media de vida para más de 2000 millones de personas.

Concluye el citado Informe que, como consecuencia de las crisis económica y social derivadas del modelo adoptado para afrontar la pandemia por los gobiernos más poderosos del mundo (e impuesto a los demás), la recesión global emergente no se ha hecho esperar e interrumpe desde ya el funcionamiento, ya de por sí injusto y desigual, de los sistemas y cadenas de abastecimiento alimentario en toda la geografía mundial. Como ha dicho el secretario general de la ONU, Antonio Guterres: «Nuestros sistemas alimentarios están fallando, y la pandemia está empeorando aún más las cosas. A menos que se adopten medidas de inmediato, cada vez está más claro que habrá una emergencia alimentaria mundial inminente que podría tener repercusiones a largo plazo para cientos de millones de niños y de adultos”.

Con anterioridad, en mayo, el Fondo de la ONU para la Infancia (Unicef), ya había anunciado que la pandemia puede provocar un aumento de la desnutrición infantil hasta los 9,4 millones de afectados, lo que confirma también una proyección reciente del Programa Mundial de Alimentos, cuya portavoz, Valerie Guarnieri, señaló: «Las medidas de confinamiento y la recesión económica global conducirán a una pérdida de ingresos masiva entre los trabajadores pobres, que ya están viviendo al filo de la pobreza y el hambre … (por lo que) se espera que un mayor número de personas muera debido al impacto económico de la Covid-19 que por causa del virus propiamente».

Como siempre ocurre y viene haciéndose desde hace decenios, la ONU y sus oficinas se limitarán a advertir de lo que, con toda probabilidad ocurrirá, si no se adoptan “tales o cuales medidas”, si no se acometen con urgencia “tales o cuales ayudas”, sino se acude con prontitud a “tal o cual área geográfica” … Pero sí por un lado, llega la advertencia anualmente repetida, pero por el otro, también llega, con la misma puntualidad, su incumplimiento. Finalmente, en una suerte de ritual infame, siempre termina por imponerse la realidad catastrófica de las grandes fuerzas del capitalismo y la organización política mundial, para quienes nada en realidad importa la muerte por hambre y desnutrición de millones de personas o el agónico malvivir en amplias regiones del planeta o el fallecimiento cada día de miles de niños, víctimas de la miseria, la indigencia y el abandono. ¿No les importa? En el fondo sí les importa, porque sobre esa pobreza universal se construye su riqueza y beneficios privados.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *