Editorial

La historia de Israel en el siglo XX y lo que va del XXI es tanto la de la construcción nacional y delimitación sangrienta de un nuevo estado en Palestina, el Estado de Israel, previo despojo y supresión del pueblo árabe palestino que habitaba aquel territorio desde tiempos inmemoriales, como la de la dramática resistencia de este pueblo a tan brutal despropósito y la culminación del genocidio que se cierne sobre sus habitantes.

Para este mes de julio de 2020, el primer ministro israelí anunció la anexión de un tercio de la Cisjordania palestina, invadida en 1967 y ocupada hasta hoy por el ejército de Israel y donde están ubicados decenas de asentamientos bajo control militar de Israel, por más que hayan sido declarados ilegales por la legislación internacional y la propia ONU.

Independientemente de que el gobierno israelí logre lo que pretende, la anexión que ahora se anuncia no es una ocurrencia de última hora del Estado de Israel, sino una pretensión histórica desde su formación: la absorción completa de Palestina dentro de Israel. En sucesivos episodios de violencia bélica -siempre provocadas por un Israel seguro de su victoria- el Estado israelí ya se lleva apropiado del 78% del territorio de la Palestina histórica (muy lejos del 44% que le había otorgado la ONU en 1948).

El nuevo Estado de Israel, fundamentado en una doctrina nacionalista atroz, invadió́, saqueó y finalmente se apoderó militarmente de otras localidades palestinas, más allá́ de las fronteras que le habían sido concedidas. La porción que ahora pretende anexionarse Israel es el tercio más fértil de ese 22%, teóricamente de titularidad -que no de soberanía- palestina, por más que ocupado por el ejército de Israel, cribado de asentimientos coloniales hebreos y atravesado de carreteras, vías y caminos de uso sólo para israelíes.

Exhibiendo la amenaza de su poder, Israel pretende dar ante el mundo -impávido y cómplice- el penúltimo paso para la anexión definitiva al Estado de Israel de la Palestina histórica y el sometimiento a un régimen de apartheid -racista y carnicero- a los palestinos que sobrevivan a la enésima catástrofe que sobre ellos se avecina.

¿Cómo se ha podido llegar hasta aquí́? ¿Cómo es que aceptamos humilladamente un crimen tan horrendo, como el que se comete a los ojos de todo el mundo con la población palestina? ¿Cómo es que callamos, cuando el pueblo palestino ofrece a diario el ejemplo inaudito de su coraje y digno amor a la libertad?

El Estado de Israel fue construido, como todos los estados nacionales, mediante la mentira y la violencia homicida, justificadas a ojos de los verdugos por la ideología nacionalista y religiosa que los animaba: el sionismo. Pero mantenerlo, exige igualmente la necesidad de mentir y matar.

Israel está ahora mismo ganando esta siniestra partida, tal y como la lleva planificando y ejecutando con suma frialdad desde hace más de 70 años. Percibe hoy el Estado israelí que está a las puertas de la “Solución final” que ultime el genocidio del pueblo palestino. No en vano la “comunidad internacional hegemónica”, en primer lugar EE UU, pero también Canadá, Gran Bretaña y, sobretodo, los emporios político-empresariales y nacionales de la Unión Europea, están ya de su parte. Todos ellos, incluido el gobierno español, ya han definido su apoyo y ofrecido su consentimiento al exterminio del pueblo palestino, condenado a desaparecer en lenta agonía en campos de refugiados, pobreza y millones de exilios dispersos por medio mundo.

Es posible que algunos de estos gobiernos, como el de España, quizá un poco avergonzados de si mismos, pero, en todo caso, no dispuestos a renunciar al dorado vasallaje que les autoriza a estar en el poder político de su país, exhiban alguna palabrería de pésame al pueblo palestino. También Judas besó a la víctima y lloró tras el prendimiento, pero al menos tuvo el coraje de arrojar las 30 monedas recibidas por su traición y ahorcarse después. En el caso de nuestros gobernantes, no hay peligro. Al fin y al cabo, nuestros buenos y representativos gobernantes, no crucificarán a un dios, sino a un pobre pueblo de míseras gentes y poblachos infames.

Con todo y pese a todo, Palestina lucha ahora mismo, como viene haciéndolo desde hace 70 años, por librarse de esa amenaza intolerable. Y lo hace con un coraje inaudito, cuando todos los reaccionarios del mundo y las condiciones mismas de la lucha que libra, le reclaman que se doblegue. Contra esa falsa solución final e indigna proposición se dirige expresamente este número extraordinario de La Campana, dispuestos a compartir y difundir la justa lucha del pueblo palestino, en pos de una salida esperanzada, por la libertad y la dignidad humanas.

Todavía es tiempo.

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