VII Época - 18

Editorial

Te han sitiado corazón
y esperan tu renuncia.
Los únicos vencidos, corazón,
son los que no luchan.
No te entregues, corazón libre.
No te entregues.

Rafael Amor

Nada ha sucedido en la reciente Cumbre climática (COP28), realmente distinto a lo vivido en las ediciones anteriores. Los actores, como en otras ocasiones, hicieron discursos llamativos pero engañosos sobre el avance ‘histórico’ que supone el acuerdo logrado de, “transitar hacia una producción energética que deje atrás en 2050, los combustibles fósiles: petróleo, gas y carbón”.

Sin embargo, los discursos bajaron el diapasón, hasta hacerse inaudibles, al intentar calibrar el verdadero significado y eficacia de ese “lento transitar” sin plazos ni pautas concretos (sujeto más a la voluntad oportunista de cada país, que a ninguna otra clase de exigencia o compromiso), sin financiación clara (a los países capitalistas con economías menos poderosas) y, sobre todo, al enfrentarse al hecho de que hayan acordado como ‘alternativa’ a los combustibles fósiles, otras falsas y no menos catastróficas soluciones, como la energía nuclear. Todo ello, además, en el marco de una defensa a ultranza y loa al régimen económico capitalista y a la gobernanza mundial, autoritaria y jerárquica, bajo la égida de los países más poderosos militarmente.

En la tercera jornada de la Cumbre, una veintena de estados, liderados por Francia y EE UU, reclamaron a los presentes “triplicar hasta 2050 la producción mundial de la energía nuclear”, como solución factible para lograr “cero emisiones netas de gases de efecto invernadero para 2050” y “no tener que recurrir a los combustibles fósiles como fuente de energía”.

Por supuesto, el conjunto de los asistentes a la Cumbre al escuchar tan engañosa palabrería decidió, a la contra, hacer oídos sordos a las advertencias de la propia Agencia Internacional de la Energía, asegurando que “incluso triplicando la capacidad nuclear a nivel mundial, solo se lograría una reducción del 6% en las emisiones de carbono, claramente insuficiente para mitigar, ya que no impedir, el cambio climático”.

Pese a la monumental engañifa que representa esta excusa, la ‘petición’ de EE UU y Francia, celebrada además como propia por la UE y el G-20, grupo que reúne a los estados económicamente más poderosos, responsables máximos de la catástrofe planetaria que se viene produciendo en la biosfera, consiguió finalmente el pronunciamiento positivo de 116 países y, por supuesto, la aquiescencia general de todos los restantes. Entre los países firmantes, además de Francia y EE UU se encuentran otros bien conocidos nuestros como España, Italia, Marruecos, Portugal y la Unión Europea (como firmante en su representación, por ostentar la Presidencia, España).

Con estos mimbres se tejió y firmó en Dubai, como pacto previo al cierre, pero recogido en el texto final, el llamado “Compromiso Mundial sobre Energías Renovables y Eficiencia Energética”, que inevitablemente traerá consigo la avalancha incontrolada sobre el planeta de basura atómica y la ruina de las próximas generaciones, encadenadas a un modo de producción industrial que, en poco más de medio siglo, ya ha provocado grandes catástrofes ambientales y humanas: Chernobil, Fukushima, Sellafield, o Three Mile Islands.

Si este objetivo se logra -triplicar la producción atómica mundial-, eso significará que la desgracia actual que encadena a los pueblos al modelo vigente de Orden mundial y control tecnológico, habrá que añadir la terrible hipoteca y bomba de relojería que la Cumbre de Dubai entrega a las generaciones venideras, pues la industria nuclear genera unos residuos radiactivos, que mantienen su nocividad y peligrosidad durante miles de años. El plutonio-239, por ejemplo, permanecerá radiactivo durante unos 250.000 años, de modo que la producción de una central nuclear con una vida media de 40 años, que produce energía para un corto número de individuos de una generación, obligará a que 10.000 generaciones tengan que estar vigilando y manteniendo bajo control sus residuos. Evidentemente no lo harán, ni es seguro que podrán hacerlo aunque quisiesen, pero pagarán las consecuencias de la barbarie de nuestros civilizados gobernantes.

Como resultaba inevitable y, por supuesto, estaba en los cálculos de los promotores, el Compromiso suscrito incluye una invitación “a los accionistas de instituciones financieras internacionales” a alentar la inclusión de la energía nuclear en las políticas de préstamos de energía. Como se jactó el presidente de Francia, Macron, “la energía nuclear ha vuelto (…) Necesitamos que el Banco Mundial, las instituciones financieras internacionales y los bancos multilaterales de desarrollo incluyan la energía nuclear en sus políticas de préstamos energéticos”. Traducida esta verborrea al lenguaje común y verdadero: gloría al capitalismo y garantía de devastación universal en estado puro o, dicho de otro modo, la señal de las autoridades políticas confabuladas en Dubai de que nada se logrará en beneficio colectivo de la población mundial y en el respeto al medio ambiente natural, pero si que se incrementará la cuenta de resultados de las grandes corporaciones energéticas y la obscena riqueza de unos pocos, a cuenta de la degradación de la vida en el planeta, en la casa común de todos los seres vivos, humanos incluidos.

… De modo que la lucha contra todo ello, ha de continuar.

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