VII Época - 29

Editorial

Te han sitiado corazón
y esperan tu renuncia.
Los únicos vencidos, corazón,
son los que no luchan.
No te entregues, corazón libre.
No te entregues.

Rafael Amor

El pasado 5 de marzo, los 27 miembros de la Comisión Europa, presididos por Úrsula von der Layen, han propuesto a los países miembros impulsar con al menos 1.500 millones de euros la industria militar europea, cuyo gasto en 2022 ya había alcanzado la escalofriante cifra de 240.000 millones de euros, casi igual al presupuesto militar chino y más del doble que el empleado por Rusia. Todo ello, con la banal y “novedosa” excusa de la amenaza que representa Rusia para Europa y la OTAN (Estados Unidos y comparsas).

Apelando de nuevo a esta sandez, el gobierno de la Unión Europea, confiado en el poder de ‘persuasión’, ‘engaño’ y ‘narcotización’ de la Industria mediática sobre las poblaciones europeas -cuya pavorosa eficacia está más que demostrada en el tratamiento del genocidio palestino-, pretenden embaucar a las sociedades europeas para que acepten dócilmente el inminente aumento del gasto militar europeo y, en definitiva, impulsar el militarismo creciente al lado de un Estados Unidos, cada vez más necesitado de una guerra a gran escala que restaure su declinante, pero todavía inmenso y temible, poder imperialista.

Con el fin de “rearmar” a la Unión Europea, la Comisión ha presentado a principios de marzo, lo que considera dos nuevos instrumentos: una Estrategia Industrial Europea de Defensa (EDIS) y un Programa Europeo Industrial de Defensa (EDIP), cuyo objetivo es fomentar las inversiones militares, para lo cual movilizará los 1500 millones de euros del presupuesto comunitario anunciados y buscará ingresos adicionales para que las empresas, y en especial las pymes, se adelanten a los pedidos para iniciar la producción.

Con estos planes, se pretende iniciar el camino para una estructura militar a largo plazo ‘propia’ aunque sin renunciar a la ‘cooperación’ con la OTAN. En realidad, lo que encubre esta mendaz estrategia, no es otra que cumplir con las exigencias de gasto de la OTAN, cada vez más onerosas, y organizar de una vez por todas un ejército europeo que le permita competir, con las armas en la mano y la crueldad belicista por bandera, en el saqueo general del planeta.

Semejante objetivo no se logra sin detraer fondos de las arcas públicas, que deberían ser destinados a otros objetivos menos sangrientos y ruinosos que el de la guerra y la matanza, como la enseñanza, la sanidad, la vida digna, el respeto a la naturaleza o el ecosistema planetario. Y tampoco se logra, sin antes envilecer a la población propia para que acate semejante delirio.

En estos primeros veinte y tres años del siglo XXI, bajo la hegemonía del capitalismo salvaje -al que ya se ha incorporado el capitalismo de estado chino- ha aumentado en todo el mundo y en todos y cada uno de los países, la desigualdad social y económica. Cada día que pasa los ricos son menos pero más ricos y poderosos y, a la par, cada día los miserables de la tierra son cada vez más pobres y más numerosos. El 99% de la población mundial posee menos riqueza que el 1% más pudiente de la población del planeta. 3.600 millones de personas en el mundo poseían, en 2015, igual riqueza que 62 personas ricas. Cinco años después, estas cifras son todavía más extremas y horrendas.

Para poder sostener tamaña injusticia los que están arriba, en la cumbre del poder económico y político, necesitan de un orden punitivo y una canalla militar que pueda matar, destruir, aniquilar, devastar allí donde estallen las inevitables sacudidas y violencias al paso, en primer término, de la propia rivalidad entre poderosos (y aspirantes a serlo) y, también, de las rebeliones y estallidos justicieros, ‘terroristas’, que tratan de salir de la miseria, la explotación inmisericorde, la desolación ambiental, la humillación o el permanente sometimiento.

Los gobiernos de la Unión Europea, cada vez más ostentosa y obscenamente, quieren situarse en el infame bando de esa brecha. En realidad, lo estuvieron siempre, incluso después de la II Guerra Mundial, cuando pareció que Europa renunciaba, al menos en propio territorio, a dirimir los conflictos propios e internacionales por medio del enfrentamiento armado. Sin embargo, ese aparente ‘pacificismo’ no era más que circunstancial, pues, pese al horror provocado y sufrido también en carne propia, no resistió a la primera oportunidad de ejercer su tradicional belicismo estatal (contando siempre con el permiso oficial u oficioso de Estados Unidos), como ocurrió en las provocadas guerras de Argelia (1954 – 1962), Yugoslavia (1991-2001), Libia (2011), países del África francófona (periódicamente, desde 1950 y hasta hoy), Ucrania (2014) …

Desde La Campana, desde nuestro sindicato, volcados en la lucha anarcosindicalista por una sociedad en la que prime la libertad sobre el autoritarismo, la dignidad sobre la humillación, la justicia sobre la explotación, la solidaridad sobre las fronteras, la equidad sobre el privilegio, el respeto sobre el racismo y la xenofobia, el reparto de la riqueza social y colectivamente construida sobre la usurpación privada, la fraternidad sobre la guerra … volcados -decimos- en esa lucha reiteramos nuestra negativa a participar en este tinglado siniestro del militarismo y su industria, sino es luchando contra ellos y por su definitiva extinción.

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