VII Época - 94

Editorial

Te han sitiado corazón
y esperan tu renuncia.
Los únicos vencidos, corazón,
son los que no luchan.
No te entregues, corazón libre.
No te entregues.

Rafael Amor

Fundado en 1971, el denominado Foro Económico Mundial, Foro de Davos, reúne en esta pequeña ciudad de los Alpes suizos cada año en el mes de enero a más de 2.000 invitados, quienes publicitan la reunión y a sí mismos, como un acontecimiento imperativo -no sólo simbólico sino también efectivo- de gran relevancia política mundial. Pues en su sede los más altos representantes del poder económico y político mundial revisan anualmente las directrices de la gobernanza política y legislativa global propias del régimen capitalista, en el que la usurpación de bienes y fuerza de trabajo son la condición, la economía financiera coactiva y el poder militar sus principales instrumentos, el lucro privado y el privilegio autoritario la ley que lo rige.

Compartiendo escenario e intenciones, en el Foro Económico de Davos compadrean a un lado quienes se consideran a si mismos actores del poder político (jefes de estado, presidentes, altos cargos ministeriales), siempre con el mérito a sus espaldas de haber sido aupados por cualquier medio al poder político y administrativo de sus respectivos países por los grandes consorcios y compañías multinacionales allí presentes. Al otro, los multimillonarios de cuentas personales más abultadas del mundo y altos ejecutivos del capitalismo: financieros, industriales, mediáticos, tecnócratas …

Una vez todos juntos en la ciudadela de Davos -siempre protegidos de las posibles reacciones airadas de algunas de sus innumerables víctimas por cientos de agentes armados, que materialmente cercan la ciudad por tierra mar y aire y prohíben el acceso a todo presunto intruso– los participantes del Club se aprestan a actualizar, según sus intereses y recetas habituales, la agenda común del poder político y económico mundial, cara el futuro inmediato. Esto es, ‘estudian’, ‘valoran’, ‘planifican’, ‘discurren’ … cómo y en qué medida, en qué plazos y valiéndose de qué procedimientos podrán continuar el saqueo de los recursos del planeta, la contaminación de los ecosistemas, la explotación inmisericorde de cientos de millones de personas o condenarán al exterminio a tal o cual pueblo.

En semejante cónclave, claro está, no podía faltar la representación del estado español y el capitalismo aquí domiciliado, previo abono de la costosa cuota que da derecho, en unos casos a sencillamente sentarse y codearse con la élite mundial y, en otros, a intervenir con voz audible en los foros, encuentros, escenarios y pedestales programados. En la edición actual 2026, tras el accidente ferroviario de Adamuz, Pedro Sánchez excusó su asistencia, siendo sustituido por Carlos Cuerpo, ministro de Economía y Óscar López, ministro de Transformación Digital y de la Función Pública. En representación del sector financiero, entre otros, Ana Botín, del Banco Santander.

Como decíamos en anterior editorial campanero, en la actual edición del Foro de Davos 2026, los participantes escenificaron el estertor histriónico de un capitalismo imperial, contra el que, según los protagonistas, no parece caber otra opción que la de la sumisión forzada de la comunidad humana. Un imperio pretendidamente monopolizado por EEUU y por una Unión Europea postulante, pero gangrenada por el servilismo otanesco. Y esta es la gran mentira. Ni las ínfulas y realidad imperiales, con su secuela de atrocidades y barbarie homicidas, son novedosas en la historia humana, ni su poder es imbatible. Al contrario.

Baste con señalar uno de los episodios ocurridos en Davos, el 22 de enero. En una ceremonia que no figuraba en el programa oficial, Donald Trump anunció la puesta en marcha de la que él y sus coreógrafos mediáticos denominan “Junta de Paz”, inicialmente diseñada para apropiarse del territorio de la Franja de Gaza e instalar allí un complejo turístico, previo asesinato, exterminio o desalojo de sus propietarios originarios: la población palestina. Para esa “Junta de Paz” (cuya tarea no será Paz alguna, no siendo la fúnebre paz de los más de 70.000 palestinos asesinados) Trump se había autoerigido como Presidente (a título individual, pues, según él, permanecerá en el cargo aun cuando cese en la presidencia de EE UU), nombrando como ayudantes entre otros miserables a Tony Blair, el criminal de guerra en Iraq, al multimillonario israelí, ladrón y genocida, Yakir Gabay,  e invitado a participar a unos 60 jefes de estado y presidentes de otros tantos países, siempre y cuando abonasen una cuota de 1.000 millones de dólares y la ingresasen en una cuenta bancaria controlada personalmente por [¿quién?] Donal Trump.

Sin embargo, ese día, Trump, rodeado por otra veintena de criminales de estado que habían respondido afirmativamente a la invitación y abonado la gabela, anunció la carta fundacional de la “Junta de Paz” en la que, para asombro de algunos pero con el silencio indigno de todos, se ampliaba el campo de actuación de Gaza a cualquier otro lugar. Tal como señalan los estatutos del engendro: “promover la estabilidad, restablecer una gobernanza fiable y legítima, y asegurar una paz duradera en zonas afectadas o amenazadas por conflictos”. Es decir, en todas las zonas que a EE UU le interese, lo que muchos interpretan, como el ninguneo e intento de sustituir a la ONU como presunto garante de la paz y el orden internacional; orden que, por supuesto, nunca ha habido, excepto como guerra, desolación, hambruna para millones de personas o atroz miseria para más de la mitad de los habitantes del planeta.

Ese mismo día, correspondió al yerno de Donald Trump, Jared Kushner, presentar los ‘planes urbanísticos’ de EE UU para la Franja de Gaza. Este miserable personaje, ante los 2.500 compinches de la familia de Davos, proyectó un PowerPoint con rascacielos, avenidas a lo largo de la costa gazatí, áreas residenciales, hoteles, aeropuertos, áreas de recreo para millonarios y nichos de inversión altamente rentable …, de las que, por supuesto, había desaparecido cualquier habitante o título de propiedad. Y, a mayor infamia (por supuesto consentida y no repudiada por ninguno de los presentes) el patibulario personaje, Kushner, se atrevió a poner fecha de inicio para el proyecto: cuando se produzca el ‘desarme’ completo de los palestinos y ya ni siquiera puedan estos hacer otra cosa que avanzar impotentes hacia las puertas del infierno que les diseñen.

Ante la magnitud de la infamia que los poderosos -entre ellos los señores de Davos- celebran impunemente sobre sus innúmeras víctimas, el silencio de los pueblos de la tierra no es una opción posible. Sólo el enfrentamiento, con todas las armas al alcance, podrá restañar la inmensa llaga que el capitalismo y sus agentes están provocando mundialmente. Como venimos diciendo desde años atrás en La Campana, ya Palestina somos nosotros, somos todos los habitantes del planeta en los que reste un mínimo de humanidad y dignidad, sin las que el hecho de vivir no merece tal nombre.

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