VII Época - 39

LA COMUNA DE LA LUZ / 1

Controversia en el movimiento anarquista portugués

Una canción corría de boca en boca en el Alentejo, al sur de Portugal: Numa pequenina aldeia / Escutem trabalhadores / Uns aos outros vão dizendo / Não mais escravos nem senhores [En una pequeña aldea / Escuchen trabajadores / Unos a otros van diciendo / No más esclavos ni señores]. La copla se refería a la Comuna anarquista de La Luz, en la que 15 hombres, 5 mujeres y algunos niños, vivieron en armonía y equidad, con el respeto y la admiración de sus vecinos durante casi dos años.

La Comuna de la Luz, había sido fundada en 1917 por el anarquista tolstiano António Gonçalves Correia en el Alentejo, sobre un terreno secano de unas 300 hectáreas, situado en la finca Fornalhas Vellas, cerca de la aldea Vale de Santiago, en Odemira.

No fue ésta la primera comuna anarquista que se intentó en Portugal, pero sí la primera en tener éxito, hasta el día en que los militares, enviados por el gobierno y los terratenientes, invadieron los campos de labor, desperdigaron los animales, destruyeron los edificios comunales y amenazaron a las familias.

La historia comenzó a finales de 1915. Antonio Gonçalves publicó en varios periódicos libertarios un anuncio invitando a relacionarse con él a aquellos “compañeros anarquistas” que estuviesen dispuestos a vivir en régimen de propiedad común y según las convicciones anárquicas, sin jefes ni amos en ninguno de los órdenes de la vida.

Con el anuncio, surgió de inmediato la polémica en los medios anarquistas. Entre los partidarios de apoyar la experiencia y sus detractores, que rechazaban el proyecto, por considerarlo inviable y, sobre todo, inconveniente en momentos de lucha frontal contra la opresión social que afectaba a millones de personas, muchas de las cuales jamás tendrían la posibilidad de disponer, libre y comunalmente, de tierra alguna, no siendo por una revolucionaria y generalizada reforma agraria.

Lo primero de todo -decían los opositores-, resultará inviable una comuna libertaria inmersa en la estructura capitalista, si tiene que recurrir al manejo del dinero para sobrevivir, lo que implica una lógica capaz de vencer cualquier voluntarismo. En segundo lugar, de tener mínimo éxito, no tardaría en ser destruida por la “reacción” para evitar que pudiera servir de ejemplo a otros trabajadores. Por último, también fracasará ya que los propios comuneros, por muy anarquistas que se declarasen, llevarían a la comuna los hábitos aprendidos a lo largo de toda una vida como explotados y sometidos. Como escribió el anarcosindicalista Miguel Correia, del Sindicato de los Ferroviarios del Sur y el Sureste: “¿Qué hombres llevará el camarada para su comuna, libres de prejuicios, con el espíritu liberado de los convencionalismos? […] Estoy plenamente convencido que es imposible la puesta en práctica de esa idealización dentro de una sociedad constituida como ésta está”. Además, el previsible fracaso llevaría el descrédito a un movimiento revolucionario, algunos de cuyos militantes podrían confundir una singular experiencia de vida en común con la Anarquía como organización social.

Gonçalves no tardó en replicar. En “A Questão Social” del 20 de febrero de 1916, escribe: “Concuerdo en que la vida dentro de la comuna no será, sobre todo en sus comienzos, aquella vida por la que todos peleamos. Aunque sea constituida por individuos en cierto modo conscientes, luchará contra algunos prejuicios llevados de la viciosa sociedad burguesa […] Mas como la voluntad todo lo vence, hemos de concluir que esa y otras dificultades desaparecerán con el tiempo, pues el tiempo es el gran maestro. […] ¿Apartadas de nuestra comuna la Envidia, la Injusticia y la Hipocresía? Quizá no del todo. Pero sí en parte.”

Y ello sería suficiente, ya que poco a poco, el hábito de vivir sin jerarquías, compartiendo frutos y esfuerzos, en un ambiente de moralidad revolucionaria, racionalista y sana para con el cuerpo y la mente, haría todo lo demás. Además, llevar a cabo la experiencia comunal, implicaba también la transformación de la sociedad, en no menor medida que otras formas de la lucha social, en pro de la justicia y la hermandad universales.

Por último, para Antonio Gonçalves, la participación en La Comuna no suponía de ninguna manera renunciar, sino todo lo contrario, a “la asociación de fuerzas, el sindicalismo consciente, de acción directa”, que es el “camino para alcanzar la igualdad económica, sin la que ni puede existir la armonía entre los hombres”.

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