DEBATE ENTRE MILITANTES NATURISTAS
Naturismo libertario y Naturismo fisiológico, frente a frente
A finales de los años 20 del pasado siglo en España los movimientos sociales más influyentes vivían momentos convulsos, pues en todos y cada uno de ellos se producía el mismo debate de fondo: definir su posición respecto de las instituciones del poder político (estatal o, en su caso, caciquil), religioso (la iglesia católica) y económico (el capital o, en su caso más cercano, el empresario o el amo terrateniente).
Cerca de los años 30 el movimiento naturista había cobrado en España una gran importancia. En numerosas ciudades e incluso pueblos más o menos grandes se constituían grupos y asociaciones naturistas, en los que participaban cada vez mayor número de personas. A esta expansión no era ajeno el gran esfuerzo de los militantes anarquistas, en su mayoría practicantes o simpatizantes del naturismo, al que, en muchos casos, defendían como conclusión natural de sus propios planteamientos libertarios, emancipadores y altruistas.
Una de esas activistas anarquistas era Antonia Maymón, una maestra madrileño-aragonesa que defendía con gran ardor el naturismo en las revistas libertarias de mayor tirada: “Helios”, “Generación consciente”, “Estudios”, “Ética” y otras.
Maymón, como la mayoría de los anarquistas, defendía el llamado “naturismo libertario”, que relacionaba el naturismo con la lucha social contra toda forma de explotación, única meta que haría posible que las personas pudieran desarrollarse de manera completa y saludable en una sociedad sana. Como ella decía: “[el naturismo es un] régimen de regeneración física y un medio de regeneración moral y no puede conformarse con que la vuelta del hombre a la naturaleza sea únicamente un régimen vegetariano, en la alimentación, y unas cuantas prácticas higiénicas de gimnasia y baños. Le urge colocar al hombre en el medio social necesario para su libertad y su íntegro desarrollo y, viendo la injusticia de que unos pocos puedan ser perfectos en su desarrollo físico, mientras otros mueren y languidecen en trabajados extenuadores y antihumanos, proclama el derecho a la vida integral de todo ser humano, base de verdadera regeneración”.
Pero no todos los naturistas compartían este criterio. Al contrario. Varias agrupaciones en todo el país eran francamente conservadoras, negándose en redondo a admitir que el ideal y la práctica naturalistas implicasen la defensa de una reforma política de grave calado y, mucho menos, de la revolución social. Para estos grupos el naturismo era una decisión estrictamente personal, en la búsqueda de la salud y el bienestar físico de sus seguidores. Su ‘naturismo’, por más que en apariencia progresista, no era más que la expresión de un individualismo burgués, reaccionario e insolidario.
El enfrentamiento entre ambas posturas se hizo evidente ya en el gran Congreso Naturista de Bilbao (1925), en el que los ‘naturistas vegetarianos’ anunciaron la ruptura inminente entre las dos concepciones.
Al año siguiente, el debate cobró gran virulencia, cuando la Sociedad Vegetariana Madrileña envió una Carta-circular a sus adeptos en la que se declaraba la “exclusión del movimiento naturista a los que reivindicaban un cambio social para su consecución”.
La polémica arreció. Nada más conocerse la convocatoria del Congreso Naturista de Málaga, que iba a celebrarse entre los días 19 y 23 de septiembre de 1926, sólo unos pocos, entre ellos la maestra anarquista, intentaban evitar la ruptura definitiva entre ambos grupos. Todo fue inútil.
Como presidenta del Congreso fue nombrada, por unanimidad de los presentes, Antonia Maymón. Lejos de alegrarse por ello, Antonia reprochó a los presentes esa elección, pues la “ponía en condiciones de inferioridad para tomar parte en las discusiones que, en asuntos que yo creía de gran interés, se habían de suscitar”. Y, efectivamente, así sucedió, por más que la presidente abriese el Congreso con una sincera llamada a la “tranquilidad” y el “mutuo respeto”. El consejo cayó en vacío, entablándose agrias discusiones, con intercambio de insultos y acusaciones infames. Antonia Maymón declaró entonces no estar dispuesta a presidir aquella humillación colectiva, por lo que dimitió. La división del movimiento naturista allí producida ya nunca se resolvería.
