VII Época - 68

EXILIO ESPAÑOL ANARCOSINDICALISTA EN MONTRÉAL / 2

Una Mujer Libre contra la corrupción ideológica y personal en el sindicalismo canadiense

Como señalábamos en anterior entrega de este título [La Campana, nº 66 de 31 marzo], entre el fatídico final de la guerra civil española y los años inmediatos posteriores al fin de la II Mundial, un importante número de anarquistas y sindicalistas de la CNT española se dirigieron a Canadá. Muchos de ellos, trabajadores de distintos oficios, se codearán por primera vez con el sindicalismo norteamericano, lo que -como decíamos- representó para ellos un abrupto choque, que no podrán resolver con bien. Este conflicto lo vivirá de un modo particularmente dramático la militante anarquista Ana Delso.

Ana Delso, nacida en Madrid, pero con raíces familiares en la localidad andaluza de Andújar tenía quince años en 1936 cuando el intento de golpe de estado de Franco, que desembocaría en la llamada guerra civil.

Tratando de seguir el ejemplo de su hermano mayor, Miguel, trabajador ebanista afiliado a la CNT, la joven costurera -trabajaba en un taller como aprendiz de modista- solicitó a las milicias obreras organizadas por CNT y FAI, empuñar las armas, pero ante la situación de la capital asediada, por su corta edad es evacuada junto con sus otras hermanas pequeñas hacia Valencia y, enseguida, a Cataluña, en Vilanova i la Geltrú. En esta localidad, Ana, entra en contacto con las Juventudes Libertarias y con la agrupación, Mujeres Libres. Esta organización femenina, defendía el ideal anarquista de una nueva organización social y económica libre de la tiranía de la desigualdad capitalista y de la opresión del Estado. En esa lucha, Mujeres Libres, consideraba que, sin más aplazamientos ni esperas, las mujeres habrían de protagonizar, como los varones y a la par con ellos, su propia emancipación de la triple esclavitud a la que estaban sometidas socialmente: “esclavitud de la ignorancia, esclavitud como mujer y esclavitud como trabajadora”.

Ante el avance de las tropas franquistas, en enero de 1939, Ana atraviesa la frontera francesa. Como tantos otros españoles, es recluida en un campo de concentración y, después, en 1940 incorporada a una compañía militarizada de trabajadores extranjeros. Los años que siguen, serán tiempos de numerosas peripecias, de escondites y huidas sin ‘papeles’, siempre bajo la amenaza de ser devuelta a España o apresada por los nazis alemanes que habían invadido Francia. Tiene entonces, en 1941, una hija, a la que pondrá el nombre de “Vida”, por más que la violencia y la muerte se hagan presentes por todas partes. Ante la continuidad de la guerra mundial, colabora con la Resistencia francesa contra los nazis y sus aliados franceses del gobierno de Vichy.

Al finalizar la II Guerra Mundial obtendrá por fin la documentación que le permita vivir sin el sobresalto de ser detenida y deportada. Es nombrada secretaria de la sección de Solidaridad Internacional Antifascista en Quet-en-Beaumont y representante de CNT en la Alianza Democrática Española. Desde esta posición formará parte de la Junta Española de Liberación que ansiaba la intervención de los aliados para erradicar la dictadura más abajo de los Pirineos, algo que nunca llegó a suceder.

La vida era extremadamente dura para la joven obrera revolucionaria y su familia, por lo que en 1950 decidieron emigrar a Canadá, atraídos por las ofertas de trabajos que se hacía desde la propaganda gubernamental, en muchos casos, engañosa.

En Canadá trabajará veintiséis años en la industria de la confección, siguiendo el oficio que había venido desempeñando desde adolescente, incorporándose a la Unión Internacional de Obreros de la Confección, aunque sin abandonar su militancia formal en la federación local de Montreal de la CNT española, impulsando la lucha antifascista internacional para hacer caer al dictador Franco.

Sin embargo, su paso por el sindicalismo canadiense, representará para ella un duro camino de espinas. Pues en sus prácticas y filosofía sindicales, el sindicalismo canadiense era la antítesis del anarcosindicalismo, transformador y revolucionario, que había defendido en España. Sus continuas denuncias de corrupción dentro del sindicato y de connivencia de los dirigentes sindicales con la patronal y el poder estatal, le supusieron la marginación por parte de sus patronos y compañeros sindicalistas canadienses. “Les molesté tanto que acabé en la lista negra”. Se refugió entonces, en mantener viva desde aquellas lejanas tierras, la actividad contra Franco y, sobre todo, en la difusión de los planteamientos e ideales anarquistas, ligados al movimiento canadiense e internacional emancipatorio de las mujeres y la acción femenina y el pacifismo antiestatal.

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