VII Época - 71

GUILLERMINA ROJAS / 2

Experiencia y acción de una internacionalista en pro de las mujeres

Decíamos la pasada semana que Guillermina Rojas nació en 1848, en Tenerife, en el seno de una familia trabajadora y emigrante, que en 1854, decidió emigrar a la Península, afincándose en Cádiz. Cuando cumpla 20 años, con el título de maestra recién obtenido, en 1868, le sorprenderá el alzamiento cívico-militar que acabaría con la monarquía de Isabel II y traería a España la I República y los primeros cambios políticos y constitucionales de envergadura: el sufragio universal (limitado a los varones), la tolerancia religiosa, la libertad de opinión, el derecho de reunión y de asociación.

La muy joven Guillermina se incorpora a la efervescencia militante propiciada por los republicanos, dirigiendo sus primeras preocupaciones a la educación femenina y la defensa de las mujeres en todos los órdenes de la vida. En 1869, con 21 años, funda el club republicano femenino, “Mariana Pineda”, del que será primera presidente. El primer paso de la Asociación será el de constituir una escuela para la formación de mujeres adultas.

Aunque se desconoce la fecha exacta en que abandona Cádiz y se traslada a Madrid, en 1871, se hace presente como vecina de la capital y en el escenario de un mitin organizado por la Federación Local Madrileña de la AIT en el Teatro Rossini.

La relación de Guillermina con el internacionalismo obrero pudo haberse gestado en Cádiz, en contacto con el club “Hércules”, formado por las sociedades obreras de la ciudad que, en la primavera de 1870, daba inequívocas muestras de acercamiento a la asociación internacionalista, siendo el germen de la Federación Local gaditana, creada tras el Primer Congreso de la A.I.T. en España, celebrado en Barcelona en ese año. En este sentido, su viaje a Madrid, a la capital, puede ser interpretado como un paso ligado a la reafirmación de sus nuevas convicciones políticas y al deseo de darse a conocer, de labrarse una imagen pública.

En aquél mitin, Guillermina Rojas, en palabras del líder obrero anarquista, Anselmo Lorenzo, hizo un “razonado y elocuente discurso”, en el cual “censuró la propiedad individual por injusta; la idea de patria por antihumanitaria, y la actual constitución de la familia, por deficiente respecto del cuidado físico y moral de los hijos, y tiránica respecto de la mujer”, por lo que se declaró defensora del amor y contraria al matrimonio, propugnando la libertad de conciencia religiosa en el seno de la Internacional y combatiendo a sus detractores en el Congreso de Diputados.

En los días siguientes, el conjunto de la prensa del momento de todo el espectro político, incluida la prensa republicana -con excepción del periódico obrero “Emancipación” de la AIT- reaccionó con extrema dureza a las palabras de Guillermina. La acusarán de “carecer de capacidad de reflexión y profundidad de estudio sobre el asunto”, ser “defensora del amor libre, no sujeto a reglamentación alguna”, evocar “el amancebamiento”, “la poligamia” e, incluso, la “prostitución”, “hablar por boca de la Internacional en un asunto tan grave que no ha merecido aún pronunciamiento por parte de la Sociedad obrera”, “incitar a la degradación moral de la mujer” o denostar “la intervención estatal y de las leyes en la organización familiar”. En el periódico El Debate, dirigido por Benito Pérez Galdós, la acusarán de “oficiala de sastra, oradora de club, de imaginación viva, de palabra fácil, capaz de agitar una turba en días de revolución y aún de capitanearla en las barricadas”,

Guillermina intenta contestar a este juicio adverso, tratando de razonar y entrar en un debate de iguales, dejando clara su posición al respecto. En las sucesivas réplicas que irá producciendo, Guillermina se manifestará contraria a todo contrato matrimonial, “ya religioso, como civil”, a los que califica de “absurdos” por no fundamentar en los “sólidos lazos del amor”, la relación que pueda existir entre los sexos. Denunciará el doble rasero, “la doble moral que permite en el hombre lo que condena en la mujer”, a la que describe sin duda alguna como “la gran víctima del matrimonio, convirtiéndola en la esclava de esta institución social” que “no puede seguir siendo indisoluble”.

En los meses siguientes, el enfrentamiento en la I Internacional obrera, reflejo de las tensiones entre marxistas y bakuninistas, centró en su seno buena parte del debate ideológico y organizativo. Guillermina participará en la controversia, pues no en vano pertenece como afiliada a la Federación Local madrileña, protagonista en España de esta primera escisión del movimiento obrero organizado. Pero esto ya será cuestión de una tercera entrega.

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