VII Época - 83

ANSELME BELLEGARRIQUE (1813-1869) / y 2

Todo gobierno, en el acto mismo de su constitución, se obliga a sí mismo a traicionar a los súbditos que lo auparon

Como recordábamos en la anterior hojita genofontiana (La Campana, VII Época, nº 82), el tenaz luchador social vasco francés, Anselme Bellegarrique (1813, Toulouse – 1869), había emigrado muy joven a América, dónde entra en contacto con los grupos anarquistas obreros del Caribe y Norteamérica.

De regreso de la emigración a su país natal, Francia, cuando ya tenía 34 años, no dudó en formular, propagar y luchar por aquel ideario, en el que, por un lado, se reafirmaba la idea de la libertad como el “más precioso de los bienes” (que llevaba consigo al inicio de su vida emigrante) y la vida comunal (observada en la frontera norteamericana), que el imaginará como colectivamente construida y comunalmente disfrutados sus bienes por todos sus miembros en igualdad, ajena a toda forma de poder y desigualdad.

Por aquél entonces vivía Francia las vísperas de la revolución de febrero de 1848. Nada más desembarcar en Francia y llegar a París, Bellegarrique participará en las barricadas levantadas por el pueblo insurrecto y revolucionario, dispuesto a poner fin a la corrupta monarquía de Luis Felipe.

Cuando, ante las dimensiones de la revuelta, el rey no tuvo otra salida que abdicar, se inicia la II República Francesa, en cuyas primeras elecciones, en diciembre, resultará elegido como presidente de la República, Luis Napoleón. Un fantoche, cuyo único mérito en la pantomima electoral, será llevar el mismo apellido que su tío, el emperador Napoleón Bonaparte, muerto veintisiete años atrás en la isla-prisión de Santa Elena.

El comportamiento del primer gobierno provisional y de los sucesivos gobiernos presididos por Luis Napoleón, fueron de una corrupción absoluta, de modo que la victoria alcanzada por el pueblo en febrero de 1848, le fue arrebatada de inmediato por los propios líderes revolucionarios y que, ahora, decían actuar en su nombre. Anselme Bellegarrique, no tardó en reaccionar

Vinculado a la Société Rèpublicaine Centrale (más conocido como Club Blanqui, en el que coexistían socialistas autoritarios y anarquistas) y desde las columnas del periódico La Civilización (Toulouse, 1849), Anselme alzará la voz y la pluma. Acusará sin desmayo a todos los partidos políticos de la Segunda República Francesa, recién instalada, y a Luis Napoleón de haber secuestrado la revuelta popular y traicionado sus fines y de haber generado más autoritarismo y concentración de poder. En ese mismo año, junto con otros amigos anarquistas, funda en Meulan la Asociación de Libre Pensadores.

La respuesta a estas acusaciones de las corruptas autoridades republicanas, no pudo ser más cruel, Los miembros más importantes de la Asociación de Libre Pensadores, entre ellos Bellegarrique, fueron detenidos. Los periódicos y los locales de reunión, cerrados. La policía, tras asaltar sus hogares, ponía a los acusados a disposición de unos tribunales no menos corruptos, que les imponían penas de prisión o deportación en horrendas instalaciones penitenciarias.

Pese a la persecución y amenazas, Anselme continuó su labor de agitación y propaganda en favor de una sociedad anarquista, libertaria y comunal, antiautoritaria y colectivamente autogestionada. Unas veces, sorteando a plena luz la censura y la persecución. Otras veces, desde la lucha clandestina. En 1850 siguiente publica el artículo, “La anarquía es el orden”, en la edición del periódico la “Voix du Peuple” (La Voz del Pueblo) y redacta numerosos panfletos y folletos de divulgación de su ideario antiautoritario, con propuestas de una nueva organización social que pusiese fin a la explotación y sumisión de unos seres humanos a otros, defendiendo una forma de democracia comunitaria sin poder central y sin institución gobernante máxima, con capacidad de decisión sobre la libre reunión de los ciudadanos.

Finalmente, tras el golpe de estado en 1852 de Luis Napoleón, ahora transformado en el Emperador Napoleón III, el anarquista Anselme, habrá de escapar de la deportación al temible islote penitenciario de Cayena, emprendiendo el camino del exilio y embarcarse rumbo a América. El primer lugar en el que se instaló fue en Honduras y luego en San Salvador, dedicándose en ambos lugares a la enseñanza. Fallecerá en 1869 en la capital salvadoreña.

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