¡CIENTOS DE JORNALEROS EN HUELGA FUERON ASESINADOS!
“Si el crimen queda impune, lo volverán a repetir, allí o aquí”. La inmolación de Kurt G. Wilckens / 2
Recordábamos la semana pasada las razones que llevaron al joven libertario Kurt Gustav Wilckens, militante pacifista y antimilitarista, a matar al comandante Varela, el ‘carnicero de la Patagonia’, tras considerarlo responsable de la matanza en 1921 de cientos de obreros rurales, cuyo único delito había sido hacer huelga y desear dejar de ser esclavos. “Si este alevoso crimen queda impune y el silencio ignorante lo cubre y olvida lo sucedido, lo volverán a repetir, allí o aquí”, había dicho Wilckens, nada más conocer los hechos.
Una vez tomada la decisión de atentar con una bomba casera contra el siniestro militar, el anarquista, pese al riesgo constante de ser detenido por sus actividades sindicalistas y condición de emigrante, en varias ocasiones hubo de posponer a última hora el atentado. El comandante Varela solía salir a la calle acompañado por sus familiares y Wilckens “no quería herir a ningún inocente”. Así que esperó, hasta el día en que lo viera caminando solo.
Llegado el momento, el 25 de enero de 1923, Wilckens mató a Varela aproximándose a él y arrojándole a los pies una bomba casera. Como era previsible fragmentos de la bomba alcanzaron al propio Wilckens, que cayó́ al suelo, sangrando abundantemente y con una pierna destrozada. Fue detenido en el mismo lugar de los hechos sin oponer resistencia, pese a lo cual lo encadenaron férreamente y le obligaron a permanecer de pie sobre la pierna fracturada durante horas, mientras sangraba abundantemente. El estoicismo del anarquista, pese al tremendo dolor físico que debía sufrir, admiró incluso a sus captores. Contestaba con serenidad a todas las preguntas, asegurando que era anarquista y que la violencia le repugnaba. El crimen cometido lo asumía como un sacrificio que debía a la humanidad afrentada por los dramáticos sucesos de la Patagonia, ocurridos un año antes, cuando fueron asesinados entre 1000 y 1500 jornaleros, tras declararse en huelga contra la patronal latifundista y ganadera.
“No fue venganza -escribió́ Wilckens-; yo no vi en Varela al insignificante oficial. No, él era todo en la Patagonia: gobierno, juez, verdugo y sepulturero. Intenté herir en él al ídolo desnudo de un sistema criminal. ¡Pero la venganza es indigna de un anarquista! El mañana, nuestro mañana, no afirma rencillas, ni crímenes, ni mentiras; afirma vida, amor, ciencia; trabajemos para apresurar ese día.”
El gesto de Wilckens no solo fue admirado por cientos de miles de obreros, también provocó en ellos un fuerte sentimiento de liberación, pues sencillamente no se podía vivir sabiendo que en la Patagonia habían ocurrido tan terribles episodios y no hacer nada respecto de ello, por más que se hiciese en la acción sindical y social revolucionarias cotidianas. La afrenta infringida en la Patagonia a los trabajadores había sido tan brutal, que, una vez conocida, cualquier acto de respuesta sería digno y soportable, menos la impotencia.
El dramaturgo Rodolfo González, haciéndose eco de ese sentimiento general: “A nosotros nos ha lavado el rostro. Triste rostro que el sudor propio y la saliva ajena enmascaraban de oprobio. Estamos limpios ahora. La claridad de sus ojos baña nuestra alma. El hierro de su espíritu entra en nuestra sangre … Por lo demás, burgueses, no creáis que bailamos de contentos. Un hecho de estos es una cumbre a la que miramos con respeto. Tampoco él estará́ alegre. La altura es fría y sola. Y un hombre que ama a los hombres como Kurt Wilckens no entra en ella sino cuando su deber es más fuerte que su amor, que su vida y que su muerte. ¡Cuando su deber es de hierro!”.
No fueron solo los anarquistas y los trabajadores quienes comprendieron la transcendencia de la acción de Wilckens. También lo hicieron los militares, la patulea política gobernante, los hacendados patagones y los patriotas de relumbrón y cartera abultada. Todos ellos valoraron el desafío que representaba para sus intereses criminales un acto de justicia tan luminoso. Un acto que revelaba que la Justicia de Estado y el propio sistema capitalista no eran otra cosa que una farsa vulnerable y asesina, una ruindad abatible y, para bien de la humanidad, prescindible.
Por todas estas razones, los responsables y ejecutores de la matanza en la Patagonia argentina, decidieron que había que matar a Wilckens. Y lo hicieron. Pero una vez más los asesinos tendrán que enfrentarse a la movilización de los trabajadores y obreros anarquistas, que no olvidarán a sus compañeros y a Karl Gustav Wilckens.
