VII Época - 97

LA LUCHA SIN FRONTERAS DE ABELARDO SAAVEDRA / y 2

Exilios, clandestinidades, prisiones… a ambos lados del Atlántico

En la anterior entrega genofontiana iniciábamos el breve relato de la singular aventura militante del anarquista andaluz Abelardo Saavedra Toro, cuya única patria sería “un mundo sin fronteras, fruto indestructible de la solidaridad rebelde de quienes se enfrentaban a toda injusticia, explotación y desigualdad.”

Nacido en la localidad gaditana de Villamartín, se traslada a Sevilla donde su actividad sindicalista y anarquista le valdrá ser víctima de un sinfín de pleitos judiciales y detenciones gubernativas, por las que hubo de marchar a Madrid en 1904. Su participación y labor organizativa en las luchas sociales y vecinales de la capital y provincias limítrofes, le supondrán de nuevo, la represión y la cárcel. Encarcelado en 1906, sin prueba alguna en su contra, tras salir de prisión, emigró a Barcelona, dispuesto a continuar su actividad en búsqueda de una sociedad en la que no imperase la humillación y explotación de unos seres humanos sobre otros. Pero, al igual que le había ocurrido en Sevilla o en Madrid, esa estancia en la capital catalana le durará poco, no tardando en sufrir su primer exilio. Primero a Francia, después, a Argelia y, al año siguiente, a Cuba.

Tuvo su primera estancia en La Habana y después en las localidades de Regla y Cruces. En la capital participó en la reactivación del semanario ¡Tierra!” y, en Cruces, en la creación de la publicación anarquista “Rebelión”.

De nuevo, tal como le había ocurrido en España, fue detenido y amenazado de su inmediata repatriación a España. Solo la solidaridad de las organizaciones obreras anarcosindicalistas que lo habían llamada a la isla caribeña, logró al final detener la deportación, reanudando de modo inmediato su permanente denuncia de las injusticias que veía por doquier.

Poco después, añadió a la lista de sus enemigos a la administración mexicana, tras ser acusado de ser el autor de unos artículos difundidos entre los círculos obreros y revolucionarios de la península de Yucatán en los que se atacaba al general y dictador de México, Porfirio Díaz. Cuba recibió la apertura de un proceso por injurias contra el dictador mexicano, de modo que Saavedra volverá a ser encarcelado hasta que el juicio lo absolvió.

Sin embargo, sería su militancia sindical en los medios obreros y sindicalistas cubanos lo que terminaría por decidir al gobierno a expulsarlo del país hacia España, en agosto de 1911, instalándose en Madrid, donde reanudaría sus actividades anarquistas.

Dos años más tarde decidió regresar clandestinamente a Cuba, instalándose en Cruces, localidad en la provincia de Cienfuegos, en la que había dejado a los compañeros del núcleo editor de la publicación anarquista Rebelión.

Localizado por la policía cubana volverá a ser expulsado en enero de 1915, esta vez de forma definitiva. Tras desembarcar en Cádiz, se trasladó a las islas Canarias y, tras una estancia de unos meses en Sevilla, se marchó a Barcelona en donde ya viviría hasta su fallecimiento.

Aunque ya envejecido no dejó nunca de estar en primera línea del movimiento libertario ibérico. Organizador del sindicato textil barcelonés de la CNT se trasladó después a Melilla para realizar la misma labor. Fue detenido en 1917 con motivo de la huelga nacional revolucionaria convocada en esa fecha pasó un año, el de 1918, en la prisión de Málaga.

Estaba ya retirado en Barcelona cuando se proclamó la Segunda República, en 1931, pero continuaba siendo una figura reconocida en el mundo anarquista ibérico. En la capital catalana, pese a su avanzada edad, aún tuvo fuerza y energía, no solo para intervenir en mítines sindicales con las máximas figuras del movimiento libertario del momento como Federica Montseny, Tomás Herreros, Liberto Callejas o Teresa Claramunt, sino también para desplazarse al frente aragonés, en respuesta revolucionaria al golpe de Estado de julio de 1936.

Señala su bisnieto, autor de la biografía Abelardo Saavedra, un anarquismo, que el tenaz luchador, “pudo vivir el momento en que pareció posible que las ideas por las que tanto había luchado se hicieran realidad. Cuando murió, el 7 de noviembre de 1938, ya era constatable que no iba a ser así. El fascismo avanzaba. Lo mismo que la contrarrevolución. Los hechos de mayo de 1937 de Barcelona fueron el momento en el que la balanza terminó de inclinarse definitivamente. Por deseo propio, sus restos fueron enterrados en la fosa común. Junto a los olvidados sociales”, por los que tanto había luchado y defendido.

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