VII Época - 101

UN VIVO DEBATE EN HOLANDA EN 1920

Tras la I Guerra Mundial ¿Qué y Cómo hacer para evitar la II?

Tras el final de la I Guerra mundial (1914 – 1918), en Holanda, al igual que en otros muchos países, estallaron numerosos conflictos obreros y sociales que pugnaban por librarse de aquel régimen económico -el capitalismo- y político -los estados jerarquizados y militaristas- que habían provocado la muerte de millones de personas y la enorme devastación mundial.

En 1920, jóvenes anarquistas holandeses de las Juventudes SocialAnarquistas decidieron organizar el que denominaron Congreso fundacional de la Liga de la Juventud Libre (VJV). Se clausuró con una Declaración de principios, uno de cuyos párrafos concluía: “La Liga de la Juventud Libre es la asociación holandesa de Jóvenes que, siendo conscientes de que no pueden o no saben resignarse a la situación que destruye la vida, trabajan, cada uno a su manera y juntos en la medida de lo posible, por la revolución espiritual y social. Ahí donde nuestra sociedad se revela en el capitalismo, y el militarismo emergente se mantiene solo a costa de la destrucción de la libre personalidad humana, la VJV toma partido por la ‘libre personalidad humana’, aceptando todos los medios para destruir los factores que la obstaculizan, tales como el capitalismo, militarismo, doctrina o religión”.

En junio de 1921 uno de los jóvenes anarquistas de la Liga de la Juventud Libre, Herman Groenendaal, comenzó una huelga de hambre tras haber sido encarcelado por rechazar el servicio militar. Enseguida, se desencadenó en su favor una gigantesca campaña antimilitarismta, protagonizada por la Asociación Internacional Antimilitarista, que había sido fundada en Ámsterdam en 1904 y de la que había sido inspirador y principal promotor Ferdinand Domela Nieuwenhuis, lider del movimiento socialista y anarquista holandés.

Durante varios meses se llevaron a cabo asambleas, reuniones, a menudo clandestinas, manifestaciones y huelgas, en las que participaron miles de personas. Otros militantes de la Liga se declararon también en huelga de hambre solidaria con Herman. Sin embargo, pese a la movilización y contestación social, el gobierno mantuvo preso a Groenendaal en los siguientes meses.

En noviembre, un pequeño grupo de insumisos al militarismo lanzó una bomba casera contra la fachada del edificio donde vivía uno de los jueces que había condenado al pacifista Herman, sin causar víctima alguna. Tras ser detenidos los autores de la protesta, renunciaron a nombrar abogados defensores, argumentando que “nuestro acto fue nuestra propaganda. Hicimos lo que teníamos que hacer. Hicimos el atentado, con el propósito y objetivo de que la burguesía y el proletariado reflexionasen sobre el modo en que habrán de ser combatidos el militarismo, el capitalismo y la represión”.

Algunos militantes, tanto de la Asociación Internacional Antimilitarista como de la Liga de La Juventud Libre, discreparon y reprocharon públicamente a los autores del atentado su acción violenta, por más que no hubiese víctimas, ni hubiese intención de causarlas. Alegaban que la violencia -incluida las acciones simbólicas realizadas con intención incruenta- no podían en ningún caso ser utilizadas para combatir la violencia mayor de los estados, los ejércitos y los jueces, pues sólo serviría para reproducirla, tanto en el ánimo de la sociedad como en el de los mismos autores dispuestos a utilizarla. Argumentaban que sólo el pacifismo radical logrará emancipar a la humanidad de la barbarie de la guerra y la crueldad, por más que aparenten ser omnipresentes y permanentes.

Sin embargo, fueron muchos, los que manifestaron su apoyo a los tres jóvenes, manteniendo la campaña en pro de la libertad de Herman Groenendaal y de sus compañeros, condenados a durísimas penas de cárcel pese a lo incruento de su acto. Su argumentación confrontaba abiertamente con lo predicado por los hasta entonces sus compañeros, incluido el propio Herman. No se podrá evitar ni terminar -¡decían!- ninguna guerra ni opresión armada alguna mediante una revolución pacifista perdida de antemano, pues ninguno de sus responsables dejará de matar y asesinar a quienes pretendan desafiar su poder, entregándoseles inermes. Para el capitalismo y el militarismo, los muertos y la devastación globales causados apenas son relevantes para su cuenta de resultados y beneficios, salvo para evaluar la fortaleza o debilidad del enemigo. Sus actos no los define ni los provoca ética humanista alguna.

El horror del colonialismo occidental sobre los países de África y Asia que seguirá en los años 20 y 30, hasta la II Guerra Mundial, someterán al juicio de la historia, los argumentos de unos y otros.

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