VII Época - 103

AGUSTÍN RUEDA

El Imperio de la Ley y con él, en sus cárceles y comisarías, llegan el asesinato y la crueldad / 2

En el anterior número de La Campana (VII Época, nº 102) recordábamos que el 14 de este mes de marzo se cumplieron 48 años del asesinato del sindicalista libertario y anarquista Agustín Rueda. Dejábamos la historia en el momento en que el joven Agustín, tras entrar en contacto en el sur de Francia con militantes del Movimiento Libertario español (CNT, FAI y Juventudes Libertarias), había cruzado la frontera franco-española dispuesto a incorporarse en los activos grupos anarquistas que en Cataluña están librando una dura confrontación con los líderes políticos que, una vez muerto el dictador Franco, promovían una salida del franquismo pactada y reformista. Lo que finalmente conseguirían, no sin violencia y dramáticos episodios de lucha y represión, como el que pronto sufrirá Agustín Rueda.

A principios de 1977, Agustín entra en contacto con un Grupo Autónomo Libertario, cuyos miembros, antes de que pudiesen realizar cualquier acción insurreccional, resultarán víctimas de un policía infiltrado en el grupo. Una vez detenidos, Agustín y sus compañeros entran en prisión. Tras pasar encerrado los tres días de rigor en la comisaría de Vía Layetana, en los que sufrirá una primera paliza a manos de los agentes, lo trasladarán a Figueras a restablecerse de los golpes recibidos.

A finales de febrero lo trasladan a la cárcel de Gerona. Allí entra en contacto y convierte en miembro activo de la Coordinadora de Presos en Lucha (COPEL). La principal organización de presos que, en aquellos momentos, luchaba dramáticamente por lograr que la ‘amnistía’ propuesta para los ‘presos políticos’ se extendiese a los ‘presos comunes’ y a transformar de arriba-abajo, pero desde ‘abajo’, el brutal sistema penitenciario español.

Desde Girona, el 1 de enero de 1978, lo trasladan a la cárcel de Carabanchel. Sin tardanza alguna, se incorpora a los grupos de la COPEL, participando activamente en todas las iniciativas, plantes y tumultos encaminados a lograr la exigencia de amnistía generalizada y el fin del clima de represión y disciplina sangrienta con la que las autoridades penitenciarias pretendían doblegar la organización de los presos. Como señala Alfredo Casal, compañero anarquista de Agustín también prisionero en la cárcel madrileña “El clima que en esos momentos se vivía en Carabanchel era de auténtico caos. Sin luz, con todas las instalaciones destruidas [por los motines y plantes anteriores], y encima con gritos nocturnos fruto de las palizas que los carceleros indiscriminadamente propinaban, con el beneplácito del entonces Director General, Jesús Hadad Blanco. En aquellos momentos no existían distinciones entre los presos, conviviendo en un mismo espacio anarquistas, etarras, grapos, los denominados presos comunes, y menores de edad provenientes del reformatorio que estaba siendo transformado, y todos ellos, sin distinciones, se consideraban presos sociales. Con ese panorama de fondo, muchos presos intentaban fugarse”.

El 13 de marzo de 1978 los funcionarios localizan en el extremo de uno de los comedores la entrada a un túnel de fuga, que en el momento de su descubrimiento estaba sin gente, por lo que las autoridades pretendieron sonsacar información de los más destacados miembros de la COPEL, llevando a siete de ellos a unas celdas en los sótanos para ser sometidos a tortura. Durante horas, los siete fueron brutalmente apalizados, sin que ninguno de ellos ofreciese información alguna. Tras las palizas, los siete fueron llevados a tres celdas aledañas, desde las que salían quejidos, lamentos y reclamaciones a gritos para que viniera el médico de la prisión. Pasaban las horas sin que nadie acudiese en auxilio de los torturados. Agustín, que tenía todo el cuerpo negro de los golpes recibidos, empezó a decir que no sentía los pies y que apenas podía respirar del dolor. Sin que apareciese ningún médico o sanitario, Agustín solo pudo recibir la ayuda impotente de sus propios compañeros de celda, también heridos. Llegó el momento, sobre las tres y media de la tarde, en que Agustín, de rodillas para abajo ya nada sentía. Sus seis compañeros, redoblaron entonces la protesta y a fuerza de gritos y golpes en puertas y ventanas, lograron que dos médicos bajasen hasta la celda. Uno de ellos, en el primer momento, le dio al preso una patada en las costillas, diciéndole: “Eso es de la humedad del túnel …”, para enseguida confirmar que el prisionero estaba agonizando, decidiendo su inmediato traslado al hospital penitenciario de Carabanchel, donde morirá esa misma tarde. [continuará]

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