VII Época - 107

1925: MATANZA DE LA CORUÑA (CHILE)

La cruenta lucha de los poderosos contra la reivindicación de la jornada de ocho horas, el pan, la salud y la dignidad obreras

La Matanza de La Coruña fue una masacre ocurrida en la pampa salitrera del Tamarugal, en Chile. El 5 de junio de 1925, cuando el gobierno chileno respondió a la reivindicación de los obreros de la sal por mejores condiciones laborales, un salario digno y una jornada de ocho horas soportable, con el asesinato, la tortura y la condena a cientos de familias a una vida en la indigencia más absoluta. Más de 2000 cadáveres de trabajadores y sus familias, hombres, mujeres y niños, cubrieron los campos salitreros de la región minera chilena, conocida por entonces como Galicia.

A principios de abril, entre el 7 y el 12, los obreros de numerosos centros salitreros –organizados por la Federación Obrera de Chile, en la que figuraba como uno de sus representantes más influyentes el sindicalista anarquista Carlos Garrido-, se declararon en huelgas locales. Reivindicaban las mejoras en sus condiciones laborales y salariales, la jornada máxima de trabajo de ocho horas y la atención a la salud y amparo de sus familias, obligadas a vivir en condiciones de insalubridad y miseria insoportables.

La respuesta de las autoridades políticas, aleccionados por las compañías salitreras, fue la clausura de los periódicos El Surco (anarquista) y El Despertar de los Trabajadores (comunista). También se detuvo a más de 30 representantes sindicales, quienes fueron enviados por mar a Valparaíso, hacinándolos en condiciones inhumanas en el vapor Mapocho.

Al conocerse estos hechos, el 3 de junio, la Federación Obrera declaró una huelga general de 24 horas en todos los cantones salitreros de la zona, al mismo tiempo que los trabajadores de La Coruña, comandados por Carlos Garrido, tomaron las instalaciones de la salitrera. Los almacenes, bodegas, tiendas y depósitos de la compañía fueron asaltados por los trabajadores y sus provisiones distribuidas entre las familias del campamento. En la pequeña localidad de Alto San Antonio, se produjeron escaramuzas, cuando la policía intentó irrumpir en el local sindical donde se efectuaba un mitin, resultando muertos dos policías.

Ante la violencia de la policía y la gendarmería, la huelga general se transformó en la toma por los mineros de 124 oficinas salitreras y la paralización del puerto de Iquique, así como el paro solidario de los ferroviarios y conductores de carretas de la provincia que se unieron a la huelga.

El gobierno respondió declarando a las provincias de Tarapacá y Antofagasta en estado de sitio y ordenando la subida inmediata del ejército. Los trabajadores permanecían atrincherados en las calicheras, armados con bombas de mano caseras, hechas con tarros de hojalata cargadas con pasta de dinamita minera, por si los militares intentaban acercarse. Sin embargo, el ejército, provisto de cañones, ametralladoras y municiones de mayor alcance, se limitó a bombardear desde la distancia las instalaciones ocupadas y a ametrallar desde la distancia a todo aquél que tratase de huir.

En esa situación, los obreros y sus familias se retiraron con sus heridos, huyendo por la pampa, mientras los soldados les disparaban. Carlos Garrido envió un mensaje de cese al fuego al comandante, quien no lo aceptó. Garrido tuvo el valor de entregarse voluntariamente, asumiendo ser el único responsable por los hechos acaecidos, con la esperanza de que tal gesto detuviese la matanza. Fue fusilado esa misma noche en la cancha de fútbol de La Coruña y la matanza continuó.

Ocupada la oficina salitrera, los militares encarcelaron y torturaron en los corrales del matadero a los obreros y sus familias que pudieron capturar. Las persecuciones siguieron en otras oficinas salitreras que se habían plegado como las de Argentina, Barrenechea, San Enrique, San Pedro, Pontevedra y Vigo. En La Coruña no quedó hombre ni mujer ni niño con vida. Se les diezmó con granadas de artillería y, pese a las banderas de rendición, no se tomaron prisioneros. Según testimonios directos de los propios soldados “tras los bombardeos sobrevino una severísima represión, que dio origen –incluso- a un término siniestro, el ‘palomeo’, dispararle a un trabajador lejano, cuya cotona blanca y salto convulsivo –cuando era alcanzado por el tiro- le daban el aspecto de una paloma en vuelo”.

La horrenda matanza no logrará detener la insurgencia obrera por la jornada de ocho horas y por unas condiciones laborales, habitabilidad y asistencia dignas. La lucha continuará, en Chile y en todas partes …

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *