CONTROVERSIAS ENTRE AMIGOS

Cuestiones de suma (o poca) importancia

Antípodo y Odopitán son dos amigos anarcosindicalistas y campaneros. Cada lunes los encontramos en el local del sindicato pontevedrés enzarzados en fraternales discusiones.

Antípodo – Hola, Odopitán. ¿Recuerdas que la semana pasada, te comenté con alegría haber observado un nido de chorlitejo patinegro en la playa Magorio?

Odopitán – Si lo recuerdo. ¿Ya eclosionaron los huevos y pían las crías?

Antípodo – Un grupo ecologista había señalizado el nido en la arena, protegiéndolo con un círculo de postes y un cartel-aviso de que se trataba de una especie en peligro de extinción. Al regresar este fin de semana a la zona, pude comprobar como algún desgraciado había destrozado el nido y robado los tres huevos de la nidada. Las aves habían desaparecido.

Odopitán – ¡Deprimente!

Antípodo – En fin, lo que tanto abunda en esta sociedad nuestra. Nada más que pobres gentes, seguidores de la práctica común en esta sociedad -la usurpación y privatización de todo lo que vuele, “ave que vuela a la cazuela”- que si encuentran algo que les llame su vana atención en tierra libre (de nadie privativas, porque como la playa y zona inter-mareal es dominio de todos), consideran su derecho a apropiarse del hallazgo, aunque nada más sea para abandonarlo cuando el interés o la novedad decaigan.

Odopitán – Juzgas con benevolencia esas conductas. Ni son pobres gentes, ni meros ignorantes. Al contrario, son conscientes del mal que hacen, pues lo llevan a cabo a escondidas. Si se les coge, merecen un buen castigo que les duela y escueza.

Antípodo – ¿Benevolencia? Nada dije de cómo y con qué dureza, física o moral, debe materializarse el reproche social por lo hecho. En ningún caso me solidarizaré con el autor cuando se les exija responsabilidad por su fechoría. Pero tampoco aplaudiré la tesis que pareces sugerir, esto es que mediante el castigo institucional -multas, sanción, etc- llegue a resolverse problema serio alguno y, mucho menos, el de proteger el delicado tejido de la biósfera. Ni siquiera el más modesto de salvar de la extinción a la píllara das dunas.

Odopitán – Me interpretas mal. ¿Acaso he sugerido -como dices-, que el castigo que merece el autor del estrago, sea la medida suficiente que pueda resolver la devastación de la naturaleza causada por la especie humana? Ni lo he dicho, ni lo diré. Me limito a considerar que el descalabro del ponedero es razón más que suficiente para imponer a su autor un castigo y que el atolondrado necio aprenda lo que nunca debió ignorar.

Antípodo – Lo que dices parece razonable, pero verdad a medias no es razón ni verdad. No es de recibo que el autor del lamentable destrozo merezca un pronto reproche, cuando al mismo tiempo y hora, aplaudimos a las instituciones -y a los personajes que las regentan- que hacen lo mismo, pero a una escala infinitamente mayor. El reproche social y sanción al más débil, si es justo y sincero y no un mero ejercicio de poder, exige la condena y castigo a quienes no se limitan a saquear un nido, sino que con su acción provocan el declive de la fauna y flora salvajes, condenan a la extinción a miles de especies, destruyen el ecosistema planetario y contaminan el agua, la tierra y el aire.

Odopitán – Sigues interpretándome mal. No defiendo, sino que combato, que el capitalismo y el estado puedan continuar provocando impunemente todos los males que denuncias. Pero tampoco defiendo, sino que reprocho, la posible impunidad del quebranto del nido, con el falso argumento de que no se castiga el crimen mayor.

Antípodo – Lo lamento, pero no creo interpretarte mal. ¡Cuántas veces el rechazo a una conducta particular oculta la sumisión ante la devastación general organizada por los poderosos, a los que por otra parte se les atribuye el poder de sancionar! Estarás conmigo, en que cuando exiges sancionar a este pobre sujeto te refieres a una condena efectiva, mientras que cuando aludes al capital y el estado -agentes de la destrucción mayor- entonces hablas de ‘luchar’, ‘combatir’ para que esa sanción llegue quizás nunca. Prisión para el pilla-gallinas, honor al gran ladrón de cuello blanco.

Odopitán – Hay bastante de verdad en lo que dices, pero no es toda la verdad. ¿Acaso la única sanción que cabe imaginar, es la que imponen las administraciones, policías y jueces? A mi parecer, el reproche social a una conducta reprobable puede y debe adoptar formas muy distintas a las meramente punitivas ejercidas por el estado. Incluso siendo más duras.

Antípodo – Ya me explicarás que formas son esas, en una sociedad regida hegemónicamente por las leyes del capitalismo y el Estado penal de derecho.

Odopitán –No es necesario esperar a la abolición, de momento imprevisible, del capitalismo y el estado jerárquico, para apreciar, en esta cuestión el valor de la educación y la enseñanza, de la coacción moral y el repudio de la vecindad, de la autogestión comunal …

Antípodo – No sigas, que ya es hora de irse y otros reproches me esperan si llego tarde. Seguiremos hablando.

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