CONTROVERSIAS ENTRE AMIGOS

Cuestiones de suma (o poca) importancia

Antípodo y Odopitán son dos amigos anarcosindicalistas y campaneros. Cada lunes los encontramos en el local del sindicato pontevedrés enzarzados en fraternales discusiones.

COMUNICADO DE LA REDACCIÓN DE LA CAMPANA

A los lectores de esta página: Los compañeros Antípodo y Odopitán, nos han hecho llegar su decisión de no acudir este lunes, 20 de julio, a su habitual encuentro en la sede del sindicato, uno de cuyos más estimados frutos era esta página 11 campanera. Ambos nos remiten sendos breves textos, en los que exponen los motivos y razones que les han llevado a esta determinación, que todos lamentamos.

Carta de Antípodo

Compañeros y amigos de La Campana:

Anteayer he sabido que el gobierno gallego -conjuntamente con los de otras comunidades autónomas y el apoyo del gobierno central- ha ordenado la obligatoriedad de la mascarilla en todos los “espacios públicos”, sean abiertos al aire libre (hasta hoy, presuntamente libre; desde hoy, no) o cerrados.

En estas circunstancias y en la medida de mis posibilidades me impongo el no caminar entre fantasmas, a quienes no puedo observar sino como víctimas sin albedrío de una sociedad amordazada por el miedo, ya no sé sí a la muerte o al anatema de los poderosos.

En verdad, amigos, temo menos a la muerte que inevitablemente me ha de llegar, que a este sinvivir humillante y amordazado que las autoridades públicas tratan de imponer como “nueva realidad”, valiéndose para ello de una nauseabunda y enfermiza campaña mediática, que no nos da un minuto de respiro.

La abominable mentira global que imponen no es que podamos ser víctimas mortales de alguna enfermedad contagiosa -sea la Covid 19 o cualquier otra, no menos virulenta-, cáncer, infarto, accidente o daño por contaminación y toxicidad ambiental … si no que personalicen en el amigo, en el vecino, en el paseante, en el otro cercano y próximo la amenaza (asintomática e invisible) de nuestra infección y muerte. Cierto que la enfermedad y la muerte están ahí, esa es condición que llevamos a cuestas desde que nacemos, pero no menos cierto es que la vida, el deseo, el encuentro, el abrazo, la familiaridad están ahí y esa es también parte de la condición humana que llevamos a cuestas desde que venimos al mundo. Y así como en nombre de la vida no podemos negar la muerte, tampoco podemos en el nombre de la muerte ahogar la vida, pues de hacerlo estaremos negando lo más preciado que tenemos, lo único que en verdad poseemos y es digno de ser poseído.

Sólo una última cosa. Cuanto más mediocres e incompetentes son los poderosos, tanto más tratan de encubrir su torpeza con aparatosas escenificaciones y con la adopción de medidas coercitivas que, por que absurdas y delirantes, como dice el poeta “amenacen miedo”. Así la obligatoriedad de la mascarilla en el quinto mes de la “pandemia”.

Carta de Odopitán

Compañeros, compañeras:

Os escribo para comunicaros que este lunes y en los días siguientes apenas saldré de mi casa, único lugar en el que puedo refugiarme de una imposición de última hora -a finales de julio, cuando llevamos desde febrero o marzo bajo el pretexto de la pandemia- que, a mi juicio y parecer atenta contra toda razón, utilidad y digno sentido de la responsabilidad.

Como sabéis no soy epidemiólogo, ni médico, ni experto en control de la población, ni tertuliano o actor al servicio de la poderosa industria del espectáculo, tampoco aspirante a político que intente medrar en la escena electoral a cualquier precio, incluido el de halagar al rebaño … Nada de eso soy. Del mismo modo que tampoco soy ciego como para no ver, sordo como para no oír, ni lo suficientemente estúpido e ignorante, como para no descreer.

Ayer hicieron pública una orden según la cual en Galicia, a partir de mañana, bajo pena de multa, se extiende la obligatoriedad de la mascarilla a todo el espacio habitable, incluso en las recién abiertas terrazas de las cafeterías y restaurantes entre sorbo y sorbo, entre bocado y bocado. Y todo indica que la ridícula por más que solemne orden se acatará sin apenas rechistar, bajo la amenaza añadida de que quien a ello se atreviera sería, no sólo multado, sino tachado de irresponsable, insensible, asocial …

Así es que yo, estimados amigos, prefiero esperar en mi casa a que amaine el temporal de insensatez y abuso de poder, aferrándome a un espacio libre de mordazas, bozales, embozos, violencias y máscaras … y, si acaso, si os acercáis, darnos un abrazo, sellar con las manos el feliz encuentro y asumir, con serenidad y alegría, que todo es posible en este mundo azaroso, incluida la vieja sabiduría ética de que hay bienes y principios por los que sí vale la pena vivir. Ni la salud, ni el dinero, ni la docilidad están entre ellos. El abrazo solidario o el coraje de vivir sí.

Si Antípodo se acerca por ahí, decidle que lo siento, que nunca será para mí un amenazante enemigo.

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