CONTROVERSIAS ENTRE AMIGOS

Cuestiones de suma (o poca) importancia

Antípodo y Odopitán son dos amigos anarcosindicalistas y campaneros. Cada lunes los encontramos en el local del sindicato pontevedrés enzarzados en fraternales discusiones.

Odopitán – Buenas tardes, Antípodo. Déjame descansar antes de subir las 60 escaleras que nos esperan cada lunes.

Antípodo –¡Adelante, buen guerrero! Ya descansarás, si es que te lo mereces, después de la batalla y no antes. ¡A la vejez viruelas!

Odopitán – ¡Más vale prevenir viejo que andar necio! Mis batallas verdaderas no se miden en escalones. Las peleas a las que voy nunca me otorgan victoria definitiva alguna, más allá de la satisfacción y el orgullo de haberlas acometido.

Antípodo – Imagino por donde vas ¿Consideras que no son victorias, cada una de las conquistas sociales logradas peldaño a peldaño, como, por ejemplo, la jornada laboral de ocho horas, la atención social a los necesitados de ella?

Odopitán – Por supuesto que sí, pero yo me refería a aquella otra “victoria definitiva y no circunstancial ni simple mudanza” de la que siempre estaremos tan lejos como ahora mismo lo estamos, aunque unas veces avancemos hacia ella y otras, como ahora mismo sucede, simplemente resistamos o incluso retrocedamos.

Antípodo – Discrepo de tu planteamiento. Esa ‘victoria definitiva’ a la que aludes -imagino una sociedad sin desigualdad ni explotación, libre y armoniosa en aquello que le corresponde- no está lejos, ni tampoco en el futuro, sino que está ya aquí, ahora y en todas las personas y colectividades que ya se alzan contra los males sociales del presente.

Odopitán – ¿Cómo es posible? ¿Puede haber paz y libertad, en medio de la guerra y la opresión? ¿Puede haber vida y armonía, en esta desgarradora debacle en que el régimen capitalista y autoritario ha convertido el planeta? ¿De quién es la victoria en este momento? ¿de los poderosos que oprimen o de quienes sufren la miseria y la humillación de no ser más que mercancía?

Antípodo – No te discuto el imperio casi universal del régimen capitalista y organización política autoritaria que le asiste, sin que apenas quede lugar, ni espacio, ni biografía a las que no hayan llegado sus males. Pero allí donde el capitalismo y la jerarquía hieren, la herida sangra y con ella el dolor y la rabia y la rebeldía.

Odopitán – Comparto ahora lo que dices, pero eso no cambia el hecho de que la sociedad sufra impotente bajo el peso del desgraciado momento histórico actual. No puedes, sin mentir, ofrecerle al inmigrante que bracea en el naufragio o al niño palestino, pobre y mutilado el humillante consuelo de que, en realidad, están sirviendo a un ideal designio de la historia que habrá de redimirles.

Antípodo – Nada más lejos de mi pensamiento y actitud, que la indignidad de reprochar a las víctimas su condición de tales, pues la voluntad del daño es patrimonio exclusivo de los que les matan. No. La historia no está escrita ni lo estará jamás, ni la del pasado ni la futura, ni la personal ni la colectiva, ni la del niño palestino con su piedra ni la del soldado sionista con su fusil.

Odopitán – ¿Cómo que no está escrita? La realidad es que el soldado es dueño del campo y del olivar que roba y cada gobierno de la UE decide cuántas barcazas han de pasar y cuantas han de naufragar.

Antípodo – Así es. Tan así es, como el hecho de que ni siquiera el divino Todopoderoso llegó nunca a ser del Todo único señor, pues no puede escapar a la condición histórica de su poder, que engendra inevitable la rebeldía que ha de derrocarle.

Odopitán – ¿Cómo es eso?

Antípodo – No hay amo sin esclavo, ni amo al que no acompañe la injusticia, ni esclavo al que no amenace la propia rebeldía. Ni uno ni otro pueden librarse ‘definitivamente’ de aquello que históricamente les niega y les mantiene encadenados.

Odopitán – ¿Quieres decir que la única “victoria definitiva” es la de la propia guerra y su maldición, sin que nadie pueda sustraerse a ella?

Antípodo – La guerra social de la que hablo, unas veces usa el nombre de Paz y otras el de Guerra, unas el de Orden y otras el de justicia (nunca con mayúsculas, que si usa la mayúscula ya es palabra del adversario), unas el de razón de Estado y otras el de rebeldía y solidaridad …

Odopitán – Intuyo lo que quieres decir, pero no acabo de comprenderlo. No comparto la idea de que cada uno de los habitantes de este planeta seamos tan sólo meros agentes sin voluntad ni albedrío de una Historia -esta sí con mayúscula- que nos encadena.

Antípodo – Nada de eso he dicho. Efectivamente, no me has comprendido. En próximas conversaciones trataré de expresarme mejor, por más que me reafirmo en el planteamiento primero que inició esta discusión: Que la sociedad igualitaria, libre y solidaria a la que aspiramos no está lejos, ni tampoco en el futuro, sino que -al igual que sus adversarios- está ya aquí y ahora, actuante y fecunda.

Odopitán – Seguiremos pues, tratando de aclararnos. Hasta pronto, no tardando.

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