CONTROVERSIAS ENTRE AMIGOS

Cuestiones de suma (o poca) importancia

Antípodo y Odopitán son dos amigos anarcosindicalistas y campaneros. Cada lunes los encontramos en el local del sindicato pontevedrés enzarzados en fraternales discusiones.

Odopitán – ¡Hola, Antípodo! ¿Has oído las declaraciones del presidente del gobierno, en alusión a las protestas en las calles de diversas ciudades por Pablo Hásel?

Antípodo – No. En toda la semana estuve muy ocupado midiendo la brecha que hay entre mis sueños cuando estoy dormido y cuando estoy despierto. En verdad, la palabrería de esos personajes ocupa el último lugar de mis preocupaciones.

Odopitán – Pues no debiera ser así. Al fin y al cabo, su palabrería, como tú la defines, finalmente se traduce en actos que nos conciernen e implican a todos.

Antípodo – Está bien. Reconozco que tienen un cierto poder coactivo e incluso de seducción doctrinal que tratan de ejercer sobre la sociedad que gobiernan, lográndolo para nuestra desgracia en multitud de ocasiones. Ahora dime tú: ¿Qué ha dicho ese señor?

Odopitán – Dijo: “En una democracia plena como es España, la violencia es inadmisible”, “la violencia es la negación de la democracia” y “un ataque al sistema de libertades” e, insistió, “no hay causa, ni lugar ni situación que pueda justificar el uso de la violencia”.

Antípodo – ¿En verdad se expresó de ese modo?

Odopitán – Si. Es reproducción literal de sus frases en el contexto de unas declaraciones respecto de los disturbios en los últimos días.

Antípodo – Debió cambiar de “Manual de la Democracia Plena”, en el que figura como título de uno de sus capítulos fundamentales, la frase “El Estado ostenta el monopolio de la violencia” y, como corolario que esa violencia deberá figurar en la estructura estatal de modo omnipresente, tanto institucional como simbólicamente.

Odopitán – No te falta razón en lo que dices, pues no hay poder, ni estado, ni gobernanza posibles en un régimen de desigualdad sin el recurso a la violencia sistémica. Unas veces ejercida sobre sus súbditos a través del Sistema Penal y Sancionador (Código Penal, Leyes mordaza correspondiente, Instituciones carcelarias, Fuerzas de Orden Público) y contra sus adversarios transfronterizos a través de las Fuerzas Armadas y, en su caso, con el apoyo a las intervenciones de las organizaciones bélicas aliadas: OTAN, Unidades militares de la Unión Europea, Frontex, etc.

Antípodo – No conozco ningún estado, pasado o presente, sea tiránico o democrático que haya alcanzado tal grado de ‘perfección’ en su dominio que ya no necesite recurrir al uso de la violencia y prescinda de sus medios e instrumentos coactivos. Eso sólo sería posible, cuando la “servidumbre voluntaria” hubiese anulado todo vestigio de rebeldía, o bien cuando la totalidad de los residentes en ese Estado hubiese llegado a tal grado de enajenación y adoctrinamiento que lleguen a querer por si mismos lo que quiere el Ordeno y Mando en plaza y obedezcan su voluntad como si fuera la suya propia o incluso la anticipen. Esto es, que una narcótica ilusión o fe ciega, como le sucede al místico ante el Dios de sus desvelos y amores, les lleve colectivamente a confundir su claudicación con la felicidad.

Odopitán – Evidentemente, esa no es la situación en la España actual …

Antípodo – Quizá todavía no, pero sospecho que, como sociedad, vamos progresando adecuadamente hacia ese lugar. La última peste anticipa claramente ese destino.

Odopitán – Dejémonos de augurios funestos y volvamos a la cuestión que nos preocupaba.

Antípodo – Vale, pero no sin antes dejar bien claro de lo que estamos hablando, a saber, que las Democracias, pasadas y actuales, nunca manifestaron aversión a la violencia propia, al contrario, la institucionalizan y otorgan nombres sonoros: Guerra, Cárcel, Extranjería, Fuerzas de Orden Público, Negocio bélico …

Odopitán – Es evidente que el señor Pedro Sánchez, cuando señalaba lo intolerable de la ‘violencia’ en la España actual se está refiriendo a la violencia no legal y no a la violencia legítima, que es la que él supone se ejerce desde el estado para garantizar el orden público, la seguridad ciudadana e, incluso, la propia democracia.

Antípodo – Ya sé que esas son las cosas que dicen los que gobiernan, aquí y en cualquier otra parte, pero no conviene a las organizaciones sociales y sindicales, como la nuestra, disimular la brutal mentira que encierra esa retórica.

Odopitán – Insisto. Llevamos tres días en que algunos cientos o miles de personas en unas pocas ciudades españolas están provocando daños en el mobiliario urbano y escaparates y enfrentándose a la policía que busca dispersarlos. ¿Estos procedimientos y modos de ejercer la protesta social te parecen admisibles?

Antípodo – Si, claro que sí. Yo mismo he participado y recurrido a la protesta callejera en aquellas ocasiones en que lo consideré necesario. Por otro lado, no soy ‘pacifista’ a ultranza, pues pienso que, si bien el recurso a la violencia -incluso esta tan débil dirigida contra el mobiliario urbano y en pálido recurso de defensa frente a las cargas policiales- exige siempre ser justificada, el poder y la tiranía, carentes de justificación posible, exigen siempre ser combatidos y destruidos.

Odopitán – No estoy seguro de compartir contigo ese planteamiento. Siempre nos ocurre lo mismo. Llega la noche cuando la conversación está en un punto conflictivo, que exigiría su continuación.

Antípodo – No te preocupes, La Campana no se va a acabar en la semana próxima, así que retomaremos la conversación en este punto que la dejamos.

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