CONTROVERSIAS ENTRE AMIGOS

Cuestiones de suma (o poca) importancia

Antípodo y Odopitán son dos amigos anarcosindicalistas y campaneros. Cada lunes los encontramos en el local del sindicato pontevedrés enzarzados en fraternales discusiones.

Odopitán – Buenas tardes, Antípodo. Ayer me abordaron unos conocidos para preguntarme cómo era posible que tu y yo pudiéramos mantener una relación tan cordial y duradera y estar juntos en la misma organización, cuando discrepamos en tantas cosas y semana tras semana confrontamos nuestras divergencias.

Antípodo – ¿Qué les respondiste?

Odopitán – Verdaderamente no les respondí. Me limité a mostrarles mi extrañeza ante su pregunta. ¿Acaso -les dije- no conversáis con aquellas personas con las que convivís diariamente? ¿Sólo habláis entre vosotros para daros mutuamente la razón en todo lo que el otro diga o haga? ¿Nunca le habéis dicho No, a vuestros hijos’? ¿Acaso vuestros coloquios son meros monólogos a dos o tres, los unos ajenos a los otros, los unos en(emistados) con los otros?

Antípodo – No quiero imaginar lo que alguno de tus interpeladores pudo haberte contestado. Las páginas de sucesos de los medios de comunicación ofrecen abundante noticia de la carga de violencia y dramática agresividad que llegan a albergar las riñas y discusiones en el ámbito de la familia, la pareja o la tribu vecinal, todas ellas instituciones afectadas por las relaciones de poder y jerarquía entre sus miembros.

Odopitán – La mayor o menor frecuencia con la que el diálogo en las pequeñas tribus, como tu acabas de llamarlas, llega a resolverse mediante el abuso y la violencia de unos sobre otros y acaba en un dramático -en ocasiones mortal- ‘aquí mando yo’, no cuestiona el hecho de que sean precisamente el diálogo, la controversia, el palique abierto y sincero, el cimiento necesario de toda obra común, el fundamento para sostener una amistad y la vitalidad de una relación afectiva.

Antípodo – Quizá eso que dices pueda aplicarse a una institución ideal e imaginada, pero de ningún modo a una institución real.

Odopitán – ¿A qué te refieres?

Antípodo – Ninguna institución social ‘realmente’ existente, esto es, positivamente definida, tanto política, como histórica y jurídicamente -tal es el caso de la familia y demás sistemas de organización del parentesco, la filiación y la vecindad- puede encontrar su fundamento o vertebrarse en torno a una quimérica voluntad de respeto, cordialidad y puro amor entre sus miembros.

Odopitán – Quizá sea como tu dices en el mundo de la ‘realidad’ actual (esa ‘realidad’ contra la que luchamos los anarquistas), construida siempre como mera prolongación de las relaciones de poder y desigualdad que la hegemonizan. Pero esa ‘realidad’ -tu lo sabes tan bien como yo- no es necesaria, ni es eterna, ni siquiera es universal y, mucho menos, históricamente imperecedera.

Antípodo – Por supuesto. Comparto contigo, el hecho de que la posibilidad de una ‘realidad’ distinta a la actual estará siempre aquí y allí, a nuestro alcance. También reconozco que si hay alguna ‘utopía’ en esta afirmación, no la hay en lo que respecta a la posibilidad de una sociedad en la que los vínculos entre los individuos no los establezcan relaciones de poder y dominio de unos sobre otros, sino de libertad. Una sociedad en la que la amistad y las redes federales de cordialidad (tal como las intuyeron las militantes anarquistas de “Mujeres Libres”) lleguen a sustituir el beneficio y el interés privado, ambos reducidos a la impotencia, tras la abolición del privilegio y sus símbolos: el poder y el dinero.

Odopitán – Sospecho que niegas la condición de ‘utópica’ a la posibilidad de una sociedad ‘futura’ que ahora mismo no es, ni se da en parte alguna: el comunismo libertario. Sin embargo, yo trataba de insistir en que la posibilidad de aquellas redes de apoyo mutuo a las que aludías, ya están aquí, vivas y presentes entre muchos de nosotros y en muchos lugares.

Antípodo – No niego que muchos o pocos tratemos de vivir, incluso infructuosamente, en el seno de aquellas ‘instituciones’ (familia, vecindad, afinidad, etc), recuperando lo que intuimos fue su sentido originario, humano y humanista.

Odopitán – Más aún. Es a través del diálogo, considerado como el uso verdadero del lenguaje, cómo los individuos rompemos con nuestros límites prefijados y alcanzamos a comprendernos unos a otros. Esto sucede siempre en el intercambio que supone toda controversia abierta y disputa argumentada y esto es lo que debemos defender, llevar cabo y asumir en nuestra casa y, siempre, con quienes nos acompañan en la lucha diaria.

Antípodo – Mientras las instituciones persistan tal cual son hoy, con una función social predeterminada por el régimen económico y político-social imperante, no habrá modo de garantizar que las discrepancias en su seno -incluso las meramente verbales- no sobrepasen nunca el ámbito del lenguaje y la afectividad entre sus miembros. Al contrario.

Odopitán – Por supuesto que nunca estaremos enteramente libres de que esas amenazas puedan producirse en algún lugar y ocasión. Pero no hablamos de eso. Si no de saber si es posible habitar en el seno de una ‘realidad’ infame, por un lado combatiéndola, y, por el otro, compartiéndola, pues nunca renunciaremos a respirar -a vivir- por más que el aire esté contaminado.

Antípodo – Hoy es a mí a quien reclama el toque de queda hogareño. Queda pendiente la conversación, pues, como en todo diálogo verdadero, una palabra llama a otra, una frase a la siguiente, una afirmación a su matiz. Hasta la semana.

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