Editorial

La barbarie que subyace bajo el actual sistema de gobernanza mundial –una estrechísima y evidente alianza entre el poder económico, representado por los grandes consorcios capitalistas, con las administraciones políticas de las más poderosas democracias occidentales, EE UU o la Unión Europea, y China – estalla cada día en mil y un lugares distintos, pero cargada siempre de dramatismo, horror y atroz violencia. Así viene ocurriendo en la isla griega de Lesbos desde la noche del 8 al 9 de septiembre, cuando “se” produjo un incendio voraz que arrasó el campo de refugiados de Moria, en el que las autoridades griegas y de la Unión Europea hacinaban en condiciones infrahumanas a más de 12.000 refugiados.

Esta cruel historia se remonta al año 2016, cuando decenas de miles de familias e incluso pueblos enteros, huían de la guerra de Siria, provocada por la belicosa competencia sobre espaldas ajenas que llevaban a cabo las grandes potencias con el objetivo principal de ‘controlar’ la fuente de materias primas de Oriente Medio.

El campo de refugiados de Moria se construyó entonces, como uno de los lugares en los que “contener y frenar” el flujo de víctimas de la guerra siria que intentaban llegar a los países de Europa central y meridional. Sin embargo, tras el vergonzoso acuerdo alcanzado entre la UE y Turquía -un verdadero crimen de humanidad- para que este país ejerciese de gendarme armado que ‘detuviese, alojase temporalmente y después arrojase a cualquier clase de infierno” a todos los que huían, no ya de la guerra de Siria, sino del hambre, la miseria y la muerte violenta que enseñorea medio mundo, desde Afganistán al Sahel, el campo de Moria derivó en un auténtico “agujero negro”, en una cárcel horrible para miles de personas allí atrapadas.

Las condiciones de ‘alojamiento’ en Moria han sido denunciadas reiteradamente por cientos de voces, que, desde hace cuatro años, vienen clamando en el desierto, pues frente a esas denuncias y frente a la rabia impotente de sus víctimas, los gobiernos europeos responsables del campo, utilizando al gobierno griego como vicario testaferro, no sólo se hacen los sordos y ciegos, sino que también se encargan, con enorme eficacia, de fabricar esa misma ceguera y sordera en sus propios ciudadanos.

Estas son las condiciones que rigen en Moria y se silencian: 12.000 “presos”, de ellos el 40% niños, donde la ‘previsión oficial” era de 2500; hacinados en chozas, tiendas y cabinas prefabricadas, rodeadas de basura, condiciones higiénicas inexistentes, expuestos al frío en invierno -en estos cuatro años decenas de niños han muerto de frío y enfermedades respiratorias- y al calor extremo en verano; un retrete para cada 160 personas y una ducha para cada 500; insalubridad, falta de agua, medicinas y recursos sanitarios; atendidos por ONG’s humanitarias que no dan abasto ni tienen los medios necesarios, la masificación impone que las familias tengan que hacer largas colas a la intemperie para todo …

En esta situación, el pasado 1 de marzo, el gobierno griego suspendió unilateralmente el derecho de asilo con el respaldo de la Unión Europea -tanto de la Comisión, como del Consejo y del Parlamento, entre los que figuran, claro está, la parte alícuota del gobierno y partidos políticos españoles-, hasta el punto de que Úrsula von der Leyden, presidenta de la Comisión Europea “agradeció a Grecia ser el escudo europeo” frente a estas personas desesperadas.

Como señala Hibal Arbide Aza, “desde entonces hemos visto como guardacostas griegos disparaban fuego real contra refugiados indefensos en el mar … provocado deportaciones colectivas prohibidas por la legislación internacional … uso de cárceles secretas para migrantes indocumentados cerca de la frontera con Turquía …”. Y, ahora, a todo ello, hay que sumar las nuevas restricciones y abusos contra los atrapados en Moria. En el mes de julio, el gobierno griego aceleró la licitación a empresas privadas de más recursos de control sobre Moria y, en concreto, el incremento del vallado del campo en longitud y altura.

Pronto las desesperadas gentes del campo comprendieron de que se trataba: como remedio a la COVID las autoridades griegas y europeas habían decidido en secreto mantenerlos a todos encerrados, confinarlos al modo medieval a todos juntos en las condiciones inhumanas ya descritas. A través de los huecos entre alambradas y vallas, los encerrados podían ver como la policía e incluso patrullas parapoliciales de fascistas iba vigilando todos los caminos y salidas de Moria hacia la capital de Lesbos, Mitilene, o a los pueblos próximos. Inútilmente, Médicos sin Fronteras, alzó la voz, intentando evitar que la respuesta a las previsibles infecciones fuese el confinamiento general en aquellas condiciones que hacían imposible la atención médica y la prevención epidemiológica.

Y estalló, el incendio, nada más decretar el gobierno griego una estricta cuarentena al detectar los primeros casos de coronavirus e intentar los gendarmes llevarse a estas personas a una zona de aislamiento total sin explicarles por qué, estalló la rabia y el sufrimiento contenidos a lo largo de cuatro años.

Moria es nuestra vergüenza. No solo por el encarnizamiento de lo que allí ocurre, sino porque sus responsables lo hacen en nuestro nombre y por el voto de quienes se lo hayan concedido.

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