Editorial

De esta guerra universal nada se dice … parece no existir … pero mata por millones cada año, uno tras otro, sin pausa ni tregua posible. Es la guerra que callan. La enorme sangría generada por la desigualdad, la opresión y la violencia insomne de los estados y el capital sobre sus súbditos.

Según el último Informe (2021) del Estado Mundial de la Seguridad Alimentaria y Nutrición de la ONU, de los 840 millones de personas que han sido confinadas en las selectas áreas de la miseria y pobreza extrema mundiales, el orden económico y político vigentes impuso que cada día de 2020 hubiesen muerto de hambre 25.000 personas, la mayoría de ellas niños.

¿Qué locura es esta por la que millones de habitantes han de morir de hambre, callando, y otros, los dueños del mundo y sus cómplices, puedan matarlos impunemente y lucrarse con ello?

El Informe de la agencia de la ONU pone de manifiesto que 840 millones de personas sufrieron en 2020 una situación de “hambre crónica”, cuando más de dos mil trescientos millones viven en condiciones paupérrimas y resultan ser víctimas mortales y de muerte prematura de todas las plagas asociadas a la miseria.

El mismo Informe recoge que en 2019 vivían bajo esa condición dramática 708 millones, a los que ahora se añaden otros 132 millones, afectando al 10% de la población mundial. Y todo apunta a que esa patética cifra, al igual que viene sucediendo desde 2014, no solo no disminuirá, sino que se agravará en 2021 y 2022, pudiendo llegar, según el propio Informe, a provocar una crisis generalizada de incalculables dimensiones y consecuencias imprevisibles.

La desnutrición permanente que afecta a tan ingente población favorece y agrava los efectos de innumerables enfermedades infecciosas y del aparato respiratorio -también, por supuesto de la Covid 19- responsables de una gran parte de las muertes infantiles y gran número de las defunciones de adultos. La práctica totalidad de estos crímenes -¡pues eso son, por calculados y fríamente ejecutados en aras de intereses económicos privados!- pueden evitarse con medicinas de muy bajo coste, pero inaccesibles para más de un tercio de la población mundial.

Ya el último Informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS) había señalado que poco o nada había cambiado en este aspecto en el último decenio, pues “alrededor de un tercio de las personas del mundo carecen de acceso a medicamentos, vacunas, herramientas de diagnóstico y otros productos de salud esenciales.”, imprescindibles para salvar la vida, en las duras condiciones de habitabilidad que han de soportar. Hablamos de míseros salarios … precio de los alimentos básicos al alza, jornadas interminables y esfuerzos agotadores … trato infame y régimen esclavo … condiciones insalubres en tajos, minas, campos e industrias … hacinamiento en barriadas y poblachos infectas, sin agua potable ni mínima higiene … brutalidad inmisericorde de políticos, militares, policías, patronos (y sus ejércitos privados: paramilitares, sicarios, matones, etc) … que, en conjunto, definen la agónica realidad y la inseguridad alimentaria aguda a la que se enfrenta diariamente la mitad de la humanidad.

Ya no hay engaño posible. Ni faltan alimentos ni se ignoran las técnicas y procedimientos para producirlos y distribuirlos eficazmente en cantidad suficiente hasta el último rincón del globo, pero es el desgraciado imperio del capitalismo el que no puede consentir -a riesgo de perder su poder y él mismo dejar de existir- que se pare la ingente destrucción de vidas. Las despensas de los ricos -estados, compañías, arcas multinacionales, clases adineradas, etc- acumulan en cada ocasión alimentos y medicinas suficientes para evitar mil veces la monstruosa hecatombe, pero el temor cierto a la “caída de los precios”, a la “pérdida de beneficios”, a la “caída de la productividad”, etc, cierra a cal y canto los silos de los terratenientes, las alacenas de los palacios, los acaparamientos de los consejos de administración, los armarios de los laboratorios farmacéuticos … de modo que en “el mundo de la Abundancia llegue a imperar la Hambruna”.

Baste un recuerdo histórico: En la Cumbre Mundial de la ONU sobre Alimentación de 1996, los “expertos” asistentes (técnicos, estados, políticos, ONGs, etc) afirmaron proponerse reducir para el 2015 los 800 millones de hambrientos registrados en aquél momento a 400 millones. Pero no. 25 años más tarde, la horrible cifra permanece inalterable,

Construir semejante Orden no resulta fácil ni incruento. Para sostenerlo hay que matar, encarcelar, torturar, oprimir, aterrorizar, someter, cegar, ensordecer … por millones y en todas partes y en todo tiempo. Y aunque los jefes de tan horrible tinglado, así como sus servidores locales … se apliquen a ello con gran aparato y siniestra pompa, resultarán impotentes para evitar el día que ha de venir, cuando la reclamación de los oprimidos ponga punto final a su feroz mascarada.

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