VII Época - 32

Editorial

Te han sitiado corazón
y esperan tu renuncia.
Los únicos vencidos, corazón,
son los que no luchan.
No te entregues, corazón libre.
No te entregues.

Rafael Amor

Las dramáticas cifras de siniestralidad laboral en España en 2023 y lo que va de 2024 escenifican las bodas de sangre que empresarios, legisladores y gobernantes celebran cotidianamente sobre las espaldas y cuerpos de la clase trabajadora. Ni un día sin duelo, ni una hora sin desgracia, ni un minuto sin pena.

Los trabajadores nos enfrentamos cada día a un sistema productivo cuya normalidad mortífera e inercia lesiva provocan la muerte y la desgracia en miles de hogares. Cada día mueren en este país al menos dos trabajadores y más de diez quedan mutilados o incapacitados por largos años, sino definitivamente. Así ha ocurrido a lo largo de todo 2023 y continúa produciéndose, agravándose, en los dos primeros meses de 2024, sin que las organizaciones de los trabajadores, incluida la CGT, logremos articular la respuesta que ponga remedio a semejante sangría, no accidental, sino fríamente calculada y fríamente diseñada.

Durante 2023, se produjeron un total de 624.911 siniestros con baja laboral, lo que representa una media de más de 1.700 cada día, incluidos festivos, o lo que es lo mismo, 80 ‘accidentes laborales’ con baja cada hora del año, más de 1 por minuto. Cifras semejantes, aún agravadas, se reflejan en la estadística oficial del Ministerio de Trabajo relativa a los dos primeros meses de 2024.

Según esa misma estadística oficial, en 2023, un total 721 trabajadores encontraron la muerte cuando cumplían su jornada laboral (581) o cuando se dirigían a su centro de trabajo (140). El mayor número de siniestros laborales con resultado de muerte se concentraron en los sectores de la construcción, transporte y almacenamiento, agricultura e industria manufacturera.

Son datos muy superiores a la media de los que ofrece la Unión Europea, donde la incidencia de los accidentes mortales es de 1,76 por cada 100.000 trabajadores, mientras que en España se sitúa en 1,93, donde, además, hay un inspector o subinspector por cada 15.000 trabajadores, mientras que la media de la Unión Europea es de uno por cada 10.000.

En esta misma estadística oficial se recoge que la siniestralidad laboral con carácter grave, en jornada de trabajo (excluidos los sufridos ‘in tínere’), alcanzó el año pasado, la dramática cifra de 3.759, esto es, más de diez trabajadores cada día. Siendo, en términos oficiales, ‘accidente laboral grave’ aquel que trae “como consecuencia amputación … mutilación … trauma craneoencefálico … lesiones severas, …, etc”.

Semejante estadística, refleja al desnudo la criminalidad del régimen social, económico y laboral imperante. Se trata de una criminalidad decidida y calculada con toda frialdad por los beneficiarios privados de ese sistema capitalista, basado en el lucro privado y el imperio del dinero por encima de cualquier otra consideración, incluso la vida humana. Año tras año, mes tras mes, en toda la geografía de nuestro país, los capataces del sistema capitalista -parlamento, gobierno, sistemas legal, administrativo y punitivo- vienen actuando del mismo siniestro modo.

Si accidente es, como dice el diccionario, algo “no esencial, casual, contingente” … Si accidental es “todo aquello que puede faltar de la cosa de que se trata sin que ésta deje de ser lo que es” … Entonces, aquí, en el trabajo diario, no hay verdaderos accidentes. Solo hay cientos de muertos esenciales, provocados y necesarios para que siga funcionando la rueda del lucro privado y la plusvalía capitalista. Si acaso algún particular suceso de esta fatídica estadística pudiera llegar a calificarse de accidente, resulta inaceptable considerar de este modo lo que ahora mismo ocurre en los centros de trabajo, cuando más de 3.000 trabajadores perderán la vida o resultarán gravemente lesionados para que la rueda del lucro empresarial y político continúe girando. Cuando las condiciones de trabajo se deterioran y los trabajadores han de someterse a jornas y ritmos abusivos, sin la formación y el utillaje necesarios, en condiciones de precariedad laboral y temor al despido ‘libre y barato que ha instalado la ley’ o debiendo asumir ciertos riesgos ciertos para su salud y su vida, el accidente llega enseguida, limitándose el azar a escoger quien será la próxima víctima, hasta cosechar los dos muertos diarios y los diez gravemente lesionados de rigor.

¿Esta situación ha de ser fatídica y resignadamente asumida por la clase trabajadora? De ninguna manera.

Por más que el capitalismo intente que esta realidad no se abra paso en la consciencia y el debate públicos, el camino para luchar contra estos homicidios está trazado por la clase trabajadora desde hace tiempo. La acción sindical, colectiva y autónoma, libre y autogestionada, capaz de subvertir el orden capitalista en la razón misma de su existencia: el logro del beneficio económico a expensas de la vida y la explotación de las personas. Por ejemplo, asumiendo las organizaciones sindicales, en la medida de sus fuerzas, la necesidad y el compromiso ineludible de actuar con la mayor firmeza posible ante todo accidente laboral y, en su caso, promover el paro en el centro de trabajo, asumiendo colectivamente en la denuncia de los hechos y la exigencia al tándem empresarios – administración – legisladores de que paguen con creces su entera responsabilidad. Se trata de decisiones imperativas para la acción sindical.

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