HISTORIA DE UNA CAMPANA

Buenos Aires. Hace 100 años

Salvo el responsable, nadie sabe muy bien por qué este semanario se llama La Campana. En cada ocasión que se le pregunta el origen del nombre cuenta una historia distinta. Para este comienzo de la VI Época campanera nos recordó esta historia:

“Si vais a Buenos Aires -dijo- acercaros al museo histórico de La Boca. Allí podéis ver una campanita, trasladada recientemente al gran museo desde el museo particular del trabajador anarquista, calderero y carbonero, Quinquela Martín.

Corría el año 1901, un año de extraordinaria tensión obrera en Argentina. La tremenda represión gubernamental sobre los trabajadores enconaba los conflictos y los militantes anarquistas llevaban el peso duro de la lucha en pro de la jornada de ocho horas y condiciones de trabajo menos penosas.

Los calafateadores de barcos del puerto de Buenos Aires celebraron una asamblea clandestina para decidir sumarse a la lucha general por las ocho horas, que ellos querían repartida en dos sesiones de mañana y tarde. Alguien propuso la estrategia: Encargar a un artesano la confección de una campanita de sonido brillante y que uno de los compañeros la llevase escondida al trabajo. Cuando se cumpliesen las cuatro horas seguidas de labor, el compañero tocaría la campanita y, en ese momento, al unísono, todos cesarían en la tarea que estuviesen realizando, fuese cual fuese.

Llegó el día fijado para el plante sin que la patronal hubiese cedido a las demandas de los trabajadores. Los calafates acudieron como siempre al trabajo, manteniendo el ritmo habitual. Cuando llevaban cuatro horas trabajando, sonó la campanita y todos, sin excepción, dejaron las herramientas, estopas y cubos y se encaminaron en silencio hacia la salida. Pero los vigilantes de la Prefectura Marítima también habían oído la campana y avisaron a sus superiores, que enseguida lo comunicaron a la patronal. El depositario de la campanita, al ver el revuelo de los agentes, se percató de que vendrían a por ella, por lo que decidió esconderla en el curso de agua negra de brea conocida por el Riachuelo. De allí podrían recuperarla en cada ocasión, sin que los agentes la encontrasen.

Según cuenta Domingo Trama, el militante anarquista que fue secretario general de la FORA en la década de los 50, “aquella situación duró cuatro o cinco días. Seguían los patrones amenazando, pero los obreros seguían cumpliendo: se retiraban a las cuatro horas. Al quinto día, el patrón resolvió cederles las ocho horas a todo el personal. Así conquistaron las ocho horas”.

Durante 50 años el sindicato de calafates guardó aquella campanita como símbolo de su victoriosa lucha por las ocho horas. En 1949, los militantes gremiales, se la cedieron al compañero Quinquela Martín para que la guardase en su museo obrero. Desde allí se llevó al Museo histórico de La Boca recientemente, en la confianza de que nuevas Campanas sonarán en las nuevas luchas que afronten los trabajadores, cuando ya los barcos no se calafatean pero son de hierro las condiciones laborales.

M. Genofonte

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