Orígenes del movimiento obrero y sindical en México / 1

Los obreros y el Estado / Los gobiernos y los sindicatos nacientes

Desde el mismo momento en que los trabajadores comenzaron a unirse contra la explotación a que los sometían los patronos, la inmediata reacción los gobiernos -aliados siempre de los poderosos y ricos- fue reprimir con gran crueldad a los rebeldes. pero, también tratar de comprar, cooptar y corromper, con dinero y privilegios, a los que destacaban como líderes de las protestas, y ‘financiar’ a las presuntas organizaciones obreras que pudieran enfrentárseles, para que desistiesen de intentarlo. Así sucedió en todas partes, en todos los países y en todos los continentes. Así sucedió en México, a partir de 1860.

En 1860, un inmigrante de origen griego, Plotino Rhodakanaty, llega a México. Tiene 32 años. Habla ya el español correctamente y posee una gran experiencia de lucha e insurgencia en su Grecia natal, Austria y Hungría, así como una cultura libertaria muy amplia. Se impone difundir entre los campesinos y obreros de México las ideas socialistas anarquistas. Para ello, funda clandestinamente en Chalco, una escuela para adultos “La Social” y, en 1865, un Club Socialista, de inspiración bakuninista. En ambos centros se formarán importantes líderes obreros y campesinos del México de entonces: Francisco Zalacosta, Hermenildo Villavicencio, Juan de Mata Rivera, Santiago Villanueva o Julio Chávez, quien será fusilado en 1869 tras protagonizar la primera gran revuelta campesina, sofocada a sangre y fuego.

Zalacosta, Villavicencio y Santiago Villanueva se dirigen, en primer lugar, a intentar organizar a los trabajadores del sector del textil, en cuyas empresas, repartidas en gran número por todo el país, viven los obreros y sus familias en condiciones de esclavitud. Fruto de su labor, se crea el 15 de mayo de 1965 la primera gran sociedad obrera: la Sociedad Mutua del Ramo de Hilado y Tejidos del Valle de México; y pocos días después las fábricas de San Ildefonso y La Colmena se paralizan por sendas huelgas, que pese a su intensidad y el coraje desplegado por los obreros, no logra vencer la intolerancia de los patronos, apoyados por el ejército y la policía.

La inquietud social y los actos de rebeldía son cada vez más frecuentes y se extienden a nuevos sectores, desde los centros mineros a las haciendas, desde los puertos a las tripulaciones y pescadores. Ante la inminente tormenta social que se avecina, el gobierno liberal de Benito Juárez, aunque no deja de enviar al ejército y utilizar sicarios contra los huelguistas y actos de protesta, se decide, al mismo tiempo a cortejar, alabar y otorgar privilegios a aquellos líderes obreros que veía más proclives a dejarse influir, al objeto de que desanimasen a los trabajadores rebeldes de seguir los ideales de emancipación social revolucionaria que enarbolaban los obreros anarquistas.

El gobierno reparó en dos dirigentes obreros de talante contemporizador, Juan Cano y Epifanio Romero, ambos simpatizantes de la acción política y con aspiraciones de ascenso social. A ambos, en 1867, ofreció un subsidio anual de 1200 pesos, para que organizasen un grupo rival en el seno del movimiento obrero, que acabase la influencia de los anarquistas, y la donación de una gran iglesia antigua y sus terrenos para centro de reunión. A este grupo inicial reformista se sumó Santiago Villanueva, alumno de La Social, quien siempre había mostrado abiertas simpatías con los liberales de Benito Juárez.

Así empezó la división en el movimiento obrero mexicano.

A un lado, los sindicalistas anarquistas que pugnaban por la independencia de las organizaciones obreras, rechazaban la intervención gubernamental, rehusaban participar en elecciones políticas, consideraban al Estado como un “agente al servicio de la burguesía propietaria”, apelaban a la “revolución social” para crear una nueva sociedad de trabajadores libres y solidarios y no admitían ‘jefes’ ni autoridades en su seno.

Al otro, los que invitaban a la intervención del gobierno de turno en los conflictos laborales, confiaban en que las leyes del Estado podían conformar una sociedad favorable a los intereses de obreros y jornaleros, apoyaban a este o al otro candidato presidencial y aceptaban crear las organizaciones sindicales con el respaldo económico y el apoyo político de los gobiernos, quien cubriría los gastos, incluidos los que correspondían a sus ‘liberados’.

Muy pronto, apenas al año siguiente, estallará la confrontación entre ambas posiciones, con motivo de la huelga en la poderosa fábrica de textiles La Fama Montañesa. Pero esto será motivo de la siguiente hojita genofontiana y campanera de Memoria histórica sindical.

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