Orígenes del movimiento obrero y sindical en México / 2

Huelga en la fábrica textil “La Fama”

En la anterior hojita de recuerdos libertarios relatábamos como en los primeros momentos de la industrialización en México, los gobiernos liberales habían definido como uno de sus objetivos fundamentales “impulsar la ‘paz’ social” y, en consecuencia aislar y perseguir con saña a aquellos trabajadores que denunciaban que aquella ‘paz’ no era tal, sino más bien lo contrario, esto es, la “resignación” y aceptación silente de la inicua explotación, miseria y opresión infinitas en que permanecían esclavizados los obreros y campesinos mexicanos.

Para evitar que ese planteamiento calase entre los trabajadores, quizá fuese un buen procedimiento -eso pensaba el presidente Benito Juárez- aplicar la vieja receta del “divide y vencerás”. No dudó entonces en librar grandes cantidades de dinero público y otorgar privilegios a todo aquél que se prestarse a propiciar una organización obrera, ‘pacífica y respetuosa con el orden político y económico, reformista y pactista’ en la que sus dirigentes pudiesen tomar las decisiones y programa de acción en el seno de organismos ‘jerarquizados y controlables’. Como decíamos la semana pasada, el gobierno consideró útiles para esa labor a dos personas, Juan Cano y Epifanio Romero, ambos líderes de los artesanos y empleados de las pequeñas fábricas textiles, simpatizantes de la acción política y con aspiraciones de ascenso social.

La confrontación entre ambas posiciones no se hará esperar.

La primera huelga industrial documentada en México había ocurrido en 1865, en los centros textiles de San Ildefonso y la Colmena. Cuando declararon la huelga, los trabajadores de estos dos centros habían recién constituido la Sociedad Mutualista de Hilados y Tejidos del Valle de México, asesorados por 4 jóvenes discípulos del anarquista de origen griego, Plotino Rhodakanati: Francisco Zalacosta, Hermenegildo Villavicencio, Santiago Villanueva y Rafael Pérez de León. Las reivindicaciones de la huelga eran claras: reducción de la jornada (laboraban 14 horas los hombres y 13 las mujeres, sin descanso ni día de asueto semanal), aumento de salarios (la miseria era atroz), trata de digno (no ser golpeados ni humillados ni forzadas las mujeres por los capataces y amos).

Sin embargo, aquella huelga resultó un fracaso, tras enviar el gobierno contra los huelguistas y sus familias a soldados armados. Nunca se supo el número de muertos y heridos que sucumbieron durante los disparos de los militares. encargándose las autoridades de imponer silencio sobre lo ocurrido. Tras un simulacro de juicio, 22 presuntos cabecillas del movimiento fueron deportados y encarcelados en Tepeji del Río.

Sin embargo, ni el fracaso sangriento de la huelga ni la prisión, lograron frenar la disposición de los obreros para luchar por sus reivindicaciones más imperiosas. Fue entonces, apenas dos años más tarde, en 1867, cuando los tres jóvenes anarquistas, Zalacosta, Villavicencio y Villanueva, se dirigieron a la fábrica textil de La Fama para animar a los trabajadores a unirse y hacerse fuertes ante la patronal. Dado que los tres pertenecían a la sociedad anarquista clandestina, La Social, para poder celebrar públicamente sus actividades organizativas se integraron e hicieron cargo del Consejo directivo de una antigua agrupación artesanal, La Sociedad Artística e Industrial.

Avisados los dirigentes pro-gubernamentales Juan Cano y Epifanio Romero respecto de la influencia creciente de los libertarios entre los trabajadores de La Fama, se propusieron unirse a La Sociedad Artística e Industrial y postularse para la dirección, tratando de desbancar a los anarquistas. En el primer intento fracasaron, aunque poco más tarde, lograran su objetivo en un segundo intento, pero cuando la huelga ya había estallado y lograba triunfante todas reivindicaciones.

La huelga en La Fama se inició el 15 de julio de 1868 y acabó en rotunda victoria para los obreros. Tras lograr la ansiada reducción de la jornada, aumentos salariales significativos, creación de una sociedad obrera de resistencia y apoyo mutuo, la clase obrera mexicana comprendió por primera vez, con el éxito de la huelga en la textilera, la necesidad de luchar unidos y organizados, manteniéndose firmes ante los propietarios. Sólo así podrían vencer; esa era la lección.

Pero la confrontación entre los líderes “pro-gubernamentales y pactistas para con los patronos y hacendados” frente a los sindicalistas anarquistas “ajenos a la política y partidarios de la acción directa reivindicativa”, no ha hecho más que empezar.

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