VÍSPERA DEL ASESINATO DE FERRER I GUARDIA

El anarquista se niega a arrodillarse y dicta su testamento

El 9 de octubre de 1909 se constituyó en la prisión Modelo de Barcelona el Consejo de Guerra, que debía dar forma legal al asesinato del conocido pedagogo anarquista y fundador de la Escuela Moderna, Francisco Ferrer i Guardia. Cuatro días más tarde, en la mañana del 13 de octubre, será fusilado en el cuartel de Montjuïc.

Ya anochecido el día 12, según cuenta Sol Ferrer, la hija pequeña del profesor, su padre se encuentra en la celda al “P. Font, jesuíta muy conocido, que había asistido durante semejantes velatorios fúnebres a varios condenados a muerte. Al no querer arrodillarse, Ferrer debe estar de pie de modo constante. Toda la noche recorre a paso largo el restringido espacio a su disposición, entre los religiosos que desgranan sus rosarios.”

El notario Ricardo Permanyer, reclamado por Ferrer para dictarle su testamento, llegó a medianoche. Reproducimos algunos fragmentos: “Protesto ante todo, con toda la energía posible, de la situación por mi inesperada del castigo que se me ha impuesto, declarando que estoy convencidísimo de que antes de muy poco tiempo será públicamente reconocida mi inocencia.

“Deseo que en ninguna ocasión ni próxima ni lejana, ni por uno ni otro motivo, se hagan manifestaciones de carácter religioso o político ante los restos míos, porque considero que el tiempo que se emplea ocupándose de los muertos sería mejor destinarlo a mejorar la condición en que viven los vivos, teniendo gran necesidad de ello casi todos los hombres.

“Deseo también que mis amigos hablen poco o nada de mi, porque se crean ídolos cuando se ensalza a los hombres, lo que es un gran mal para el porvenir humano. Solamente los hechos, sean de quien sean, se han de estudiar, ensalzar o vituperar, alabándolos para que se imiten cuando parecen redundar al bien común, o criticándolos para que no se repitan si se consideran nocivos al bienestar general.

“En cuanto a mis restos, deploro que no exista horno crematorio en esta ciudad, como los hay en Milán, París y tantas otras, pues habría pedido que en él fueran incinerados, haciendo votos para que en tiempo no lejano desaparezcan los cementerios todos en bien de la higiene, siendo reemplazados por hornos crematorios o por otro sistema que permita mejor aún la rápida destrucción de los cadáveres.

“Quiero que mis deudas sean pagadas, acreditada que sea la verdad del hecho y sin trámite alguno judicial.

“Lego la cantidad de seis mil pesetas a mis tres hijas Trinidad, Paz y Sol, en pago de sus derechos legitimarios que por ministerio de la Ley forzosamente he de reconocerles. Pero suplico a mis dichas hijas que no reclamen ni la expresada suma ni nada más en concepto de suplemento de legítima, pues no han de olvidar todo cuanto les vengo diciendo y escribiendo desde que me posesioné de la herencia de Dña Ernestine Meuniè, de que no han de contar nunca con dicha herencia, pues fue convenio verbalmente hecho con la referida Señora, que sus bienes no deberían servir más que para el asunto a que yo lo destinaba [La Escuela Moderna], es decir, para propagar mis ideas según y como yo lo entendiere. …

“Prohibo que sobre mis bienes se instruya juicio de Testamentaría e intervenga bajo ningún concepto la autoridad judicial …

Pocas horas después de dictar el testamento y aún persiguiéndole los curas a los que desprecia hasta el muro, Ferrer i Guardia será fusilado en el foso de Santa Amalia de la prisión fortaleza de Montjuïc. Se negó a que le vendaran los ojos, gritando en el momento de ser fusilado sus últimas palabras, no acabadas porque la fusilería lo acalló: «Soldados, vosotros no tenéis la culpa. Apuntad bien. ¡Viva la Escuela Moderna! Muero inocente y feliz de…».

Así fue la última lección, la última noche y el alba trágica del maestro Ferrer. Destemió la muerte y creció su vida y ejemplo.

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