EN MEMORIA DE GAETANO BRESCI

Magnicidio y sacrificio frente a la tiranía y su atrocidad / 2

Decíamos en la hojita campanera de la semana pasada que iniciaba este recuerdo libertario, que recién se ha cumplido el 120 aniversario de “aquel hermoso día del 29 de julio de 1900 en el que el tejedor anarquista Gaetano Bresci ajusticiaba al odioso monarca italiano Humberto I, acabando con su vida maldita, pero no así́, desgraciadamente, con su régimen”, que continuó asesinando, torturando y tratando con desprecio a cientos de trabajadores que luchaban por el fin de la miseria y la explotación a que eran sometidos.

Gaetano Bresci nació en 1869, en el seno de una familia campesina pobre. A los once años hubo de empezar a trabajar como tejedor en una gran fábrica de su localidad natal, con jornadas diarias de catorce o quince horas, librando sólo los domingos, en los que acudía a la escuela municipal para pobres de artes y profesionales textiles. A los quince años alcanza entre los suyos y ante la patronal del textil la consideración de un obrero especializado. Frecuenta entonces las animadas asociaciones obreras anarquistas de la región y participa en las primeras huelgas. Acosado por los empresarios industriales y perseguido por la policía y los jueces sufre varias condenas de prisión en diversas cárceles del país y un largo confinamiento en la isla de Lampedusa.

En 1897, con veintiocho años, emigra a EE UU, asentándose en Patterson, Nueva Jersey, como obrero en fábricas de seda y talleres textiles. Era Paterson, por entonces, una ciudad de inmigrantes, con una fuerte presencia italiana, y un importante centro anarquista, donde Bresci encontró a muchos compañeros de lucha que había conocido en Italia. Según el New York Times del 18 de diciembre de 1898, dos mil quinientos de cada diez mil italianos residentes en Paterson se declaraban anarquistas y tres mil quinientos compraban regularmente el periódico anarquista en lengua italiana “La Questione Sociale”, dirigido por Errico Malatesta.

Ninguno de aquellos emigrantes olvidaba el país que habían tenido que dejar atrás. Para ellos, el gobierno de Humberto I no representaba otra cosa que una horrenda dictadura, abiertamente hostil a los sindicatos obreros que surgían en las ciudades industriales del norte de Italia. Varias protestas y manifestaciones obreras, como las de Conselice en 1890, de Sicilia y de Linigiana en 1884 y, sobre todo, de Milán en 1898, fueron duramente reprimidas.

En 1898 el gobierno del Rey ordenó subir un impuesto sobre la molienda, lo que de inmediato disparó el precio de la harina y el pan, lo que causó que muchas familias obreras y campesinas, ya en la indigencia, quedasen ahora amenazadas de muerte por hambre. Las manifestaciones de protesta en Milán fueron reprimidas de manera sangrienta. El ejército, bajo las órdenes del general Beccaris, no dudó en emplear la artillería contra los manifestantes desarmados y disparar a sangre fría contra los obreros y sus familias, provocando una auténtica masacre con cientos de personas asesinadas o heridas. Entre las víctimas mortales se encontraba la hermana de Gaetano Bresci.

El recuerdo de aquella matanza pasó a la historia italiana como la “Masacre de Bava-Beccaris”, pero la reacción del rey Humberto en Roma fue convocar al general autor del crimen y felicitarlo públicamente por su «valentía en defender la Casa Real», acusando a los obreros de «enemigos de la Corona».

Cuando la noticia de estos hechos llegó a Estados Unidos y supo Bresci la matanza cometida, se dispuso a vengar a la clase obrera masacrada y matar a quien consideraba responsable de lo sucedido y representante simbólico del odioso régimen de opresión y explotación sobre la clase obrera. Como testimoniará el propio Bresci durante el juicio: “después del estado de sitio de Sicilia y Milán, establecido ilegalmente por decreto real y haber visto a los autores de las masacres de mayo siendo recompensados en lugar de ahorcarlos, decidí matar al rey para vengar a las pálidas víctimas”.

No desconocía, Bresci, que ya en ocasiones anteriores el dolor del pueblo italiano había estallado en atentados fallidos contra el odiado tirano y su régimen, ejecutados por dos obreros, Giovanni Passannante y Pietro Acciarito, tras observar horrorizados el lujo y ostentación obscena de riqueza de que hacían gala el monarca, la corte y los magnates industriales, mientras los trabajadores y campesinas vivían en la más atroz de las miserias, con jornadas de trabajo extenuantes. (continuará)

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