KROPOTKIN y LENIN

¡Quien dice ser partero, ahoga al que pugna por nacer! / 1

El pasado 8 de febrero celebramos el 100 aniversario de la muerte del líder anarquista Pedro Kropotkin. En estas hojitas campaneras, recordaremos los tres últimos años de su vida.

Kropotkin decidió́ regresar a Rusia en 1917, nada más oírse en Europa los primeros aldabonazos de la gran revolución rusa. Tenía 75 años cuando el anciano anarquista encaró el penoso viaje y las dificultades del momento revolucionario. Tras 43 años de exilio, llevaba demasiados años deseando ese momento, luchando por ese instante, colaborando en el titánico esfuerzo del pueblo ruso por sacudirse las cadenas que le oprimían, reflexionando sobre los caminos que pudieran acercamos a la anarquía.

Deseaba participar en la insurrección general, aunque era consciente de la física imposibilidad de integrarse plenamente en las durísimas condiciones de lucha y tensión cotidiana que vivían los anarquistas rusos más jóvenes. Con todo, Kropotkin consideró que tras el levantamiento popular ruso de febrero y octubre de 1917, se ofrecía la ocasión de llevar a cabo el viejo sueño revolucionario de un nuevo mundo, sin estado, sin explotación, comunal.

Su primera actitud ante el golpe de estado leninista de octubre, fue de un alertado silencio. Aún discrepando profundamente de la filosofía política marxista, abominando de su culto al estado, Kropotkin, en principìo, se impuso a sí mismo no pronunciar hacia el exterior críticas contra los bolcheviques, «que sólo habrían servido de algo a los enemigos de esta inevitable, aunque dolorosa, forma de progreso que una revolución supone». El «silencio» de Kropotkin durante aquel invierno, sólo se interrumpirá́ en las cartas a sus amigos y en las reuniones con los anarquistas que le visitaban: Volin, Enma Goldman, Berkman, Maximov, Majno …, todos ellos agentes activos en la extraordinaria marea revolucionaria.

Sin embargo, aquella primera confianza otorgada al bolchevismo se quebró́ pronto, al primer choque con la realidad. Fue en aquél gigantesco incendio de la revolución rusa donde Kropotkin, ya en el final de su vida, comprobó́ con amargura como se iban cumpliendo sus más temidas predicciones sobre las consecuencias de adoptar la vía autoritaria y política para enfrentarse al capitalismo y la opresión de los pueblos.

Con todo, a principios de 1918, no le había vencido el desánimo y el viejo luchador no cejó en su intento de cambiar el curso de la historia, ahora desde el escrito, desde la reflexión compartida, incluso con aquellos que consideraba responsables de los nuevos tormentos que padecía Rusia. Pero la realidad era terca y el autoritarismo se extendía como una plaga, convirtiendo las proclamas revolucionarias en eslóganes que ocultaban toda la crudeza de la nueva dictadura, para unos del proletariado, para otros -entre ellos Kropotkin- contra el pueblo trabajador. En los primeros meses de 1918 arreciaron las críticas de los anarquistas contra el nuevo rumbo que los bolcheviques imponían a la Revolución, transformando el movimiento liberador de los trabajadores y campesinos rusos en una dictadura de partido que abortó en sangre la revolución casi en su mismo nacimiento.

En abril comenzó́ una persecución sin cuartel contra los libertarios y socialistas revolucionarios. Los encarcelamientos, castigos y ejecuciones sumarias de anarquistas fueron constantes a lo largo de aquél difícil año y comienzo del siguiente.

Fue en ese ambiente que tuvo lugar la famosa entrevista de Kropotkin con Lenin, celebrada entre los días 8 y 10 de mayo de 1919, a petición de un colaborador de Lenin en el gobierno soviético. Si en aquella entrevista Kropotkin comprendió́ a Lenin, éste, en un tono de casi amable displicencia, apenas entendió́ nada de lo que el viejo anarquista le decía: que la revolución desde arriba, desde la disciplina estatal llevaba directamente al desastre, por lo que se imponía cambiar de rumbo, defendiendo los movimientos comunales, las cooperativas, las asambleas de base, que el pueblo había sido capaz de organizar desde abajo, en libertad y sin autoritarismo y habían sido los agentes fundamentales de la revolución. (Continuará)

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