KROPOTKIN Y LENIN

La entrevista / 2

Mayo de 1919. Un correo entrega en la humilde casa de los Kropotkin, la cita para una entrevista con Lenin, máximo dirigente del dictatorial gobierno soviético. El anciano anarquista, Pedro Kropotkin, destinatario de la misiva, estaba en ese momento sentado al piano. Con delicadeza reproduce viejas melodías que le traen recuerdos de una vida entregada al apoyo mutuo y la solidaridad revolucionaria entre los oprimidos del mundo.

Cumplidos los 78 años, viejo y enfermo, prácticamente recluido en una pequeña casa de madera, en el pueblo de Dimitrov, Kropotkin afronta los últimos años de su vida escribiendo y comentando con los revolucionarios rusos que le visitan en la dura hora que les ha recado vivir.

La revolución rusa era todavía un parto doloroso y terrible. Algunos, como él mismo, llevaban decenas de años de su vida luchando por ese acontecimiento, que ahora parecía estar tan cerca pero que, pese al esfuerzo y el sacrificio desplegados, no llegaba. En la dramática andadura muchos amigos y desconocidos compañeros habían muerto en el exilio, en las cárceles, ante el pelotón de ejecución o simplemente consumidos por el titánico esfuerzo. Kropotkin no podía menos que dolerse de la amarga suerte de su pueblo. Queriendo erguirse de la opresión a la que les habían condenado durante siglos, convencidas de que era posible un mundo menos brutal y oscuro, las gentes de Rusia realizaban, una vez más, un gigantesco esfuerzo.

Pero Kropotkin, como tantos otros, no se ahorraba lucidez para valorar lo que en realidad ocurría, pues, dos años después de la revuelta de octubre de 1917, apenas se lograba transformar el viejo mundo de la opresión zarista en aquel otro, libre e igualitario, por el que luchaban tan denodadamente. Obreros, campesinos y marineros, batiéndose una y mil veces en innumerables frentes sangrientos, percibían la omnipresencia de inercias, conceptos, organizaciones, ideologías, prisas, deseos… que parecían querer encadenarlos de nuevo. Con la agravante de que esas fuerzas y creencias estaban en el mismo lado de las trincheras de los revolucionarios -aunque muchos alertaban sobre lo erróneo de esta apreciación- y tampoco escatimaban sacrificio, tesón o voluntad.

En ese contexto, Kropotkin recibió de manos de su hija la invitación para entrevistarse con Lenin. La conversación se centró inmediatamente en la cuestión de las organizaciones de base -cooperativas comunales, asociaciones, soviets, etc- y su papel en el proceso revolucionario. Para Kropotkin, este era el problema. Para Lenin una cuestión baladí, insignificante, ante la «enorme y arrolladora actividad que desplegaba el movimiento generado por la revolución de octubre».

Ambos fueron conscientes del abismo que les separaba. El uno, anciano y sabio, hablaba de la revolución todavía posible. El otro, más joven y locuaz, ya había renunciado a ella en nombre del nuevo estado. Aquel hablaba desde «abajo». Este desde «arriba». El anciano avisaba sobre la «fatalidad de una evolución que, siguiendo desde su origen lineas falsas, solo podía conducir al fracaso y a la reacción”.

Durante la entrevista, Lenin discursea apasionadamente sobre victorias, sangre, masas, terror rojo masivo, «hasta una guerra de todos contra todos, ése es el único tipo de lucha que puede ser asumido con éxito», lo demás es insignificante, juego de niños. Kropotkin, que bien sabe que «sin lucha nada puede ser logrado en ningún país, sin la más desesperada lucha», enseguida da muestras de su profundo desinterés por aquella retórica, que siente como encubridora de un grave desatino.

La entrevista no tuvo más efecto práctico que dramatizar el abismo que separaba, no a dos personas sino a dos modos de comprender el momento que protagonizaban. Bien lo captó el testigo y organizador de la entrevista, Bonch-Bruevich, quien dice de cada uno: «Observé a Lenin. Sus ojos chispearon un poco burlones escuchando a Kropotkin …» y «Kropotkin, oyó las vehementes palabras de Lenin primero con atención, que fue cambiando a desinterés,»

Ya nunca volverían a verse, aunque Kropotkin escribió varias cartas a Lenin en las que denunciaba, una y otra vez, la imposibilidad de construir una nueva vida a partir de la dictadura estatal y la omnívora autoridad ilimitada de la que hacía gala el Partido Comunista.

Año y medio más tarde, en enero de 1921, moría Kropotkin. Un inmenso cortejo de más de cien mil personas siguió al féretro hasta la humilde tumba que había escogido.

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