KROPOTKIN Y LA REVOLUCIÓN RUSA / y 4

Muerte y funeral de Kropotkin en su ciudad natal

Cumplidos los 78 años, viejo y enfermo, recluido en una pequeña casa de madera del pueblo de Dmitrov, Kropotkin afronta los últimos meses de su vida escribiendo y comentando con los revolucionarios anarquistas que le visitan, pese a la vigilancia de la Cheka soviética. Desde su humilde morada, sumido en la pobreza más austera, observaba amargamente como como se iban cumpliendo sus más temidas predicciones sobre las consecuencias de adoptar la vía autoritaria y política para enfrentarse al capitalismo y la opresión de los pueblos, así como la imposibilidad de construir una nueva vida a partir de la dictadura estatal y la omnívora autoridad ilimitada de la que hace gala el Partido.

Apenas tres años después del inicio de la 2ª revolución Rusa de octubre de 2017 y del entusiasta regreso de Kropotkin a su Rusia natal, Kropotkin sufrió un ataque de neumonía, solo atendido por su hija Sasha y su esposa Sofía Anániev. La muerte llegó el 8 de febrero. Pese al aislamiento, la noticia corrió como pólvora seca desde la aldea a Moscú, Petrogrado y otras ciudades alejadas de Rusia. Primero fueron los campesinos de Dmitrov, que desde antes de amanecer, en medio de la gélida noche, se mantuvieron silenciosos a las puertas de la casita. A medida mañana, ya estaban con la familia amigos muy cercanos, entre ellos Emma Goldman, Aleksandr Berkman y el médico armenio Atabekian.

El cuerpo de Kropotkin se trasladó, en medio de un gran gentío, a la estación de tren, para ser trasladado a Moscú. Allí les esperaba de nuevo una enorme multitud. Fueron los amigos y camaradas de Kropotkin quienes decidieron que serían las organizaciones anarquistas las que debieran hacerse cargo en exclusiva del funeral, de modo que a este fin se constituyó en Moscú la Comisión para el Funeral de Piotr Kropotkin, integrada por representantes de varios grupos anarquistas.

Como primera medida, el Comité envió un cable a Lenin, pidiéndole que ordenara la liberación de todos los anarquistas encarcelados en la capital, dándoles así la oportunidad de participar en el funeral. Además, la Comisión se vio obligada a recurrir al Sóviet de Moscú para que este le ‘autorizara’ la publicación del programa del funeral. Como recordará Emma Goldman “habiendo sido privados los anarquistas de su propia prensa, la Comisión tuvo que solicitar a las autoridades la publicación del material relacionado con el plan del entierro … logrando el permiso para imprimir dos folletos y un boletín de cuatro páginas que conmemorara la figura de Kropotkin”, que, en todo caso, debían antes pasar la censura policial. Ante esta inaceptable exigencia la Comisión resolvió abrir, bajo su responsabilidad, una imprenta anarquista que las autoridades gubernamentales habían clausurado. El boletín y los dos folletos se imprimieron en ese establecimiento.

En respuesta al cable enviado a Lenin, solicitando la excarcelación temporal de los presos, la Cheka rechazó liberar a los anarquistas, con la cínica excusa de “que no había anarquistas en prisión que pudieran ser liberados con ocasión del funeral.”

Los restos de Kropotkin fueron velados en la Sala de las Columnas del Templo Obrero de Moscú. Ante la actitud infame de Lenin y su gobierno, la Comisión decidió sacar del Templo todas las coronas y ramos enviadas por cualquier institución oficial de los comunistas. Ante la firmeza de la Comisión, las autoridades accedieron entonces a soltar temporalmente a siete anarquistas de la «cárcel interna» de la Comisión Extraordinaria, pero ninguno de los anarquistas presos en la cárcel de Butyrka.

El funeral produjo una imagen impresionante. Un inmenso cortejo de decenas de miles de personas siguió al féretro hasta la humilde tumba. Largas colas de organizaciones anarquistas, sindicatos, sociedades científicas y literarias y organizaciones estudiantiles marcharon durante más de dos horas desde el Templo Obrero hasta el lugar de enterramiento, una distancia de unos ocho kilómetros. La procesión iba encabezada por estudiantes y niños que portaban las coronas que las diferentes organizaciones habían enviado. Negras pancartas anarquistas y rojos emblemas socialistas ondeaban sobre la multitud. Al pasar frente al Museo Tolstói, el cortejo se detuvo y se inclinaron los estandartes para honrar la memoria del escritor. Un grupo de anarquistas tolstoyanos interpretó desde la escalinata del Museo la Marcha fúnebre de Chopin como muestra de amor y reverencia hacia Kropotkin.

Ya era de noche, cuando los restos de Kropotkin fueron bajados a su tumba después de que oradores de muchas tendencias políticas hubieran rendido un último tributo a su gran maestro y camarada.

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