LOUISE MICHEL

La Comunard libertaria. La primera condena / 2

Durante el gobierno revolucionario de la Comuna en Paris (28 de marzo a 27 de mayo de 1871), Luisa Michel se entregó en cuerpo y alma a la revolución social, aún cuando discrepara en muchas ocasiones de la visión centralizadora y jacobina de muchos comuneros. Se la veía en todas partes, en las barricadas, en los hospitales cuidando los heridos, presidiendo el Club de la Revolución instalado en la iglesia de Saint-Bernard de la Chapelle.

Durante la Semana sangrienta iniciada el 22 de mayo, en que las tropas imperiales habían logrado romper las defensas de La Comuna, Luisa combatió́ día y noche, retrocediendo de barricada en barricada en una lucha desesperada. El día 28, último de la Comuna, se encontraba en la barricada de la calle Caulaincourt, con solo siete defensores. A media mañana eran tres. Al poco, recibió́ un golpe, perdió́ el sentido y, dada por muerta, fue arrojada a la zanja.

Cuando recuperó el conocimiento, ya nadie había a su lado, por lo que inmediatamente corrió a su casa, dónde la portera le informó que los soldados «han venido a buscarla y como no la han encontrado, se han llevado a su madre al bastión 37 de las Fortificaciones».

Sin pensarlo dos veces corrió́ allí́, empujó al centinela que guardaba la puerta y entró en el patio, donde estaba su madre. Luisa gritó a los soldados:

¡Soltadla! Es a mí a quien buscaban: yo soy Luisa Michel”.

En medio del alboroto, un soldado gritó: «A formar! ¡llega el general Marqués de Gallifet!».

– “Yo soy Gallifet”, dijo el general, ¡Gentes de Montmartre!: me consideráis muy cruel, pero lo soy más de lo que pensáis”. En medio del silencio que siguió a aquella amenaza, se oyó una irónica voz de mujer que dijo: – “Yo soy Lindoro, pastor de este rebaño”.

Dominado por la ira, el general ordenó disparar a bulto. Sin embrago los soldados no se movieron. Fuera de sí, el general marquesito señaló́ con la fusta, al azar, a dos prisioneros y dijo: ¡Esos dos, fusiladlos!”. Ambos desgraciados fueron asesinados ante el terraplén, mientras los presos permanecían en pie. Tan solo aquél aristócrata general hizo fusilar a más de 5.000 prisioneros. Ordenó́ que los heridos fuesen fusilados a la orilla de los mismos carros de ambulancia. La jactancia brutal del marqués no era gratuita.

Por la noche, la cordada de presos comenzó́ un largo viaje bajo la lluvia. Cada día, el suboficial de tumo leía algunos nombres y les entregaba una pala para cavar la fosa que habría de cobijarlos una vez fusilados. En poco tiempo, más de 25.000 comuneros fueron asesinados. En ciertos lugares de ejecución, los mataderos, se utilizaban ametralladoras para matar más de prisa. «Durante las matanzas -escribió́ Georges Bourgin-, se vieron en el Sena largas riadas rojas».

Un día llamaron a Luisa, para enviarla a Versalles, donde le «formarían Consejo de Guerra». En la cárcel de Versalles permaneció́ seis meses, hasta el 16 de diciembre, en que fue llamada ante el Tribunal del Consejo de Guerra. Completamente vestida de negro, se negó́ a participar en el juicio. Asumió́ todos los cargos, «darse en cuerpo y alma a la revolución de la Comuna», reclamando la pena de muerte que se había llevado a tantos amigos y compañeros: «Puesto que al parecer todo corazón que late por la libertad no tiene derecho más que a un poco de plomo, reclamo la parte que me corresponde. Si ustedes me dejan con vida, no dejaré de pedir venganza y proclamaré ante mis hermanos que deben tomar venganza de los asesinos de la Comisión de indultos».

El consejo la condenó a prisión a perpetuidad en una fortaleza, siendo encarcelada en la prisión de Auberive, en el Alto Mame.

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