LOUISE MICHEL

La Comunard Libertaria. La persecución continúa / 4

Cuando Luisa sale de la cárcel, tras cumplir seis años de condena por su participación en los «cortejos del hambre», tiene cincuenta y nueve años. Dijo al salir, [Seguiré luchando hasta la muerte!. Cumplió a rajatabla, pero poco faltó para que la muerte se la llevara pronto.

Corría el año 1889. A los pocos meses de salir en libertad Luisa ofrecía un mitin en El Havre. Un espectador situado a su espalda le disparó dos veces a la cabeza. Detenido inmediatamente el agresor por los asistentes, aún le quedaron fuerzas a Luisa para pedir que lo soltaran pese a que una bala se alojó en la cabeza, detrás del pabellón auditivo, y la otra le desgarró la oreja. Cuando numerosos periodistas se acercaron al hospital con ánimo de entrevistarla, les dijo:

– ¡Mejor harían ustedes ocupándose de la mujer de ese pobre hombre, que quizá se encuentre sin pan y sin recursos!

De hecho, Luisa se encargó de buscarle un abogado al pobre desgraciado, que efectivamente vivía en la pobreza extrema.

A todos fue evidente que le habían pagado para realizar el crimen, aprovechándose de su miseria. Aunque gracias a los oficios de Luisa Michel fue indultado, murió pocos años después tuberculoso. Se dice que al morir no hacía más que repetir el nombre de aquella a quien había intentado asesinar y que tan humanamente le respondió.

Pero la lucha continúa, al igual que el hambre y la miseria de los obreros. La participación de Luisa en mítines, conferencias y manifestaciones es constante. El nombre de Luisa es tan popular, que la policía busca nuevos métodos para deshacerse de ella, una vez que la represión, el encarcelamiento o el intento de asesinato, no sólo no la arredran sino que fortalecen su decisión y hacen crecer su fama.

Ahora, la policía intentará destruir a Luisa desprestigiándola por el ardid y la intriga. El 1 de mayo de 1890 los anarquistas convocaron a los obreros del pueblo de Vienne en el Isere a una manifestación. Al pasar el cortejo por delante de una fábrica de trajes, dos anarquistas la asaltaron y tiraron los trajes a la multitud, diciendo: ¡Trabajadores!: ¡Coged la vestimenta! ¡Las hicisteis con vuestras manos, pero andáis con harapos y los patronos se enriquecen!

La policía disolvió la manifestación y detuvo a muchos participantes. Entre los detenidos se encontraba Luisa, que fue trasladada a la comisaría de la ciudad. Allí pidió de beber agua, ya que era sobria. Sin embargo, la policía, conociendo ese detalle, le dio un brebaje que, al momento, la atontó y embriagó. Luisa divagaba al hablar y apenas sostenía el cuerpo. El comisario llamó a los periodistas y, delante de todos, dictaminó: embriaguez irresponsable. Poco después la dejó en libertad.

Al leer los periódicos del día siguiente Luisa creyó enloquecer de dolor y rabia. Pero la sutil trampa se cierra cuando se le presenta un inspector de policía y le dice que se está preparando una nueva trama contra ella:

Aprovechando el efecto en la opinión pública de la basura periodística -le dice-, un confidente vendrá a vivir a este edificio y le prenderá fuego. Luego la acusarán a usted y la encerrarán en un psiquiátrico alegando que está loca y alcoholizada.

Nunca sabremos si este comisario formaba parte o no del ardid, pero en cualquier caso Luisa no quiso o no pudo superar la repugnancia que le producía en aquél momento la situación en Francia y se exilió al mes siguiente en Inglaterra, donde abrirá una escuela libertaria, que regentará hasta su regreso a Francia, en 1895.

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