DENJIRO KÔTOKU SHÛSUI

La razón anarquista y sindicalista en Japón / 1

Este año se cumple el 150 aniversario del nacimiento del anarquista japonés Denjiro Kôtuku Shüsui y el 110 de su asesinato junto con otros compañeros, decidido por el Estado imperial japonés.

Denjiro Kôtoku nace en 1871 en la localidad de Nakamura, hijo de un farmacéutico, lo que le permitió acceder a estudios superiores y trasladarse a Tokio, en donde trabajará inicialmente como sirviente del político liberal Hayashi Yûzô. Siendo aún muy joven, su pensamiento político, liberal inicialmente, irá girando primero hacia la socialdemocracia, sobre todo tras su experiencia al seguir como reportero la huelga de ferroviarios de 1897 y participar en la fundación en 1901 del sindicato Rôdô Kumiai Kiseikai, vinculado orgánica e ideológicamente al Partido Democrático Social en 1901, El sindicato, nada más nacer, será prohibido por el gobierno.

En esos primeros años del siglo XX, el militarismo y el nacionalismo extremos logran en Japón infectar a grandes sectores de la clase dirigente y extenderse como la peste que era por gran parte de la sociedad, desembocando en la Guerra Ruso-Japonesa de 1905. Denjiro Kôtoku decide entonces, en 1903, junto a su amigo Sakai Toshihiko, fundar un semanario pacifista, una operación bastante arriesgada en 1903, bajo la cabecera de ‘Heimin Shinbun’ (Periódico del hombre común) que, por la represión gubernamental deberá ser sustituido por ‘Chokugen’ (Hablando francamente) y posteriormente ‘Hikari’ (La luz) hasta que en febrero de 1905, con el estallido de la guerra, Kôtoku es detenido y condenado a cinco meses de prisión.

Esta condena supuso un antes y un después en los planteamientos de Kôtoku, pues fue en la prisión que pudo leer el libro de Kropotkin, ‘Campos, fábricas y talleres’, que le llegará de manos del anarquista norteamericano Albert Johnson.

La lectura de este famoso libro le llevará a cuestionarse la opción política como instrumento de cambio social, sobre todo con el comportamiento de los socialistas frente a la guerra, al tiempo que comprende el papel fundamental jugado por el Estado y, en el caso de Japón, la figura idolatrada del Emperador en el sostenimiento de la realidad social que le tocaba vivir. Hasta el momento, había considerado que los cambios sociales se podían lograr mediante la acción legislativa y que no era necesario derrocar al Estado, pero ahora, el prisionero Kôtoku vislumbra que si realmente se quiere cambiar algo, se debía primero destruir el imperio y sus leyes para construir entonces la igualdad pregonada por los anarquistas.

En carta a Albert Johnson, expresa su evolución ideológica: “Cinco meses de prisión no han afectado a mi salud, aunque me han dado muchas lecciones sobre las cuestiones sociales … me he convencido de que las instituciones gubernamentales -juzgado, ley, cárcel- son los únicos responsables de la pobreza y el crimen. (…) De hecho, llegué como socialista marxista y regreso como anarquista radical”.

Una vez cumplida su condena, para escapar de la presión policial que una y otra vez le busca para castigarlo, emigrará a California, donde entrará en contacto con los grupos anarquistas estadounidenses, mexicanos y sobre todo de inmigrantes europeos en la región. Entrará en contacto con la comunidad anarquista rusa en aquella península, que enseguida le ponen en contacto con el propio Kropotkin. Al mismo tiempo, será invitado a participar a las reuniones previas a la fundación de la Industrial Workers of the World, lo que le abrirá las puertas a la incipiente literatura obrera sobre la huelga general y, sobre todo, la posibilidad cierta de levantar una central sindical obrera de marcado carácter anarquista, sin relaciones con la opción parlamentaria de la socialdemocracia. No tardará en expresar con toda contundencia esta posición: “Tengo más confianza para llegar a alcanzar nuestro proyecto -la revolución radical de la organización económica, es decir, la supresión del asalariado- en diez trabajadores conscientes y organizados que en mil personas que hayan firmado una petición reclamando el sufragio universal. Más que en gastar 2.000 yens para la propaganda electoral, creo que es urgente consagrar 10 yens para organizar a los trabajadores. No es por medio del sufragio universal y la política parlamentaria, en absoluto, como se hará una verdadera revolución; para lograr los objetivos del socialismo, no hay otro medio que la acción directa de todos los trabajadores unidos. Tal es ahora mi opinión”. [Continuará]

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