VII Época - 14

LA LECCIÓN APRENDIDA DEL PRESO

Cárcel de Cádiz, abril de 1891

Don Fermín Salvochea conocía muy bien la desgraciada condición de los presos en las cárceles españolas. En sus largos años de cautiverio, peregrinó por las más diversas penitenciarías, tanto de la Península como de las islas y colonias africanas. Salvochea compartió con cientos de hombres la atrocidad del régimen penitenciario.

En 1882 cuando llevaba ocho años preso, decidió negarse a aceptar un indulto porque le exigían pedirlo “como gracia, cuando se le debía como justicia”, y acto seguido quebrantar la ley que no admitía, hacer justicia y, por ello, escaparse a la primera oportunidad.

Ya en libertad, el revolucionario Salvochea, recordará en su ensayo autobiográfico La Cárcel por Dentro: “A la puesta del sol nos encerraban [de ochenta a noventa confinados, en un cuchitril de reducidas dimensiones]; y, desde esa hora al toque de silencio, la gente se sentaba reunida en grupos, cada uno de los cuales tenia un candilito de petróleo del que se desprendía una columna de humo, que, como el techo no era muy alto, llegaba en espiral sin interrupción hasta él. Estos seis o siete focos de primitiva iluminación viciaban la atmósfera de tal modo, que, al acostarse, el aire resultaba irrespirable”.

En esos cubiles ocurrían los hechos más abominables, amparados por el orden carcelario que valoraba su eficacia para mantener el “orden” en tan duro lugar. Los capataces-carceleros fomentaban las rivalidades entre los prisioneros, protegiendo a unos y victimando a otros.

Cuando llegué a aquella cárcel -escribe Salvochea- “me encontré a los presos divididos de esta manera [ … ] No les dije ni una palabra, ni me di por entendido de tal cosa; sin embargo, bastó que tratara a todos por igual, sin mostrar preferencias por ninguno, para que a los pocos días, personas que tenían motivos para saberlo, me informaran de que el capataz le había dicho al gobernador: estoy perdido; han desaparecido las rivalidades, y el día que se arme algún jaleo me matan … Pero otra de las cosas verdaderamente horribles que se contemplan en la inmunda cárcel, es la desgraciada y triste situación reservada a los niños, que tienen la desventura de ingresar en ella. Muchas veces lo he dicho y ahora lo repetiré una más: si tuviera yo un hijo de pocos años, que por una diablura cualquiera fueran a llevarlo al lugar mencionado, y no hubiera manera de evitarlo, les diría a los guardias encargados de conducirle: puesto que es forzoso que vaya, aguardad que se mude de ropa, será́ con Uds al momento, y en el acto le quitaría la vida, creyendo firmemente que era el mayor servicio que un padre puede prestar a un hijo en semejante situación”.

Nueve años habían transcurrido desde su feliz huida del penal africano, dónde habían nacido estos relatos carcelarios. En ese tiempo Salvochea, atraído por la lectura de Kropotkin y llevado por la lógica de su coherencia ética, había abrazado las ideas anarquistas, integrándose en la lucha revolucionaria de los trabajadores y campesinos, con la inmensa energía y capacidad de entrega que le caracterizaban. Y esa lucha le llevó de nuevo a la cárcel.
Los trabajadores gaditanos querían celebrar el 1º de Mayo de 1891, exigiendo la jornada de ocho horas, y Salvochea escribió́ un manifiesto titulado “La Piqueta”, en el que incitaba a los trabajadores a levantar “una nueva sociedad sobre las ruinas del viejo sistema”. Nada más conocerse el contenido de este manifiesto, la autoridad mandó secuestrar el periódico y encerrar, entre otros, al autor del panfleto.

Un fraile dominico quiso conocer personalmente al famoso revolucionario y este, abierto a todos, aceptó la visita y en la conversación le dijo: “Dígame Ud si la idea de la divinidad es compatible con lo que en la cárcel sucede. Aquí entra una infeliz criatura y una bestia humana se apodera de ella y la somete a las mayores indignidades, cosas que hasta el referirlas repugnan; y bien, si el Dios en quien Ud. dice creer no ha podido evitar ese horrendo crimen, su poder es bien limitado, y si ha estado en su mano y no lo ha hecho, entonces es mil veces peor que el que cometió el bárbaro atentado. El fraile se levantó, cogió́ su sombrero y se despidió en el acto, sin decir sobre el particular ni una palabra …

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