VII Época - 15

PARA OCULTAR LA VERDAD DE LA QUE FUERON TESTIGOS, LA DICTADURA LENINISTA LES CONDENÓ A MUERTE

La desgraciada historia de los sindicalistas Vergeat, Lepetit y Lefevre

Apenas hacía tres años que el pueblo ruso había triunfado sobre el capitalismo y hecho la revolución. Sin embargo, pese al tiempo transcurrido, tanto el asalto al Palacio de Invierno como el golpe de estado que, en 1917, había puesto en manos de los comunistas el aparato político del estado, no eran todavía historia consolidada sino acontecimientos actuales, que pesaban sobre el presente y lo condicionaban.

Por estas fechas, en 1920, la dictadura del partido leninista, cada vez más fuerte, aún tenía que disimular la cruel represión desencadenada contra las otras fuerzas revolucionarias (anarquistas, socialistas revolucionarios…) y contra el pueblo trabajador que se resistía al nuevo orden dictatorial, impuesto en su nombre, pero ejercido despiadadamente sobre él.

En aquel momento, ante la necesidad de romper el aislamiento internacional a que las «democracias» occidentales, vencedoras tras la I Guerra Mundial sobre el totalitarismo germánico, pretendían someter el nuevo régimen ruso, los bolcheviques convocaron el Congreso de la Internacional Comunista que debía celebrarse en Moscú. Procuraron invitar al Congreso a las organizaciones obreras -sindicales, sociales y políticas- que en los distintos países pudieran paralizar la presumible agresión que sobre la «revolución» rusa intentaban los gobiernos capitalistas.

Entre los delegados que llegaron desde Francia estaban tres representantes de la central sindical CGT: los anarcosindicalistas Vergeat y Lepetit y el militante del Partido Comunista francés, Raymon Lefevre.

Al poco de llegar, los tres delegados se percataron de que la dictadura impuesta por los bolcheviques nada iba teniendo de revolucionaria y que, por el contrario, se precipitaba vertiginosa y cruentamente hacia el totalitarismo. Los sindicalistas, incluido Lefevre pese a su militancia comunista, tuvieron que concluir que la llamada «dictadura del proletariado», tal y como se estaba aplicando en la Rusia del momento, no respondía a las esperanzas que entre los trabajadores de todo el mundo había despertado la titánica lucha del pueblo ruso.

Al término del Congreso, los tres se quedaron varios días en Moscú para redactar el Informe que debían presentar a sus camaradas sindicalistas franceses, recabando documentos e información fidedigna del modo en que los bolcheviques implantaban el nuevo régimen.

Cuando terminaron su trabajo, decidieron regresar a Francia. En ese momento, los políticos rusos, que por norma policial desconfiaban de la impresión que pudieran haber recibido los delegados extranjeros, les pidieron que entregaran sus notas y papeles para ser «revisados» por el Partido Comunista. Incluso Lefevre se negó a tamaña inquisición. Y aquí empezó la tragedia de los tres sindicalistas franceses, ninguno de los cuales llegará vivo a Francia.

En primer lugar, los bolcheviques decidieron sabotear la partida de los tres delegados. Como señala Volin en su historia sobre la Revolución Desconocida, «con pretextos falaces, se les impidió tomar la ruta normal que otros delegados comunistas habían seguido» y se les embarcó en un tren, «en condiciones crueles» de hambre y sin abrigo, hacia el Norte, hacia el puerto de Mürsmansk, situado en el Océano Glaciar Ártico.

Una vez en aquel terrible puerto, fueron abandonados durante tres semanas por las autoridades rusas, pudiendo apenas sobrevivir gracias a la ayuda de unos pobres pescadores que les dieron cobijo y alimentos. Lefevre escribió una desesperada carta a un amigo de Moscú, pero esta, confiscada por Troski, nunca llegó a manos del destinatario.

¡En ella, Lefevre “anunciaba la desesperada resolución de atravesar el Océano Glaciar en una barca de pescadores para salir del país de los soviets!”. Iremos a la muerte, escribió. Y así fue, «los tres se embarcaron y partieron … a la muerte, como bien dijera Raymond Lefevre. Porque nunca más se supo de ellos».

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