VII Época - 23

MATANZA DE HUELGUISTAS EN LAS MINAS DEL LOIRA

Cuando los esquiroles son la excusa y la defensa del capital la razón

Hacía cinco años que el derecho de huelga estaba legalmente reconocido en Francia y que los obreros podían reunirse y asociarse para discutir sobre sus asuntos, sin ser encarcelados, multados o dispersados a tiros. Incluso podían disponer de una caja común, sin que sus fondos pudiesen ser automáticamente requisados. Todos y cada uno de esos derechos había costado decenas de años de “sangre, sudor y lágrimas” conquistarlos. Pero no será menos duro mantenerlos y defenderlos, como demostrará trágicamente la huelga de los mineros de la región francesa del Loira, en 1869.

Al amparo de la nueva legislación que permitía el asociacionismo obrero, cinco mil de los diez mil mineros de la cuenca del Loira fundaron en 1869 la sociedad La Fraternal, vinculada a la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT). Ese mismo año, los dirigentes de La Fraternal reclamaron a los patrones que “la permanencia de los mineros en las minas no sobrepase las 11 horas” y el establecimiento de una “tabla regional de salarios, que afectase a todas las minas”. Los empresarios rechazaron las exigencias y los obreros asociados en La Fraternal declararon la huelga, que debía comenzar el 11 de junio.

Los huelguistas no ignoran que la mitad de los mineros no están organizados y, en consecuencia, resultan fáciles víctimas de las amenazas de encargados, ingenieros y empresarios. Delegados de los huelguistas, entre ellos los dirigentes de La Fraternal, se dirigen a los pozos y campos mineros para convencer a todos los obreros de la necesidad de mantenerse unidos, pues de ello dependía el pan de las familias obreras y la salud de los propios mineros. En esas condiciones ningún obrero tiene derecho a ponerse al lado de la patronal, sin ser considerado automáticamente un esquirol, responsable de la miseria y penalidades de los de su clase.

La huelga se extiende como una mancha de aceite, pero algunos trabajadores no asociados se pliegan a las amenazas de la patronal y deciden continuar trabajando. Conscientes de que su decisión les enfrentará a sus hermanos, piden a los patrones que los protejan y estos influyen entre los políticos para que el ejército haga de escolta a los esquiroles.

En cuanto los militares se hacen cargo de la seguridad en los pozos, empiezan los conflictos. Los huelguistas logran en numerosas ocasiones sortear la vigilancia militar y entrar en los pozos para inutilizar el material e incluso enfrentarse a los esquiroles. La violencia se extiende a las barriadas obreras. Llega el momento en que los esquiroles ni siquiera pueden acercarse a sus casas, porque hasta allí les persigue la indignación popular. Se producen incidentes violentos con los militares. En el pozo Saint-Dominique el ejército carga a la bayoneta contra un piquete de huelguistas que había conseguido abrirse paso hasta el tajo. En el pozo Abraham, los huelguistas no se mueven cuando las bayonetas se apoyan en su pecho. En Montrambert, las mujeres de los huelguistas localizan a dos esquiroles, les golpean y arrastran hasta un abrevadero de las caballerías, haciéndoles beber el agua infecta.

La tragedia estallará enorme el 16 de junio, en el caserío de Brûle. Cerca del lugar de Brûle, en un camino desértico, la tropa del capitán Gausserand, por razones que se desconocen, realiza sin previo aviso ni orden del propio capitán, una descarga de fusilería contra cientos de mineros y sus familias que seguían a poca distancia a los soldados instándoles a que no actuasen contra el pueblo trabajador. Se producen catorce muertos, entre ellos dos mujeres, y un incalculado número de heridos. Una vez repuesta de su estupor, la multitud exige que se levanten los cadáveres y se les vele en el lugar que fueron asesinados.

Durante dos días permanecieron los cadáveres en el lugar llorados por miles de personas. Las exequias tendrán lugar el 18 de junio. Serán los propios mineros los que lleven sobre sus hombros los cadáveres de los compañeros muertos, enfrentándose a las autoridades que pretendían llevárselos en secreto: “Después de matarlos como perros, quieren enterrarlos como perros, pero antes para nosotros la muerte que esa vergüenza”.

La huelga acabará un mes más tarde, el 15 de julio, con la derrota de los obreros que consiguen la promesa -incumplida muy pronto- de que la jornada no sobrepasará las 11 horas, pero no el salario regional. Más de 50 obreros irán a la cárcel en venganza por los disturbios.

No tardarán mucho en producirse nuevas huelgas y nuevos episodios de lucha tozuda en defensa de los derechos sociales, pues una derrota propia no da la victoria final al enemigo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *