VII Época - 24

MARGARITA ORTEGA

La larga lucha por la Tierra y la Libertad /1

Como otros grupos revolucionarios -zapatistas, villistas, etc- el movimiento anarquista de México, encabezado por el Partido Liberal Mexicano de Ricardo Flores Magón, se había alzado en armas contra la brutal dictadura del general Porfirio Díaz. Con la lucha y pese a la terrible represión, la influencia de las ideas anarquistas de Magón y sus compañeros se extendía cada vez con mayor fuerza en la sociedad campesina y obrera del norte de México y baja California, del mismo modo que en el Sur lo hacía la rebelión zapatista.

A principios de 1911 una de las personas encargadas del enlace entre los combatientes libertarios magonistas era una mujer: Margarita Ortega. Su arriesgada tarea consistía en atravesar las líneas enemigas guiando a los grupos que transportaban las armas, víveres y material sanitario hasta las agrupaciones alzadas en armas, que vivían escondidas en las montañas o disimuladas en los pueblos y villas. Su valentía en el combate y su habilidad como jinete -que le permitieron zafarse en varias emboscadas-, era proverbial entre los guerrilleros.

La historia de aquella extraordinaria mujer, que andaba en canciones populares, era bien conocida y admirada entre los revolucionarios. Aunque hija de una familia acomodada, desde muy pronto se preocupó por el destino de los trabajadores y, como ella decía, de los desheredados, víctimas de la injusticia social. Sus familiares -que aspiraban a entrar en la burguesía más adinerada- no sólo rechazaban las ideas de la hija sino que, al decir de las baladas, la odiaban y repudiaban su actitud. En ese ambiente, Margarita se casó y al poco tiempo, dio a luz una hija a la que puso el nombre de Rosaura y sobre la que volcará su mayor afecto.

Durante la infancia de Rosaura, la madre se vinculó al movimiento anarquista de Flores Magón. Desde el primer momento desarrolló una actividad organizativa extraordinaria que le granjeó la confianza de los grupos clandestinos. Pero a medida que se acercaba el fin de la sangrienta dictadura, la lucha se iba haciendo más dura. A principios de 1911, unos meses antes de la caída del dictador, Margarita -según recoge el propio Flores Magón- le propuso al marido de irse juntos para combatir en la guerrilla: «Yo te amo -le díjo-, pero amo también a todos los que sufren y por los cuales lucho y arriesgo mi vida. No quiero ver más hombres y mujeres dando su fuerza, su salud, su inteligencia, su porvenir para enriquecer a los burgueses; no quiero que por más tiempo haya hombres que manden a los hombres». El marido se negó. Entonces Margarita se dirigió a su jovencísima hija, Rosaura Gortari: «¿Y tú, hija mía, estás resuelta a seguirme o a quedarte con la familia?», Rosaura no dudó en seguir a su madre y ambas ingresaron como combatientes en los grupos alzados.

Cuando el 21 de mayo de 1911 cae el dictador Porfirio Díaz, una explosión de alegría sacude todo México. El pueblo -aquel inmenso gentío de desheredados que había llevado con coraje indecible la dura guerra salió a la calle creyendo que la libertad y el fin de la miseria estaban ya al alcance de la mano. También Margarita Ortega y su hija regresaron a la ciudad y compartieron con su gente la ingenua ilusión de que el fin de la explotación estaba ya cerca.

Sin embargo, poco duró la alegría y la esperanza. Una vez que Madero fue nombrado presidente, se le niega al pueblo todo aquello por lo que había luchado. No hay reforma agraria, ni devolución de las tierras a las comunas. En los talleres continúan las jornadas abusivas y salarios infames. Los mineros permanecen esclavizados a los intereses de las compañías extranjeras que saquean el país … En pocos meses, las cárceles se llenan de nuevo. Los fusilamientos y ejecuciones sumarias se suceden por todo el país y muchos revolucionarios han de regresar a las montañas. Entre ellos Zapata, Flores Magón … Margarita y su hija Rosaura.

Por aquellos días, en uno de esos actos de crueldad a los que tan aficionados son gobernadores y militares, el general Rodolfo Gallegos ordenó que se llevase a las dos mujeres «hasta el desierto y se las hiciera marchar por los arenales inmensos, bajo un sol abrasador, sin agua, sin alimentos y a pie, con la advertencia de ser pasadas por las armas si volvían al pueblo». (continuará)

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