VII Época - 25

MARGARITA ORTEGA

Un grito mexicano: Tierra y Libertad /2

En la anterior reseña, decíamos como la revolución mexicana había encaramado a la Presidencia de la República a Francisco Madero y como éste no tardaría en volver los fusiles contra los indios, campesinos, obreros y clases medias revolucionarias alzadas en armas contra la dictadura de Porfirio Díaz y que, en esa lucha, habían confiado en él.

Dos de las más insignes víctimas de esa traición fueron la revolucionaria anarquista, Margarita Ortega y su hija Rosaura. La madre, juntamente con miles de compañeros libertarios alzados, había mantenido en jaque al ejército del dictador Porfirio Díaz en la Baja California. Margarita fue arrestada por el nuevo general jefe, Rodolfo Gallegos, quien ordenó que tanto ella como su hija Rosaura, todavía adolescente, fueran llevadas hasta el gran desierto que sirve de frontera entre México y Estados Unidos y, una vez allí, se las abandonara a sus propios medios, sin agua ni comida, advirtiéndoles de que serían inmediatamente fusiladas si intentaban regresar al pueblo y a México.

Durante varios días, madre e hija se arrastraron por el inmenso arenal fronterizo. La sed y el hambre pronto minaron sus fuerzas. Rosaura, la hija, fue la primera en caer exhausta con los labios hinchados y el rostro quemado. La madre. al verla caer desmayada y con los ojos cerrados. creyó que todo había terminado y decidió suicidarse, «pero al aplicarse e1 revólver a la cabeza vio que su hija la miraba». Sacando fuerzas de dónde ya no tenían lograron alcanzar las afueras del pueblo de Yuma, ya en Estados Unidos.

Aún no repuestas del sufrimiento los inspectores de inmigración norteamericanos arrestaron a las dos mujeres y pretendieron deportarlas a México, entregándolas a una muerte segura. Afortunadamente, en Yuma había una importante sección del movimiento anarquista liderado por Ricardo Flores Magón, que nada más enterarse de las pretensiones de la policía estadounidense, organizó la fuga. Margarita y su hija -que todavía no había superado las penalidades sufridas en el desierto- fueron trasladadas por los compatriotas magonista a Phoenix, Arizona, cambiando sus nombres respectivos por los de María Valdés y Josefina. Sin embargo. pese a los cuidados de la madre y de los nuevos compañeros la jovencita Rosaura no pudo salvarse, falleciendo al poco de llegar, Durante un tiempo la madre pareció desesperarse y enloquecer de dolor, dejando pasar los días con la mirada dirigida bacia la terrible frontera que se había llevado la hija.

Poco a poco fue afirmándose en Margarita la necesidad de continuar la lucha que habia iniciado con su querida hija. De algún modo -así lo pensó, Margarita-, Rosaura continuaría viviendo en ella, si mantenía la esperanza en el ideal común. Así lo hizo. «Con el compañero Natividad Cortés -cuenta Flores Magón, en su memorial de los hechos- emprendió la tarea de organizar el movimiento revolucionario en el norte de Sonora, teniendo como base de operaciones el pueblecito de Sonoyta, de dicho estado».

Pero la tragedia la perseguía bajo el nombre del general Rodolfo Gallegos, que una vez más cambió de bando. Ahora era partidario del nuevo jefe Carranza en contra del nuevo dictador militar, el general Huerta, que había asesinado a Madero y se había hecho cargo de la presidencia de la República.

En octubre de 1913, Gallegos había sido encargado por Carranza de vigilar la frontera y cumpliendo esa labor policial, una aciaga casualidad puso en sus manos a los dos líderes anarquistas, Natividad y Margarita. Natividad Cortés fue fusilado en el acto y «Margarita llevada prisionera hasta la Baja California, donde Gallegos mandó dejarla en un lugar que forzosamente tenía que ser vista y apresada por los partidarios de Huerta, dejando de esa manera a estos la tarea de asesinarla»,

Apenas un mes más tarde, el 20 de noviembre, Margarita fue entregada a las tropas del dictador Huerta. Sometida a tortura para que delatase a los compañeros que luchaban contra la nueva dictadura y sostenían la organización anarquista clandestina, Margarita resistió en silencio. Durante cuatro días la obligaron a estar de pie y en cuanto caía la levantaban a patadas y culatazos. Ante su obstinado y responsable silencio la mañana del 24 de noviembre la sacaron al desierto y allí la fusilaron. dejando su cadáver tirado.

Al día siguiente llegó la brutal noticia a conocimiento de Flores Magón, quien escribe una dolorida crónica -que sirvió de base para estos apuntes- en la que sigue paso a paso, el terrible, enérgico testimonio de esta mujer indomable.

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