VII Época - 36

COLOMBIA: HACIA LA GRAN HUELGA

Los trabajadores agrícolas se organizan / 1

Algunos cronistas afirman que todo comenzó el 6 de octubre de 1928, cuando los trabajadores de la zona bananera y jornaleros de la United Company Fruit, decidieron elaborar un pliego de reivindicaciones para presentar a la empresa.

Sin embargo, aquél escrito traía tras de sí decenas de años de sufrimiento y lucha, de sudor y movilizaciones. Aunque a los obreros allí reunidos les fuese imposible llevar la cuenta de quienes, cuantos o de que manera cayeron en aquel batallar atroz, eran absolutamente conscientes que todos ellos eran una misma piña. Los muertos, los enfermos, los que deambulaban rotos y desastrados por la priba y los que permanecían en la gran hacienda y ahora recordaban, todos ellos estaban bien presentes en aquella gran reunión.

La región bananera de Colombia, entre Santa Marta y Aracataca, estaba literalmente ocupada por la compañía norteamericana United Company Fruit. Su finca abarcaba millones de hectáreas, sobre las que había impuesto una verdadera república bananera local.

La administración política y militar del área estaba ocupada por sicarios y gentes de confianza de la Frutera. Los 25.000 braceros que penaban en la inmensa explotación, así como sus familias, vivían en la más completa indigencia y soportando temibles condiciones de trabajo y trato.

En la primera semana de octubre de 1928, una convocatoria recorrió la inmensa plantación: “El próximo viernes, día 6, al caer la tarde, reunión de los braceros”. Ya todos sabían de que se trataba: “¡Esto, la vida, no puede continuar así!”.

Cientos de rostros siguieron en grave silencio el memorial de agravios a que los sometía La Compañía: salarios míseros, jornadas agotadoras, desamparo de las familias, apropiación de terrenos, alojamientos cochambrosos e insalubres, violencias sin cuenta ni fin …

Vencida la tarde, se aprueba el pliego de peticiones.

El breve texto, contenía nueve reivindicaciones que ilustran con claridad la naturaleza despiadada de la explotación a que eran sometidas aquellas personas: Descanso un día a la semana (el domingo), aumento salarial generalizado, supresión del llamado personal y régimen de intermediarios, contratación colectiva, eliminación del sistema de pago en “vales” quincenales librables en los almacenes de la propia United Fruit Company, creación de hospitales y servicios sanitarios adecuados, mejora de las condiciones de alojamiento y levantamiento de viviendas salubres para los jornaleros y sus familias, e indemnización y atención a los accidentados en el trabajo.

Durante un mes, los portavoces se presentaron ante las oficinas de la Compañía sin que esta los recibiese. La negativa a discutir siquiera el pliego fue tan airada como rotunda: “¿Cómo se atrevían aquellos miserables a realizar peticiones de semejante naturaleza ante sus amos naturales? ¿Acaso ignoraban -como les dirá el ministro de Industrias, Montalvo- que si recibían más salario se lo gastarían en borracheras y vicios que acabarían con su salud y fuerza para trabajar y destruiría las familias?”

Había pasado un mes desde aquella primera gran asamblea, cuando los representantes de los jornaleros llamaron de nuevo a reunirse. Como en la anterior ocasión se reunió un gran gentío, pero ahora se decidió convocar la huelga, que debía iniciarse cuanto antes, el 12 de noviembre. Aunque la huelga acabará en un inmenso baño de sangre a cargo del ejército y los sicarios de la Compañía -en un solo día serán asesinadas en la plaza de Ciénaga entre 1000 y 1500 personas-, ya nada será igual. Los esclavos de la Frutera se alzaron como hombres libres y esa libertad alcanzada, aunque por ella pagarán en breve un terrible precio, ya nunca les abandonará.

Prenderá en ellos, una y otra vez, la chispa de la rebelión y la esperanza en un mundo mejor, como podremos seguir en próximas piezas de esta retahíla semanal e insumisa de

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